jueves, 14 de mayo de 2026

Lilí Muñoz

Brindis 

Me gustás, Irisel, bebo aún los sueños en tus ojos claros. Y aunque nunca te lo dije, creo que lo supiste siempre. Las clases eran nuestras citas diarias. Había todos los días cuatro horas para verte y hablar. Hablar, escucharte, imaginarte, desnudarte. 
¡Cuántas veces planeé contarte esto tan simple! Nunca tuve tiempo o mejor, no tuve coraje. Mío era el disfrute de verte, de mirar tus ojos verde río, tus manos… Eras y sos el presente. El juego implacable del presente. Sin después. 
Cuando comenzaste a faltar, a ninguno nos sorprendió demasiado. Aunque, por ahí, yo tuve un cosquilleo. Faltar fue siempre nuestro fuerte. El faltazo era la solución pequeña para evadir calladas frustraciones. Nuestras y no tan nuestras. También las de los otros, las de muchos. Como ahora. Vos sabés… 
No nos llamó la atención. Al principio no. Luego tu ausencia se fue haciendo más y más presente. En tu trabajo no sabían de vos. Casi estaban tan desconcertados como nosotros. Tus compañeros trataban de adelantar excusas, de poner palabras donde se arrastraban cada vez más silencios. No nos era desconocido aquello que estaba sucediendo a nuestro alrededor. Sin embargo, no queríamos pensar. Ni darnos cuenta. 
Y pasó un bimestre. Entonces eran bimestres. 
Algo parecido a la angustia fue tomando cuerpo, creció, se hinchó. Con todo su corpachón se sentó en el curso. Compartió bostezos, de ésos que uno lanza desde las tripas cuando todo se viene encima y no sabés qué hacer. Punzó corazones y alientos. Pesó como un largo y cerrado domingo. De ésos que el viento acorrala en nuestra ciudad. O como tus distancias, las que alguna vez escribiste en la ficción, distancias que hicieron que me desgarrara entre preguntas que nunca te hice: “Las distancias que nos separan son muchas, están las geográficas que pesan tanto, y están las otras que no pesan menos”. ¿Cuáles, Irisel? No me lo dijiste entonces ¿es que tampoco vos te animabas? 
Dimos vueltas. Eran tiempos de dar vuelta: vuelta a las palabras, vuelta a la cuadra, vuelta la cara, dar vuelta el placard, la biblioteca, dar vuelta, en fin, dados vuelta dábamos vueltas. Fuimos a casa de tus padres. Era posible. Lo creían. Había algunos indicios. Pero no. No nos queríamos reconocer en el miedo. Los viejos son los viejos. Entonces ¿de dónde salían las risas apretadas? ¿Por qué el temblor entre silencios bruscos? Se cortaban de golpe. Había chistes de salón y de los otros. Se bisbiseaban diálogos. De cualquier manera. Morían rápidamente. 
Otra vez el vecino, ese vecino, alguien -generoso u odiado, no lo sé- nos arrimó nueva información. Supimos de alguna salida repentina. Al menos sabíamos. O creíamos saber. Y podíamos hablar acerca de lo que creímos saber. Teníamos una punta para… ¿para qué? Comenzaron otros ritos de espera. Las conjeturas. Las noticias espaciadas, estrujadas. Los pedazos de noticias. Los signos de las noticias. El atar cabos. El borrón andrajoso, deshilachado, roto. Siempre con la carga de mentira necesaria para alentar la vida. 
Sobrevivir era la consigna, como alguna vez fue resistir o combatir. Lea “Cómo se puede vivir en medio de la…”. Leamos. ¿Por qué nos íbamos a negar esa anestesia? ¿Acaso fuimos héroes y heroínas? Confiamos también nosotros. Te esperábamos. Te esperamos. Debías estar en la clase final. Llegarías para el último parcial. Cosas chicas. Cosas cotidianas. O como se llame arañar lo que queda. 
Te hice mía entre dolores y hambrunas, en las largas esperas del cuartito mierdoso, sin diferencias entre la noche y el día. Fuiste mía, fuimos nuestros, como en las reuniones, no sé cuánto más o cuánto menos que entonces. Te digo que hicimos el amor, Irisel. Fuiste y sos presente, así comenzó este relato. Te tuve y me gustaste, Irisel, me gustás mucho. Yo te gusté. Te gustó mi piel, mi torso, las manos. Me lo dijiste casi todo el tiempo y yo te creí. Fuiste mi último silencio, el más largo. Pude aguantar porque vos pudiste con ellos. Les agüé las expectativas. No me quebré. Deshojé la primera flor, la más querida. Hicimos otra vez el amor en la mitad de cualquier hueco y oscuridad. ¿Será diciembre otra vez? Yo sé que nuestros páramos del sur parirán en amarillo aquellas sombras.
Al recorte lo leyó alguien del curso. No de otro curso, sino del nuestro, del tuyo. Un recorte como tantos. Un aviso con tu nombre y el nombre de tus padres y hermanos. Sólo habían pasado unos pocos días desde que no sé quién trajera noticias de tu casa. No tan malas las noticias. Aquéllas. 
Ya sabés. Lo de siempre. Ocurrió lo de siempre. Hablar de vos. Reírse. Hacer actividad. Ni lutos ni mortajas ni discursos. Hablar de lo pequeño. Callar. Alguien, no yo, habrá escrito poemas. Recordar. Putear. Otra vez, y más veces y a cada rato. Respirar con vos, en el deseo y en las broncas. Callar… ¿y por qué? 
La noche es cálida. Luminosa… Es noche de diciembre al sur del sur. El ritmo se mete por mi cuerpo. Me estremezco y bailo. Hugo, Marta, Juan José, quien pudo volver, baila. Quien recuerda, baila /Estás conmigo como está la dura/ tierra que me apacienta el sufrimiento; /si me faltas, me falto: nada siento/ fuera de esta apetencia sin hartura/. Cuarteto. Rock. Chamamé. Cumbia. Tango. Salsa. Cualquier cosa. La ronda baila. Todos bailamos. 
-Es el momento Irisel. Se acerca el brindis… 
Afuera aún espera María Amelia. 

Cuento inédito 

Lilí Muñoz 
Neuquén. Patagonia Argentina

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias por pasar por aquí.
Deseo hayas disfrutado de los textos y autores que he seleccionado para esta revista literaria digital.
Recibe mis cordiales saludos y mis mejores deseos.
Analía Pascaner