viernes, 16 de agosto de 2019

Editorial


Revista literaria con voz propia nº 89

Agosto 2019

Propietaria – Editora – Directora: Analía Pascaner

Publicación creada en noviembre de 2006
Distribución y publicación gratuitas
ISSN 2314-0275


Ten fe en las pequeñas cosas, porque en ellas reside tu fuerza.
Madre Teresa de Calcuta



Que sean niños los niños, simplemente.
Que ejerzan en paz el oficio de recién llegados.
Que se los llame a trabajar con la imaginación o con lápices de colores.
Que se los deje ser niños, todo lo niños que quieran.
Y que los niños sean lo importante, que por ellos lleguen a un acuerdo los que nunca se ponen de acuerdo; que por ellos se dirijan la palabra los que no se hablan, que por ellos hagan algo los que nunca hicieron nada.
Que sean niños en su día. Que lo sean todos los días del año.
Que sean felices los niños, por ser niños. Inocentes de todo lo heredado.

Deseos para niños (fragmento). Mex Urtizberea



Cuando la vida se sienta demasiado grande para manejarla, salga afuera. Todo parece más pequeño cuando estamos de pie bajo el cielo.
L.R. Knost


Revista literaria con voz propia
Inscripción Registro: ISSN 2314-0275
Propietaria: Analía Pascaner
San Fernando del Valle de Catamarca
Catamarca – Argentina


La esperanza es como el sol, que arroja todas las sombras detrás de nosotros.
Samuel Smiles

Autores publicados


Revista literaria con voz propia nº 89
Agosto 2019                    
Autores publicados en esta edición: 


Autores publicados desde inicios de la revista con voz propia:
          
Revista literaria con voz propia
Publicación y distribución gratuitas
ISSN 2314-0275
Propiedad, dirección y edición: Analía Pascaner

Haidé Daiban

Mujer

Mujer, vos sos la historia,
la vida, la memoria,
los brazos que cobijan,
la boca que murmura,
perfume que cautiva.

Por vos la vida fluye
en dulces manantiales
pero subyace a veces,
las rosas, sus espinas,
las rosas que aroman,
las rosas que declinan…


Ruinas 

El tiempo crece y aplasta,
  deshace,
Crea ruinas, esconde testimonios.
Alguien rodeará
  con sus brazos
  esos restos inertes,
bendiciendo el encuentro.
Y será la serena presencia
            de las cosas,
            las que reclamen
extenuadas de esperas,
la epigonal salida
           a la vida.


Carnaval porteño

Allá en Boedo,
allá por los cuarenta.
         Y las vías muertas.

El Tramway durmiendo
deja paso a Momo
y sobre empedrado
saltarina, en vena,
la comparsa canta
sus coplas añejas.
Máscaras, bufones,
piratas y viejas.
Los indios pintados
con corcho, las getas.
Entre serpentinas
y papel picado
se hacen pantomimas,
cantan canzonetas.
      Y las vías muertas.
Entre luces, ruidos,
matracas, cornetas,
atisba una nena
vestida de reina.
Mientras duerme, quieto
prendido a la mano,
el mate que espera
que muera la fiesta.
      Bajo el nuevo asfalto
      vibran vías muertas.
La comparsa huye
en el colectivo,
las máscaras caen,
se muestran siniestras.
La fiesta es historia
en algún retrato
que guarda la abuela.
El zaguán derrumba
sus muros de espera
y el traje de luces 
es una quimera.
    Y las vías muertas.


Haidé Daiban
Buenos Aires, Argentina

Carlos Barbarito

Hoy escribo un poema…

Hoy escribo un poema cansado.
Son muchos los pasos para cruzar el desierto.
Hay un pez aquí cuando ser pez parece imposible.
No hay peces aquí, aunque mi verso anterior lo contradiga.
Lo que propongo se vuelve huida, fantasma.
Lo que propongo no enciende una luz, no cierra los puños.
¿Qué otras cosas devorará el sol antes de que sea de noche?
Debo resistir -me digo-, pero para ello debo tener un cuerpo.
Digo: algo más allá de presunción, una conjetura.
Porque si existo es todavía por una idea difusa,
/una supuesta marca en el éter.


Un rostro pegado al vidrio…

         Aquí solo reinan el hielo y el silencio.
       Truman Capote, carta a Katharine Graham,
                          10 de febrero de 1972.


Un rostro pegado al vidrio; lejos,
el mar con sus olas, las olas con su mar.
Un rostro. ¿De quién? ¿De
quién, abierta la puerta,
al final del estrecho pasillo,
a la dispersión de las bandadas,
a la desbandada de las fragancias?
Pegado al vidrio, un rostro.
Lejos, hierbas movidas por el viento,
casas blancas con techos blancos.


Invierno: la vida se reduce…

Invierno: la vida se reduce
a unas ramas delgadas a punto de quebrarse,
unas presencias dispersas que sólo anhelan llegar a casa
y encender con algunas maderas un fuego duradero.
Algo, sin embargo, permanece igual,
no importa la estación, si las hojas brillan en los árboles
o son arrastradas por el viento a lo más lejos y en desorden:
en el papel, luego de cuidados y correcciones,
la errata, obstinada y todopoderosa,
ocupa el lugar del poema.


Poemas del libro del autor: Radiación de fondo. Noviembre 2018. Producción gráfica e impresión: BAUHAUS gráfica

Carlos Barbarito
Muñiz, Buenos Aires, Argentina

Eduardo Coiro

Tesoro

Cómo quien encuentra un tesoro o un bien imprevisto, a los pies de la cama encontré el botón azul noche.
En la oscura tarde pensé tu andar desabotonado por algún punto del saco. Pude ver la llovizna dejando nubes con gotitas en los lentes de tus anteojos.
Así, como un rayo, este pequeño objeto que se desprendió de tu ausencia te trajo de nuevo a mi lado.
La habitación se iluminó por completo de tu sonrisa desnuda.


Mi padre silbando en la noche

Ahí va mi padre silbando en la madrugada. Es primavera. No alcanza con el canto cíclico de los zorzales. Mi padre se acompaña silbando. Es una melodía que alguna vez le escuché cantar en italiano, habla del amor perdido por una napolitana. Cada vez que lo escuchaba silbar aquella melodía era como si hablara en él toda la tristeza que tenía adentro.
Mi padre un hombre de silencio. De pocas palabras, las justas y necesarias.
Ahora que volvió la primavera, los zorzales cantan su insomnio de amor. Mi padre vuelve a caminar a la madrugada hasta la avenida bajo las estrellas o la tempestad para ir trabajar a la fábrica. Está sólo. Se acompaña silbando su amor a una napolitana.


Textos tomados de Inventiva Social, publicación digital dirigida por Eduardo Coiro

Eduardo Coiro
Temperley, Buenos Aires, Argentina

Susana Cattaneo


Dentro del dedal que llegó de Italia
habita un almanaque,
días huyendo de la guerra,
travesías en barcos
repletos de inmigrantes.
Mis abuelos de incierto futuro,
tierras baldías inundadas de pólvora.
A su lado, una tijera
para cortar la línea
que separa los mundos.
Hilo de coser
para unir lo que se ha roto.
Dentro del dedal
hay inviernos con muñecos de nieve,
planes de vida,
el horror, la sangre,
un grito a las dos de la mañana.
Un puerto, un continente
y el miedo que golpea sin piedad.

*  *  *

Ahora que ya no hay más sílabas nuevas,
ni palabras vírgenes,
ni frases asombrosas.
Ahora que no se leen
oraciones que golpeen el pecho.
Que ya los relojes se volvieron turbios
y el futuro se perdió en la niebla.
Ahora cuando el grito de la noche es anciano
y agujeros dentados devoran la luna;
cuando los ojos pueden llegar al silencio
y las manos asfixian tempestades y siglos.
En el momento en que la luz estalla
en mil monstruos de barro, mil rostros oscuros,
yo te celebro, vida, para empezar de nuevo.

*  *  *

En el pequeño mundo de mi mano
guardo laberintos de arena y cólera,
enigmas indómitos,
poetas locos que sueñan con espejos,
un muerto que pasa en bicicleta,
una muchacha que gastó su memoria,
aves que surcan el destiempo.
Es posible que también guarde
la primera letra del amor,
una vida en hilachas,
un malabarista,
un corazón herrumbrado,
una lámpara de aceite,
un horizonte de miel y azúcar.
En ese pequeño mundo,
también habrá un trozo de misterio,
algún calendario marcado de citas,
una máscara de soledad,
una profecía,
un bestiario,
la sangre feroz que me da vida,
una mujer que se viste de sola.


Susana Cattaneo
Buenos Aires, Argentina

Sergio Pravaz

Cantata de los dos puentes

-I-
Como en el año diecisiete, cuando sonaron los cañones de octubre
rompiendo allá en la Rusia lejana el cuerno de los zares,

así arribaste a esta tierra del coirón que medita a la vera del camino,
del piche que rastrea la huella del milagro,
o del guanaco que barre la osamenta de los que estuvieron
en la gran batalla que oscureció el ánimo de las piedras;

también del ñandú y de la mara, corredores célebres
cuyos tendones envidia el mismo dios del viento.

A estos parajes viniste esquivando el expediente
y el largo masticar del polvo en el camino.

-II-
Tu propósito de puro hierro hizo latir el corazón de la necesidad
para que tu carga de metal, que como un viejo saurio le ruge
a los colores del paisaje, monte su canto grave.

Como en aquel año que llegaste para suplantar a tu padre
cuyo dominio fue esa noble madera elegida por Griffiths el poeta,
a la que un choque de agua asestó en su corazón,
en su centro más visible y duro el golpe definitivo
para forjar en la retina una noción de tragedia.

-III-
Ese madero que como un alimento vagó por las calles del mundo
al amparo de las mujeres en la oscuridad de los muelles del idioma,
detrás de unos ojos que durante la luna ciega acecharon al que vino en barco buscando un aire más liviano, fatigosamente humano,

apenas entrevisto en el alto fuego de la incertidumbre,
o en el sueño que cuando cierra su puño obliga a la
marcha forzada del soldado que sin serlo,
se es en la vida.

Madera que alumbró una gloria fugaz porque el agua así lo quiso
cuando se tragó los gruesos tarugos, los firmes cuadros del sostén,
el poder incalculable del tirante y hasta el sonoro grito del pulmón
más escondido del pilote.

-IV-
El nivel y la garlopa nada pudieron, tampoco la regla ni la escuadra,
como nada pudo el temblor del carpintero dibujando
pájaros, números de agua, canciones y geometrías
en aquel año noventa y nueve del alud.

Su propio Jordán tuvo el noble tablón que pudo ser guitarra,
mesa, puerta o banco nacido de árbol ilustre,

pero fuiste rey entre los puentes, castigado, abatido,
sin piedad derrumbado por fatalidad y no por bala.

Con él se fue el tránsito para que todo tráfico lícito deje de serlo
y sea nuevamente el silencio, un temor, una vigilia contenida
sobre la hondonada del antiguo cauce.

-V-
Y así el desabrigo se anunció para cada rincón de la meseta
hasta el lugar donde las martinetas apenas pisan, llorando, su vuelo
extraviado en los tiempos del diluvio.

Ah, pero al fin llegaste puro metal de saurio encadenado,
para ser clavado a tu cruz aunque te negaran el nombre
ochenta y cuatro veces,

y aun así fuiste de recto caminar entre los pueblos, imaginario
que clava horizonte, identidad, certeza.

A la hora en que los tamariscos soplan sus flautas de pan
y el movimiento retoma la calma de la sangre, hay dos puentes
que maduran todo lo hermoso que de ellos la memoria nos entrega.


Sergio Pravaz
Playa Unión, Rawson, Chubut, Argentina

Tin Bojanic

El tango y el flamenco

En una plaza de Sevilla, y algunos afirman que fue en la de Santa Marta, se encontraron finalmente el tango y el flamenco. Se dice que fue al anochecer en un día de limpia primavera. La gente era poca pues acontecía algún evento político o deportivo que, nuestros personajes, disfrutaban ignorándolo. En uno de sus árboles de tronco fino se hallaba ella, reposada, y era una andaluza bien morena y en vestido al rojo vivo; y sus ojos eran tan grandes como la rosa que llevaba en su cabello, y esos ojos perfumaban aún más aquello que veían. En otro de los árboles se hallaba él, como escondiéndose pero sabiéndose que era bien visto, un porteño rubio de traje negro y de sombrero gris, en concordancia con la flor que llevaba en el bolsillo del frente de su saco audaz.
Se miraban sin disimulo y sin ocultar el sudor de sus frentes, un poco por el calor y otro tanto por el furor de ese encuentro. Se oía una canilla repiquetear en una de las esquinas agregándole tensión, y desde una ventana estirada zapeaba fuertemente una guitarra protestando la indecisión de la velada. Una pareja pasó tomada del brazo interrumpiendo la escena, y presintiendo lo que se avecinaba, aceleraron su andar sin osar mirar a ninguno de ellos a los ojos ni hacer comentario alguno. Porque podía sentirse que el tango agazapado estaba por tomar a su presa, esa mujer flamenca que comenzaba a extender los brazos como si quisiera tocar las estrellas entrelazándolos en el tronco del árbol. Mientras, el tanguero tomándose de su árbol, se asomaba por un lado y por el otro, una y otra vez, sin decidirse por cuál flanco y con qué velocidad, finalmente, atacar.

Clara Vouillat


     En lo más oscuro
escribo
     en lo más hondo
escribo
     en lo más sórdido de mí
escribo
para exorcizar las voces
la tierra desterrada
el cielo sin horizonte
el silencio perdido
los árboles talados
      el camino que ya no lleva
a la tranquila vista
de los ríos
al remanso claro del mar
a la apartada montaña
a la noche luminosa
     En lo más oscuro permanezco.

*  *  *

Acomodo las cajas
las esquinas de las cajas
el contenido de las cajas
       dejar lo que nos queda
       y seguir el camino
       como un adelantado
       que busca decidido
sabiendo
lo que ha de hallar
detrás de esa montaña.

*  *  *

Ese mandato sigo
el que estaba trazado
desde entonces.
       Hay que juntar despacio
       los despojos de todas las tardes
       aconsejarse quedamente
       con palabras bonitas
       recetas olvidadas
aplicarlas cuidadosamente
sin olvidar ninguna
       cerrar el pico
       acomodar la almohada
y dejarse llevar.


Clara Vouillat
General Roca, Río Negro, Argentina

Carlos Javier Jarquin

El cielo te llora

Desde que te fuiste el cielo
se ha oscurecido, 
a preocupante inmensidad,
la luz de las estrellas,
viven en real ausencia.
Esperando tu regreso
ansiosamente
para volver a sonreír.

Son torrenciales de lágrimas
las que de este cielo brotan
constantemente,
el tiempo ha pausado
en la negra tormenta,
y este sufrimiento no desaparece
crece con velocidad interminable.

Sin tu afecto este mundo, 
ya no es habitable,
no hay nada de beber 
ni de saborear…
Sin derecho te has llevado todo
lo que aquí existía,
la razón de vivir es absurda.
ya no existe arte
porque ya no puedo amarte.


Déjame ser como el otoño

Por favor déjame ser,
como el otoño que en su
fastuoso e incitante disimulo
desabriga a las plantas,
para darles mejor vestimenta
y por supuesto que también
presume de un exquisito perfume
de los más aromáticos
para ellas y todo su entorno.

Déjame ser un segundo otoño,
desvestiré sensualmente
cada prenda que abrigue
tu fragante cuerpo;
donde la cama, techo y paredes
del aposento aplaudirán felizmente
cada beso y caricias que nuestros
cuerpos sumen y asumen,
en ese loco tiempo nos perderemos
de gracia y gracias.

En tu cuerpo impregnaré
máxima y tierna fruición,
en tu corazón legaré
colosal huella y será la estrella,
que podrá flagrar tu ser,
eliminando todo lo adverso
que has experimentado.
En tu mente dibujaré
un recuerdo brillante
como el más bello diamante
e inexplorado en el universo.

Quedarás exento de añoranza,
así como muchos árboles
despiden en otoño sus longevas hojas,
yo te haré olvidar tus malas
experiencias, conmigo descubrirás
el nacimiento de un mundo sugestivo
y será flamante en infinidad.
Así como el otoño le da nuevas hojas
a las fantásticas plantas del campo.
Juntos iremos a festejar
el crepúsculo de nuestra dorada vida.


Carlos Javier Jarquin 
Costa Rica

Ana Barchuk de Rodríguez

Diente de león

En una chacra, muy cerca del potrero, al borde del yerbal, crecen varias plantas con flores, algunas de jardín porque allí estaba la antigua casa y otras silvestres que auxiliadas por el viento germinan en ese terreno.
Esta mañana, apenas sale el sol, diente de león observa a las otras flores. Casi envidia sus colores, tamaños y perfumes.
La primera abeja que llega al lugar ni lo mira. Se posa sobre una dalia que muy alegre le saluda y le deja marcas violetas en las patas. Enseguida llega otra abejita y tampoco advierte a diente de león, se dirige al rosal posándose en los rojos y perfumados pétalos. Luego otros insectos sobrevuelan la zona y congratulan a las demás flores.
Diente de león pasa el día esperando una visita, una palabra, un amigo. Escucha hablar y reír a las diferentes flores pero de él nadie se acuerda. Sino para decir:
-¡Pobre florecilla silvestre, nadie te tiene en cuenta!

Cristina Pizarro

Consagración de la primavera

La melodía del Vals Triste* es un eco polifónico
en el aura de aquel tiempo.

Recuerdas, Rosalind,
en la danza te entregabas
          a la tierra.

Después del rapto a los infiernos
celebraste el rito arcano en la promesa.

Ante la eclosión del misterio
evocaste a tus antepasados
              hubo un cortejo de sabios  
en el juego y el milagro.

Un ritmo disonante se enarboló a tu piel
            quebrada por el silencio.

Ahora   tú   Rosalind Schieferstein,
elevas el cáliz en la danza sagrada,
           renuevas la naturaleza
con la alabanza de Tu nombre.

*Vals Triste de Jean Sibelius


Convite

El amor rara vez puede durar cuando es demasiado descubierto” (Regla 12 del código de las Cortes de amor)
“Si os dignáis concederme algún favor, oh la más querida de las señoras, sabed que sufriré la muerte antes de cometer la menor indiscreción. Ah, pido a Dios que condene mis días en el instante mismo en que cayere yo en la falta de traicionar el secreto de vuestras bondades.” Arnaud De Mareuil

Oh, Rosalind no descubras el secreto
cubierto por los velos escarlatas 
en los atardeceres sonoros.

El secreto es una urdimbre
que trepa por la espesura de los montes
El secreto es un enigma que aroma el salvaje misterio
El secreto es el aliento que ronda a través de los escondrijos
en aquel cofre donde guardas turquesas y amatistas

El secreto es el ser íntimo
camina sigiloso
por las calles solitarias,
los arrabales de esta Buenos Aires,
la madriguera furtiva de una noche Iluminada.

Oh Rosalind, no descubras el secreto.
La clave de la alquimia.


Cristina Pizarro
Buenos Aires, Argentina

Virginia Isabel Berra

Aforismos


Soy la otra piel de mi existencia.

*

Somos máscaras que borra el tiempo.

*

Me refugio en la esquina del viento.

*

Hombre al desnudo.


Virginia Isabel Berra
Muñiz, Buenos Aires, Argentina

Lila Levinson

La Bobe Rebeca

Los grandes muertos son inmortales: no mueren nunca.
Nicolás Guillén

Los viernes, antes de que aparezca la primera estrella, la madre se pone un pañuelo blanco y prende las siete velas del candelabro mientras murmura una oración en hebreo. El pan es el alimento principal y la sal es el símbolo del valor de lo escaso y lo lujoso. La madre ofrece estos dones a un amigo que arriba a la “isbá”. Es la cortesía con los invitados. Él visitante comenta que llegan rumores de que Rusia ha entrado en guerra con Japón. Nicolás II domina toda la tierra rusa y también la Besarabia amada. Mil novecientos cuatro es un año importante para la joven hija; pronto cumplirá quince. Sabe leer y escribir como todos los hermanos. Para el padre es básico que los hijos sepan. Les enseña historia y geografía. En la casa hay libros. La consigna es leer y aprender.
La guerra con los turcos existió antes que Rebeca naciera. Su padre los orienta sobre los costos crueles de las guerras. Comenta que en 1812 había finalizado la guerra con los turcos. Por aquel entonces el Imperio otomano cedió la parte oriental del principado de Moldavia al Imperio ruso. La región fue llamada Besarabia. Otra guerra de independencia rumana había estallado en 1877; cedieron la parte meridional de Besarabia nuevamente a Rusia. Empiezan acciones antisemitas.
Los mayores de la familia charlan sobre emigrar, no queda otro camino.
Como es la costumbre Rebeca debe ir al bosque cercano a juntar leña para la salamandra. Parece que el mundo estuviese detenido. El bosque silencioso y la bruma que nace desde la tierra helada, hacen estremecer su cuerpo. Busca leña para la cocina, eternamente encendida. Desde la lomada alcanza a divisar la chacra. Le da seguridad mirar las hileras de verduras, los desnudos árboles frutales, las vacas y ovejas. La soldadesca aún no había incursionado hasta esos campos, pero el temor y el peligro eran una constante. Amontona las ramas secas apresuradamente; después vendrá su hermano a recogerlas.
De pronto el galope sobre el bosque semeja un rugir de bestias salvajes. La niña corre para llegar a la casa, los pies vuelan, pero no basta. Mucho antes la alzan sobre un caballo. Sobre las hojas de pino, la nieve sucia con sangre, excrementos de caballos, sudor de pesadilla. La muchacha pierde la batalla contra las hordas que invaden la estremecida tierra partida en pedazos sumergida en un desamparo irreparable.

Sonja Paulus

Montevideo, mi amor

Te veo
y me recordás a mí
un tú y yo juntos, hace tanto tiempo
Cómo me cambiaste
Nos entendimos de una manera que dejó afuera a todos los demás
Cuántas veces caminé por tus calles
con una mochila de compañía.
Más no era necesario para explorar tus secretos.
Tus playas, tus plazas, tus tiendas, tu gente
Eras feo como yo, eras lindo como yo
Me hiciste sentir tan sola, me hiciste sentir tan sana
En lo malo y lo bueno
vos estabas ahí
con tu basura y tu olor a porro
tus monumentos históricos descuidados
vos me contabas historias de tu esplendor que habías tenido un día
yo te conté de mis pesadillas y te mostré mis cicatrices

Nos escuchamos uno al otro
aprendimos a entendernos
Nos enseñamos pasión y amistad verdadera
Observábamos el paso de los años
los pequeños y grandes cambios
crecimos, enloquecimos y maduramos juntos
me hiciste apostar plata
me hiciste perder y ganar
bailamos, nos emborrachamos
me enseñaste miedo, alegría y libertad

Montevideo, mi amor
te abandoné, hace tanto tiempo
va a haber un día en que vuelva a abrazarte
No te puedo decir cuando
Pero no hace falta prometerte mi regreso
Porque estás en mi corazón para siempre

En el principio no nos entendimos para nada
vos eras feo, me diste miedo
yo desistí
estábamos caóticos, pero los dos de una manera diferente
buscábamos a alguien menos caótico, con menos ruido, más lindo y más seguro
Queríamos a alguien mejor talvez, o por lo menos esperábamos algo más conveniente
pero ver tus encantos, perseguir tu locura, tu cultura y tu tranquilidad
me llevaste por una aventura diferente y mayor de lo que yo imaginaba posible
me entregué a vos y te permití cambiarme
me volviste mejor y peor
y nos dejábamos con más confianza
porque conocerte significaba conocerme a mí
y estaré agradecida para siempre

Ya no nos necesitamos más
Son otros perdiéndose en tus calles y tus tentaciones
son otras ciudades las que me hacen crecer más aún
va a haber otras historias, otros viajes, otras aventuras
vos sos un espíritu libre, no te vas a atar a nadie
Seguís solo durante tus siglos, fuerte, olvidado para algunos, siempre dispuesto a ser descubierto por otros
yo encontré mi paz, lejos de vos
Ya no nos necesitamos, vamos por caminos diferentes
miramos por delante, recibimos lo nuevo en nuestra vida
pero si alguien pregunta quién soy yo y quién me hizo ser como soy
mi respuesta siempre vas a ser vos
Te conozco, me definiste
y te amo, mi Montevideo

Pero si me preguntan quién sos vos
la respuesta sería más complicada
me tomó un año en conocerte
y si recomendaría a otro conocerte, también?
talvez no
talvez sigues siendo feo como yo, pero también lindo, como yo
no recomendaría visitarte
porque nadie va a conseguir verte y conocerte como yo
nadie va a saber valorarte como yo
ninguno va a amarte como yo
ustedes no lo intenten para que no me muera de celos
ya no estamos juntos
amamos a otros
a nadie le puedo explicar quién sos
lo nuestro nunca va a ser entendible para los demás
sin embargo, yo no te voy a olvidar
Montevideo, mi querido.


Sonja Paulus
Berlín, Alemania

viernes, 26 de julio de 2019

Editorial


Revista literaria con voz propia nº 88

Julio de 2019

Propietaria – Editora – Directora: Analía Pascaner

Publicación creada en noviembre de 2006
Distribución y publicación gratuitas
ISSN 2314-0275

  
Sé agradecido por lo que venga, porque cada cosa ha sido enviada como una guía desde el más allá.
Rumi



Poemas de Robert Frost

El peligro de la esperanza

Es justo allí
a mitad de camino entre
el huerto desnudo
y el huerto verde,
cuando las ramas están a punto
de estallar en flor,
en rosa y blanco,
que tememos lo peor.

Pues no hay región
que a cualquier precio
no elija ese tiempo
para una noche de escarcha.

Arrobamiento

La lluvia le dijo al viento:
-Empuja tú que yo azoto-
y tanto hirieron el soto
que de las flores altivas,
doblegadas pero vivas,
yo sentía el sufrimiento.

Robert Frost. Estados Unidos, 1874-1963


Si la única oración que siempre dices en toda tu vida es gracias, será suficiente.
Meister Eckhart

  
Revista literaria con voz propia
Inscripción Registro: ISSN 2314-0275
Propietaria: Analía Pascaner
San Fernando del Valle de Catamarca
Catamarca – Argentina


Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados.
Oscar Wilde

Autores publicados


Revista literaria con voz propia nº 88
Julio de 2019
Autores publicados en esta edición: 


Autores publicados desde inicios de la revista con voz propia:

Revista literaria con voz propia
Publicación y distribución gratuitas
ISSN 2314-0275
Propiedad, dirección y edición: Analía Pascaner

Julia Burguener


Soy el río

Soy el río.
El mismo viejo río
que marcha inmutable por su rumbo.
El que lleva entre el verde de los camalotales,
retacitos azules de cielo florecido.
El que a veces desborda
y arrastra en las crecientes, 
embalsados que esconden el peligro:
la amenaza de muerte, 
el veneno enroscado
como raíces que enredan su misterio
en la profunda oquedad del egoísmo.
Soy el río.
El mismo viejo río que lleva el agua nueva.
El que besa la costa
con leves marejadas ataviadas de espuma.
El que ostenta en la cresta de su piel reluciente,
diamantinas estrellas;
cristales de la luna;
espejos de la rosa que amanece;
la transparencia vigente 
en la inmensa claridad del día.
Soy el mismo río que acuna y acaricia
las pobres canoas pescadoras
por siglos silenciosas.
Por siempre esperanzadas.
Siempre ajenas…
Siempre mías.


Después de la crecida

Después de la crecida
que arrió árboles, casas, esperanzas…
ahora corre manso el Uruguay.
Amainó su enloquecida correntada.
Iba en busca de un sueño perfilado
en el lejano y ostentoso río de La Plata.
Bramaba todo rojo
con un manto de oleajes y maderas
que lloran todavía
por las vidas que en la costa,
de cuajo les fueron arrancadas.
Queda al descubierto la tristeza
de quienes todo lo perdieron.
Están descalzos de ayuda y de esperanzas.
Mientras tanto,
enarbolan sus ojos a la altura 
Se quedan prendidos al silencio
de otras copas cimbreantes, solitarias.  
Se aferran a la fe.
Aprietan a sus hijos sobre el pecho
y por ellos, saben
que deben comenzar de nuevo.


A contramano

En la fachada, una sonrisa falsa
o un esporádico gesto solidario.
Van por la vida
hiriendo; a contramano.
Y aunque uno no los busque,
aunque uno se aparte de su siniestro camino,
han de encontrar la forma,
tal como se encierran en su círculo viscoso,
de salpicar su entorno,
destilar veneno,
tirar sus piedras,
sembrar odios,
inventar relatos,
abrir grietas…
hasta vernos caer
involucrados
o vencidos.


Del libro de la autora: Amaneciendo. Poesías
Julia Burguener
Villa Ocampo, Santa Fe, Argentina