Hoja centellante
La hoja, pálida, blanca, repentinamente oscura. La palabra se funde en ella, cualquier palabra, la iluminada, la obtusa, la conocida, repetida, cotidiana.
Resistir a la busca de la perfecta, la igualmente oculta. ¿Todas?, quizá alguna bracee entre el oleaje nocturno y salga del laberinto negro, alguna que se destaque por su belleza, por su voz de sonido metálico, por su riesgo de querer salvarse, hay sonoridad de letras bailoteando.
La noche avanza, la luz del velador comienza a opacarse.
Hay un llamado al alba que los párpados conocen y entonces todo desaparece como los renglones de la hoja, nacida blanca, crecida oscura.
Campanas lejanas extienden las ondas con despliegue de alas y planean en la noche hasta chocar con mi ventana, es el carrillón que me despierta, que me azuza para seguir en la búsqueda, para que el fracaso no ocurra y mi memoria en flor se abra. Ya es la hora de la pesadilla, la recurrente de las cuatro de la mañana. Todo tiene el tizne del carbón, pero yo necesito la brasa, el calor, la luz, el fuego…
En mi mano la lapicera se resbala de cansancio, tiende a deslizarse, callada, para desaparecer bajo la mesa de roble, bajo lo que quedó de aquel robusto roble del bosque. El aroma del roble impregna el cuarto.
Las campanas enronquecieron, el baile de letras juega a mi alrededor, es que desea que el mareo, como marea, me ahogue en la confusión de dudas, que crea esa falsa elección de mi mente…
Un aire frío entra por la ranura de la ventana, me señala, quizá, que todo puede llegar a congelarse, me susurra que el tiempo pasa y debo acelerar la elección.
Los párpados se esfuerzan por detectar la hoja blanca, la superficie virgen que me espera a esta hora del amor.
Una mariposa entra gozosa a mi encierro con el mensaje efímero de su vida. Trato de atraparla, se desvanece mágicamente y en ese momento detecto un brillo en un rincón de la pared, mi lapicera, inmóvil, yace escondida. Enciendo el velador y un arco iris se proyecta en las paredes atravesando los caireles de cristal.
Mi hoja, al fin, centellea y la palabra se extiende, se expande, se ilumina. Me ilumina.
Haidé Daiban
Buenos Aires, Argentina
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