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jueves, 14 de mayo de 2026

Autores publicados


El que da es el corazón; las manos solo entregan. 
Proverbio africano 

con voz propia Nº 149 
Revista literaria 
Mayo 2026 

Autores publicados en esta edición

Autores publicados desde inicios de la revista con voz propia
Las expresiones derivadas del material literario aquí publicado, son de exclusiva responsabilidad de cada autor. Analía Pascaner 


Revista literaria con voz propia 
Publicación y distribución gratuitas 
ISSN 2314-0275 
Propiedad, dirección y edición: Analía Pascaner

Dora Zulema Lorusso

La Señora Cora 

   La señora Cora me enseñó todo lo que debía saber: cómo vestirme de acuerdo a las circunstancias; cuáles eran los gestos más adecuados socialmente y el tono correcto de voz a utilizar. Decía que el medio tono era el más conveniente para emplear en la cotidianeidad. Sólo debía elevarse la voz en aquellas circunstancias que ameritara colocar un límite o reparo. La señora Cora me enseñó también a redecorar la casa proveniente de un marido que la había abandonado hacía años y que falleciera recientemente. La casa rodeada de un amplio parque con diferentes especies vegetales, ostentaba un aire señorial y distinguido. Casa de dos plantas con dependencias de servicio, numerosas habitaciones, varios baños y un salón central con cómodos sillones alrededor de un piano de cola que centralizaba la atención de cualquier visitante. 
   La señora Cora acostumbraba invitar a muchachas jóvenes que nos acompañaban por distintos períodos de tiempo, aceptadas previa su evaluación personal. La convivencia de los variados grupos que se iban conformando y sucediendo era armoniosa debido a las buenas artes de interacción social que desplegaba la señora Cora. Organizaba reuniones sociales, algunas de ellas temáticas que nucleaban a personalidades importantes de alto nivel económico. La fama de estos encuentros aumentó a través de los años y su reconocimiento social creció de igual forma. 
   La señora Cora me preparó para animar estas reuniones. Estudié música, canto, declamación, literatura y el arte de la narración. Mi popularidad se expandió y tuve excelentes ofertas económicas para que hiciera mis presentaciones personales en distintos ámbitos teatrales. La señora Cora me sugirió que no aceptara estas propuestas porque las actividades artísticas fuera del nuestro mundo, no eran del todo convenientes para ambas. 
   Sé que ella quiere para mí lo mejor, sé también que le debo mucho, pero tal vez, hay algo que nunca debió pedirme. Aún hoy recuerdo cuando llegamos a la casa y me dijo:  
   - Esta casa es nuestra, de hoy en adelante para vos y para todos, seré la señora Cora y nunca más me dirás mamá. 


Del libro Noches insomnes, de Versiones y reversiones. R y C Editora, Banfield, 2023 

Dora Zulema Lorusso
Lanús, Buenos Aires, Argentina

jueves, 4 de septiembre de 2025

Autores publicados


La cura no es ganarle a la herida. Es aprender a caminar con ese pedazo roto. No hay batallas: hay realidades. 
Lorena Pronsky 

con voz propia Nº 144 
Revista literaria 
Septiembre 2025 

Autores publicados en esta edición


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Dora Zulema Lorusso

Aquel lazo azul 

Caminar era una de las cosas que más nos gustaba. Cuando podíamos hacerlo a la orilla del mar, el placer era inefable. Nuestros pies se hundían en la arena dejando claras huellas del placer compartido. 
El silencio nos pertenecía, pero no nos separaba. Obraba como mágico puente entre su mente y la mía. Ambos presentíamos o mejor dicho sabíamos lo que el otro pensaba. Por eso las palabras no eran necesarias. Cuando el cansancio se adueñaba de nosotros, nos tendíamos sobre la arena y con los ojos cerrados, dábamos rienda suelta a nuestro mundo interior. 
Ese día, así tendidos en la arena bajo los primeros rayos del ocaso, apreté su mano e incorporándome dije: 
--Quiero nadar un rato. Ella esbozó una aletargada sonrisa en señal de aceptación. 
Me introduje en el mar. Mecido por las olas que hendían mis brazadas, sentía que mi cuerpo no me pertenecía. El sabor acre del agua se instalaba en mis labios. Mis brazos y piernas adormecidos se deslizaban por un fantasmagórico túnel hacia las profundidades. Me rodeaban bellos seres de brillantes colores que, ante mi intromisión, no escapaban, permanecían allí a mi lado, acompañándome, observándome con curiosa insistencia. Exóticas plantas subacuáticas se movían rítmicamente al compás que el agua les marcaba. La levedad de mi ser posibilitaba que yo, como las plantas, fuera trasladado beatíficamente por ese mundo extraño, desconocido e insólito. 
La vi allí de improviso, asomando entre una enorme proliferación de algas, tratando de esconderse… para, en pocos segundos aparecer a mi lado rozándome con su larga cabellera roja y extendiéndome los brazos con la intención de asirme en un abrazo. Me dejé tomar… Un intenso deseo me incitaba a tenerla. Entonces la tomé por la cintura. Su ondulada cola se enredaba entre mis piernas entorpeciendo nuestra inusual coreografía. 
¿Cuánto tiempo permanecimos unidos describiendo insospechadas figuras de una inverosímil danza? Lo ignoro. Sólo sé que de improviso un furioso trompo ascendente me arrastraba y ella se desprendió de mis brazos. Al querer retenerla, una de mis manos le arrebató el lazo azul con el que sostenía su abultada cabellera. 
La vi desaparecer en las profundidades mientras yo subía… subía… Una profunda bocanada de aire me sobresaltó, me llenó los pulmones. Sentí nuevamente mis piernas y brazos moviéndome rítmicamente en un nado acompasado. Miré hacia un costado y el sol se incendiaba poniéndose en el horizonte. Al frente estaba la costa. 
Intensifiqué el braceo. Mi mujer estaba allí, de pie en la orilla, esperándome. 
Al caminar hacia ella, me sorprendió su pregunta: 
--¿La sirena pelirroja te entregó mi lazo azul? 
Extendí mi mano, entre mis dedos tenía aún la prueba irrefutable de mi dudosa deslealtad. 


Cuento del libro Noches insomnes, de Versiones y reversiones. R y C Editora, Banfield, 2023 
Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina

miércoles, 13 de marzo de 2024

Autores publicados


Aquél que quiere cantar siempre encuentra una canción. 
Proverbio sueco 

con voz propia Nº 132
Revista literaria 
Marzo 2024 

Autores publicados en esta edición


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Dora Zulema Lorusso

¿Qué hora es? 
                     Al Dr. Vicente Teti, por su don 

Permanecía sentada en la sala de espera del consultorio de un reconocido cirujano. Pasaba mentalmente revista a todos los estudios que se había realizado, tratando de comprobar que no había olvidado ninguno. Todos estaban allí, en el sobre que yacía sobre su falda. 
Su mirada se detenía en las pinturas expuestas sobre las blancas paredes de un amplio ámbito, sobriamente elegante. La ansiedad le carcomía el cuerpo. Una áspera sequedad alojada en su garganta, la hacía toser con intermitencias. Si bien su cuerpo estaba quieto, eran sus ojos los que iban y volvían de un cuadro a otro imaginando posibles historias que, inconscientemente la alejaban de una realidad que no quería estar protagonizando. 
Esa calle del óleo de Utrillo era el escenario adecuado para el reencuentro de dos enamorados acunados por la bella voz del gorrión de París. 
La entrañable ternura de la carbonilla de Bruzzone, la alcanzaba, se anidaba en su corazón. Era ella la que abrazando al bebé lo besaba maternalmente. 
El profundo dolor humano reflejado en la pintura del Cristo del Greco la sobrecogió, cuando escuchó la voz de la secretaria llamándola. 
El especialista la recibió con una amplia sonrisa. Su fuerte apretón de manos le brindó tranquilidad. Sentada frente a él, lo observó tomar uno por uno los estudios y las prácticas médicas analizando la documentación detenidamente. Luego apoyó sus manos sobre el escritorio. Su voz se oyó firme, con un dejo de calidez, pretendiendo ser esclarecedora: 
-Señora es imprescindible la intervención, en el menor tiempo posible. 
Un fárrago de preguntas surgió. El especialista trató de calmarla. Contestó cada una de sus preguntas. Explicó procedimientos, tiempos a emplear, resultados factibles. Cúmulo de palabras que la ahogaban. Las sentía como una barrera verborrágica que obstaculizaba su camino. Posteriormente acordaron la fecha. 
El día prefijado llegó. Su compañero estaba allí. Percibía que, aunque trataba de disimularlo, él también tenía miedo. Un lacerante miedo, como si un dolor desconocido acechara esperando cerca, muy cerca. Pensó: no es grato ver transcurrir la vida en posición horizontal. Mientras la viril mano que sostenía la suya, se soltaba, alcanzó a preguntar: 
-¿Qué hora es? 
Su compañero contestó: -Es mediodía, querida. Son las doce -y besó su mejilla. 
Las puertas del quirófano se abrieron. El sordo ruido de las ruedas de la camilla, cesó. Una potente luz blanca la cubrió. Un suave calor inundó su cuerpo. La seminconsciencia que ya se había adueñado de ella, la dominó por completo. Entró en un cono luminoso que el haz de esa potente luz blanca extendía, rodeándola. 
Cuando despertó en la habitación, el rostro amado le sonrió. Otro beso en la mejilla la retrotrajo a su entrada en el quirófano. Susurrando pudo preguntar: -¿Qué hora es? 
-Son las cuatro de la tarde, querida. El doctor me dijo que ya venía a hablar con nosotros. 
Sintió que se ahogaba. Comenzó a toser. Un intenso dolor mordía su pecho. Vívidamente recordó su visita al consultorio del cirujano. Las explicaciones que éste le diera satisfaciendo sus derechos de paciente. Evocó aquello que le dijera respecto de la duración de la operación: 
-Si todo va bien, será cuestión de cincuenta minutos, una hora a lo sumo. Si el azar nos es adverso, como mínimo serán tres horas. 
La visión del Cristo del Greco se adueñó de ella. El dolor plasmado en la pintura era, ahora, el suyo, su propio dolor. Comenzó a llorar silenciosamente. Cuando la puerta de la habitación se abrió y vio al cirujano, no necesitó escuchar el diagnóstico. 
Ella ya lo sabía. 


Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina


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Consideraba que si no decía nada se le pasaría aquel extraño dolor.
Orhan Pamuk

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lunes, 3 de julio de 2023

Autores publicados


¿Qué te ayuda a enfrentarte a la oscuridad en lugar de alejarte de ella? 
Pregunta del día, en Internet 


con voz propia Nº 126
Revista literaria 
Julio 2023 


Autores publicados en esta edición



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Dora Zulema Lorusso

Desolación 

El paisaje urbano en ciertas noches suele ser intensamente revelador. Calles casi desiertas con algún que otro paseante, sumido en íntimas cavilaciones ajeno a la realidad. Fantasmas silentes de una ciudad indiferente y cruel. La lluvia intensa por momentos, se desliza tenazmente en esta inhóspita geografía. Los charcos de agua en el asfalto y en las desgastadas aceras reflejan persistentes las luminarias del alumbrado público. Un aire cálido y pegajoso se adhiere a las personas y cosas envolviéndolas en una atmósfera pertinazmente molesta. 
Es allí donde repentinamente surge la sorpresiva figura de un hombre en dirección hacia caminos inciertos: ¿el calcinante infierno? ¿el beatífico cielo? o ¿una terrenal estadía no deseada? La realidad parece negar toda respuesta. El hombre permanece desnudo bajo la lluvia agitando sus brazos en un brote de enajenación, gritando: - Soy Dios… Soy Dios… Por segundos, como tomando pudorosa conciencia de su estado, se encorva, con sus manos cubre sus genitales y dando saltos balbucea algo ininteligible. 
Llegan unos policías, tratan de sujetarlo y cubrirlo con una manta. El hombre ofrece resistencia profiriendo guturales sonidos que se parecen a los de una fiera herida. La fuerza se impone. Es trasladado a un hospital. Allí permanece atado a una cama, recibiendo, gota a gota, algún piadoso calmante. Pero, aun así perdido en sus desvaríos físicos y psicológicos, con un resto de rebeldía humana, escapa del hospital. Es entonces, cuando como perseguido por una obsesión vuelve a aquella esquina, la misma en la que fuera encontrado. Esa esquina en la cual, en una ráfaga de lucidez, su mente se ilumina con alguna feliz escena familiar. 
Allí permanece - aguardando - como un ángel exilado del paraíso, reavivando ahora aquel ininteligible balbuceo que se escucha como desolado llamado: - Papá… Mamá…


Dora Zulema Lorusso
Lanús, Buenos Aires, Argentina

lunes, 20 de febrero de 2023

Autores publicados


¿Qué me depararía el día, con qué pensamiento me dormiría aquella noche? 
Eva García Sáenz de Urturi 


con voz propia Nº 123 – Revista literaria
Febrero 2023 

Autores publicados en esta edición


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Dora Zulema Lorusso

Citas escogidas 

“Sé firme como una torre cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los tiempos”. Esas fueron las palabras de mi abuela refiriendo una célebre cita de uno de sus autores predilectos, del cual tuvo el placer de leer en su lengua materna: “La Divina Comedia”. 
La consulté por algunas situaciones de mi ámbito laboral que me preocupaban por su implicancia ética. Situaciones que si bien se desarrollaban de acuerdo a los tiempos que devenían, yo sentía que no terminaba de acordar con ellas. 
La problemática era muy sutil, casi intangible pero, me perturbaba a tal punto que no podía dejar de pensar en la cuestión. Me invadía un letargo temporario propio de los dilemas no resueltos, de las dudas no disipadas. 
Como mi cansancio espiritual me seguía acosando, conversé con mi madre al respecto. Sus tiernas palabras, la captación exacta del conflicto planteado, su abordaje amplio de todas las aristas de la cuestión y la justa apreciación del alcance de las palabras de mi abuela, me tranquilizaron. Logré así una evaluación concreta y realista de mi disyuntiva. 
Es entonces cuando selló nuestro encuentro con un cálido abrazo, susurrándome al oído: 
--Hija, como decía Rilke: “Deja que la vida te acontezca, ella tiene razón en todos los casos”. 


Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina

viernes, 16 de septiembre de 2022

Autores publicados


¿Quién eliges ser en este momento? 
Pregunta del día, en Internet 

con voz propia Nº 119 – Revista literaria 
Septiembre 2022 
Autores publicados en esta edición


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Dora Zulema Lorusso

Cansancio 

El cansancio lo agobiaba. Deseaba llegar pronto a su casa. El traqueteo del tren alimentaba su somnolencia. Descendió en la estación, le restaban varias cuadras. Caminaba apresuradamente. Mientras su cuerpo se sumergía en la oscuridad de la noche, se preguntaba: ¿qué es eso que flota en el aire?, ¿a qué se debe ese humo?… Tuvo la molesta sensación que la viscosidad de la atmósfera lo rodeaba ajustándose a él como un envase flexible. Extendió su brazo izquierdo -el derecho sostenía la pesada mochila con libros para preparar su próximo examen- su mano se humedeció con la densa bruma que semejaba un espeso velo. De pronto, la mano busca introducirse en el bolsillo del saco -a modo de protección- al escuchar algo que lo sobresalta. 
Presta atención, deteniéndose. Identifica el sonido. ¿De dónde proviene ese ruido de cadenas? ¡Ay!… ¿Quién le toca el hombro? Tratando de razonar, se dice: Nadie, tonto. Sigue entonces, avanzando. La bruma es cada vez más espesa. A esta altura había perdido la cuenta de cuántas cuadras le faltaban para llegar a su casa. 
Pero, algo sucede varios metros al frente. Se detiene nuevamente. Cree ver blanquecinos destellos. ¿Qué son esas luces extrañas?… Duda. Mira hacia atrás. La noche cerrada como un hoyo negro lo estremece… Las luces se van desvaneciendo como leve crepitar de fuego recién encendido. ¿Quién miente? Sus percepciones o la fantasmagórica certidumbre de estar viviendo circunstancias que no comprende. 
Una sensación de indefensión lo invade. El miedo lo abruma. Siente en su hombro una mano que lo sacude. Entonces, una voz le dice: 
Vamos muchacho… Llegamos a la Terminal. ¡Qué sueño pesado tenés!… 


Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina

viernes, 25 de febrero de 2022

Autores publicados

La vida es una larga lección de humildad.
James Matthew Barrie 


con voz propia nº 114 – Revista literaria 
Febrero 2022 
Autores publicados en esta edición


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Dora Zulema Lorusso

La casa azul 

“Mi conciencia tiene para mí, 
más peso que la opinión de todo el mundo”. 
 Cicerón 

El trabajo de la casa le resultaba más monótono que de costumbre. Se sentía agobiada, lenta. La patrona le había llamado la atención -lo había hecho con afecto- pero, la reprimenda existió, era evidente que algo estaba haciendo mal. Es que no podía sacarse de la cabeza a Manuela, la más chiquita de sus hijas. Tenía sólo cuatro años. Una desconocida enfermedad, que avanzaba día a día, la aquejada. El pronóstico no era halagüeño. Se hacía imprescindible la consulta con un especialista. El costo de esa consulta, para ella, era muy alto. ¿Cómo obtener el dinero necesario? La idea taladraba su cabeza. Oscurecía sus pensamientos. Lentificaba sus movimientos… Era una mujer que en silencio, clamaba por ayuda. Ayuda, que le había pedido a su patrona pero, la débil respuesta de ella parecía evaporarse en la esquiva lejanía de sus gestos, en los últimos días. 
Terminada la jornada de trabajo, regresaba a su casa, en los suburbios, barrio precario pleno de carencias. Sólo el sol se mostraba piadoso protegiendo el lugar. Era un largo, agotador viaje de retorno. Bajaba del colectivo local -después de una hora de tren- y aún tenía que caminar diez cuadras. En ese trayecto pasaba por la Casa Azul. La casa del pecado, como la conocían en la zona. Entonces, lo veía a él, al costado del portón de entrada. Alto, bien vestido, recibiendo a las mujeres que trabajaban allí. Él le reiteraba, en sucesivos días, al verla pasar: 
-Pago mil pesos por servicio. ¿Querés entrar? 
Muchas veces había cruzado de vereda al aproximarse a la Casa Azul. Sentía vergüenza que el hombre pudiera confundirla. Ella no llevaba esa vida. 
Cuando partía a trabajar a las casas de familia, él estaba allí. Cuando regresaba permanecía en el mismo lugar y repetía: 
-Pago mil pesos por servicio. ¿Querés entrar? 
No le contestaba, seguía caminando con la cabeza en alto, ignorando la oferta. 
Llega a su casa. Allí estaban sus hijos, haciendo los deberes bajo la mirada de la abuela. Su madre la ayudaba mucho. Allí estaba Manuela en cama. Cada día más débil. La niña le tiende sus brazos. La abraza. Su madre le comenta que no ha querido comer, que se ha quejado porque le cuesta respirar. Le prepara su comida preferida. Le da de comer en la boca. Se acuesta a su lado. Manuela se duerme escuchando dulces canciones de cuna que le canta su mamá. 
A la mañana siguiente, se levanta más temprano que de costumbre. Se esmera en su arreglo personal. Parte para el trabajo. Inicia su caminata diaria hacia la terminal de colectivos. Cuando pasa por la Casa Azul, él está allí, como esperándola. Esta vez le escucha decir: 
-Hoy estás más linda que otros días. 
Ella no contesta. Agradece con una triste sonrisa que no diga nada más, y entra a la Casa Azul. 


Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina

miércoles, 23 de junio de 2021

Autores publicados


Si realmente creyeras que tienes todo lo que necesitas, ¿qué harías después? 
Pregunta del día, en Internet 


con voz propia nº 108 – Revista literaria 
Junio 2021 
Autores publicados en esta edición

Cristina Villanueva in memoriam 

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Dora Zulema Lorusso

La rebelión de las cosas inanimadas 

Percibió que era uno de esos días en los cuales solía ser protagonista de triviales pero, molestos accidentes caseros. Al acudir a contestar el teléfono, el borde levantado de la alfombra de la sala, hizo que trastabillara produciéndole un doloroso esguince de tobillo. En su intento de asirse a algo para no caer rozó una lámpara de pie que cayó estrepitosamente al suelo. Al reponerse mientras vendaba su pie, una vaga incertidumbre de sensaciones removidas no del todo claras, la invadió confundiéndola. Sentía que era objeto de una fugaz confabulación de elementos inanimados. Más tarde, mientras preparaba el almuerzo - con el ímpetu habitual con que cortaba los vegetales - sintió el ardoroso calor de su sangre brotando entre sus dedos. Fue al lavabo, abrió la canilla. El agua se teñía en estrías disparejamente rojizas. Las vetas sanguinolentas que cubrían el blanco enlozado le recordaron aquel cuadro de pintura abstracta que la desconcertara en la vernisage de Pablo, su amigo. 
Luego de desinfectar la herida, la cubrió con una gasa adhesiva. Padecía una viscosa incomodidad que iba más allá de la cuestión física. Pensando en su tobillo y su mano vendada intentó adivinar algún otro eventual problema próximo. Todo lo observado le resultaba de mayor o menor peligrosidad, dependiendo del factor suerte, factor que últimamente no parecía acompañarla. Continuó con las tareas hogareñas. Sumergida en ellas para terminar cuanto antes, decidió poner al día el lavado general de la ropa. Como era su costumbre separó la misma según clase y color. Al arribar a las camisas de su marido, notó en dos de ellas indudables rastros de rouge en el cuello. No se dejó atrapar por los celos y buscó encontrar alguna explicación razonable. No la halló, pero inventó otras probables. Poco después un celular olvidado en el escritorio, acrecentó sus dudas. Revisó mensajes guardados… las certezas se apoderaron de ella. 
Un fuerte dolor de cabeza comenzó a acosarla. Buscó nerviosamente un analgésico. El frasco que los contenía se cayó de sus manos desparramando las píldoras por el suelo como festival de bolitas arrojadas todas juntas buscando la “lechera”, imagen que remedaba aquel lejano juego infantil, que compartiera con sus amigos de la cuadra. 
Arrodillada - recogiendo las píldoras - una nítida aparición hizo aflorar su congoja. Se vio pequeña caminando junto a su madre, aquella vez que cayera al tropezar con una piedra. Experimentó retrospectivamente el abrazo consolador, el beso posterior y el eco tibio de sus dulces palabras: 
Mala la piedra que lastimó a mi niña. 
Con la última píldora recogida la evocación de su madre se diluyó al secarse las lágrimas. Y… suele ocurrirle que cada vez que sufre la rebelión de las cosas inanimadas o situaciones con seres amados hieren sus sentimientos, experimenta la profunda tristeza de no ser aquella pequeña cuya mamá la protegía de las piedras malas. 


Dora Zulema Lorusso 
Lanús, Buenos Aires, Argentina