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sábado, 9 de abril de 2022

Rubén Pérez Hernández


Soy sangre que se diluye 
en un torrente desbocado, 
en una multitud que camina 
sin horizonte fijo. 
Soy espíritu del pasado 
que aún galopa 
por el campo abierto, 
estando en muchos 
siendo parte de tantos; 
viento y nube, 
sol y lluvia, 
como tanta gente 
como mis antepasados. 



Rompamos las cadenas 
que atan y agobian, 
que no nos dejan mover 
aprisionando y desgarrando 
piel, carne y alma.
Levantemos la mirada, 
veamos alrededor, 
conozcamos lo importante 
y con brusco movimiento
liberémonos de las ataduras, 
vestiduras artificiales, 
creencias erróneas. 
Tomemos al niño en brazos 
y juguemos a fantasear 
que lo fundamental 
es un tiempo precioso 
que escapa sin regresar. 
Regalemos esa sonrisa 
que tenemos apretada 
y veremos contentos 
un mejor mañana. 



Cuántas veces 
desde el atalaya de las creencias 
contemplamos al mundo 
y a sus habitantes,
a todo lo que nos rodea y nos inunda. 
Cuántas veces 
dejamos caer el desdén 
en forma de opinión, 
crítica que desgarra, 
que lastima y quebranta. 
Cuántas otras 
nos sentimos en el olimpo 
de las actitudes nefastas 
sin reparar siquiera 
en que solo eso son, 
posturas vanas. 
Adoptemos la inocencia, 
esa que perdona y sana, 
esa que purifica el corazón 
llenándonos de vida cada mañana. 


Rubén Pérez Hernández 
Uruguay

sábado, 24 de mayo de 2025

Rubén Pérez Hernández

Un café 

El sonido perfora el silencio, 
me levanto despacio, esperando 
encontrar el café hirviendo, 
que caerá lento en la taza. 
La ventana anuncia lluvia. 
El aroma se levanta sereno 
como si fuera un anuncio 
tal vez un aviso, que me indica
que tendré un día intenso. 
Pero no me importa, porque 
tengo el café en mi mano, 
tus ojos en los míos 
y nuestros abrazos. 
Entonces levanto la vista 
y ahí estás, sonriendo 
mientras me despierto, 
mientras despejo mis ojos somnolientos
bebemos este café en silencio. 


Aquí llegamos 

Sin tener premoniciones hostiles 
llegamos a este punto del camino 
donde no sé si las horas pasan 
mirando la pared, 
sin querer vernos, lentos, 
despidiendo con adioses vagos 
una historia que ya se fue. 
Paisajes herrumbrados 
que destilan humedad,
siluetas vagas que deambulan 
en una noche, descalzas, a tientas, 
con el corazón dormido 
en una continua siesta. 
Y miro hacia afuera y no veo nada, 
no quedan pájaros que canten 
canciones de amor. 
Solo queda un sol que brilla
sin nubes en derredor que oculten 
la cicatriz desnuda, desierta 
de las palabras dichas 
en aquella ocasión. 
Y por más que lo discutamos 
hemos llegado a este agujero, 
profundo túnel, 
inquebrantable velo, 
que sueña inocente 
con volver a vernos. 
…y si miro hacia afuera, no veo nada. 


Instantáneas de otoño 

Mientras me sirven el café, 
leo los titulares y más abajo, 
en letra pequeña, el resto 
de las noticias. 
Levanto la cabeza y miro 
por la ventana hacia afuera 
y me pregunto si en el resto del mundo, 
también es otoño. 
Bebo un sorbo. El aroma 
penetra por mi nariz, intenso, 
como si una urgencia hiciera 
que el vapor lo invadiera todo.
Vuelvo al diario, lo miro 
sin reparar en nada. 
Lo dejo exhausto sobre la mesa, 
tomo el resto del café 
y vuelvo a la ventana 
que solo muestra premura,
personas que transcurren veloces 
como los focos de los autos, 
como suspiros que se elevan 
perdiendo peso. 
Los colores cruzan la ventana, 
rápidos, anónimos, distorsionados. 
Ya no puedo distinguir 
los rostros porque están saturados 
de rutina. 
Pago, me levanto el cuello del abrigo y salgo;
salgo a ese mundo que también es mío, 
del que formo parte desde siempre, 
desde el principio de los tiempos,
desde el mismo inicio. 


Rubén Pérez Hernández 
Uruguay

lunes, 16 de octubre de 2023

Rubén Pérez Hernández

La gota 

Una gota cae y distorsiona a la luna. 
Cae en el estanque, lenta, 
en círculos cae. 
Redondos círculos concéntricos 
que se repiten, uno tras otro, 
hasta el infinito. 
La gota cae en el estanque. 
La gota gira y multiplica. 
Cae. El estanque contiene. 
Sostiene. 
El estanque la abraza, la anida. 
El espejo refleja. 
Los ojos miran asombrados 
cómo la gota cae 
y distorsiona a la luna. 


Voces

Lejos de lo formal y solemne, 
en un territorio desconocido 
las voces, palabras desorientadas, 
se pierden en la noche. 
Palabras sueltas 
remontan vuelo, 
audaces, 
conquistando los pensamientos. 
Voces que dicen palabras, 
palabras que encandilan, 
luminosas palabras lanzadas, 
empujadas por un viento, 
viento que empuja enfurecido, 
que sopla rabioso palabras
que viajan veloces, 
suspiros que atraviesan paredes y corazones. 
Palabras que atrevidas vigilan 
escondidas en los montes, 
entre los árboles, 
montes llenos de ilusión, 
palabras creadas para ser leídas. 


Palabras liberadas 

Se liberaron las palabras 
antiguas, arcaicas. 
Se liberaron de los sótanos oscuros, 
de las rejas ocultas, 
de las ausencias criminales, 
de las miradas oblicuas, 
de los labios mudos. 
Se liberaron las palabras
de las celdas secretas,
aisladas, sombrías. 
Se liberaron para estar presentes, 
para volar de boca en boca,
etéreas, libres, 
coloridas, frescas, 
como si la vida fuera un jardín 
que luce nuevo al borde del camino. 
Las palabras libres
trinan felices en los árboles, 
en los corazones, 
colgados de los cuellos de los amantes, 
de pasivos paseantes, 
de niños mimados de la mano 
de antiguos sirvientes esclavos. 
Las palabras se liberaron. 
Las arcaicas y sombrías palabras. 


Vagas imágenes 

Apenas llega a la ventana, mira. 
Solo mira a los que pasan, descalzos, 
delante de sus ojos transparentes. 
Levanta la cabeza, observa. 
Pasea la mirada con hastío inocente, 
busca entre el río incontenible, la gente. 
Apenas llega a la ventana. 
Apenas mira descorazonada 
retazos de las imágenes que pasan. 
Vagas imágenes que atraviesan los cristales, 
se mueven como colores vivos, 
muñecos dirigidos quien sabe a dónde. 
Descalzos, desnudos y desalmados, 
atraviesan los vidrios mojados. 
Solo se reflejan y nada más.


Nota del autor: Todos estos poemas fueron escritos en el año 2023 

Rubén Pérez Hernández 
Uruguay

lunes, 10 de octubre de 2022

Rubén Pérez Hernández

A Pablo Neruda

¡Qué melancólica 
sonó tu voz marina, 
allí donde Pablo miró 
sobre las crestas enloquecidas! 
Altiva, 
su mano tocó 
en la orilla
ese rompiente 
de sal y espuma fría. 
Tal vez él sintió 
como me sucede hoy: 
ese amor… 
atracción femenina 
que nos seduce
con su abrazo 
de bruma dormida.
Igual sonó melancólica tu voz, 
En ese pedazo de tierra mía, 
que moja sus pies 
en las aguas del Plata, 
en estas aguas queridas. 


¿Dónde están las estrellas? 

A veces pienso: 
¿dónde fueron a parar 
las estrellas, 
luego de la tormenta? 
Cada mañana 
me asomo a la ventana, 
miro el sol en el jardín 
y espero… 
Después de la lluvia
sólo quedará el recuerdo, 
sólo eso 
y nada más. 
Mis pasos me llevan 
por caminos secretos 
pisando charcos, 
mirando el cielo.
Luego de esto 
sólo queda el silencio, 
sonrisas opacas, 
oscuras, solitarias… 
El día pasa junto a mi ventana 
veo el sol en el jardín 
y otra vez pienso: 
¿dónde fueron a parar las estrellas 
luego de la tormenta? 


Rubén Pérez Hernández 
Uruguay

jueves, 5 de febrero de 2026

Rubén Pérez Hernández

El blues de la estación 
(Miradas que se cruzan) 

1. 
 En el ruidoso andén 
las notas de mi guitarra flotan 
en el denso vaho,
reflejo de los espejos quebrados 
que veo pasar. 
Los acordes vuelan 
cadentes, lentos, 
tocan algunos corazones 
que miran de costado 
mientras caminan. 
Mi canción les llega a todos, 
para que guarden en los bolsillos 
un saludo matinal, una historia 
para contar. 
Una historia nada más. 

2. 
Apurado, consulta 
la hora y me mira, 
me descubre entre la gente 
sentado, acariciando las cuerdas 
que se transforman en lluvia torrencial: 
figuras aladas sobrevuelan la estación. 
Y el hombre me mira curioso
(sin creer)
rodeado de notas danzantes 
que derriten los tristes muros de su soledad. 
Cuando pasa a mi lado, 
busca entender 
porqué parado en el andén 
regalo esta canción, 
a quien la quiera escuchar.
El viento levanta el humo, 
lo desparrama anárquico,
por todos lados, 
mientras el tren comienza a correr 
con encono, mira indiferente 
cómo todos lo ven pasar. 

3. 
Al consultar el reloj,
se da cuenta 
de que la hora llegó. 
Toma el silbato,
anuncia con estrépito 
que el tiempo se cumplió. 
El tren responde 
con impulso ensordecedor. 
Lo veo caminar 
esclavo del reloj. 
Levanta la cabeza 
cuando pulso las cuerdas.
Se da cuenta y me 
busca, presiente 
que más allá del humo 
hay una vida 
por explorar. 

4. 
El niño guarda su tesoro 
en el bolsillo derecho.
La señora camina lento, 
apoyándose en su bastón 
con cabeza de dragón. 
La muchacha despide a su amor 
besándolo con pasión. 
El velo oscuro cubre la estación 
como si fuera un mal regalo, 
sin gusto, despojado 
de toda intención. 
Y yo, ingenuo observador 
camino de regreso tarareando la canción, 
porque finalizó mi función. 
Mientras camino al bar pienso:
“beberé un café” 
que despeje de mi mente 
a toda esa gente, necesitada 
de amor. Mientras 
voy silbando despacio 
el blues de la estación. 


Rubén Pérez Hernández 
Uruguay

martes, 21 de mayo de 2024

Rubén Pérez Hernández

Ser uno mismo 

Escucho, tomo nota y aprendo, 
o trato de aprender… 
Lo escucho leer sus poemas y parece 
que leyera un relato, una historia cualquiera, 
un aviso, un folleto, suena convencional, pero no lo es. 
Escucho en silencio, sin pensar en nada, 
sin distraerme y surge la pregunta: 
¿Cómo lo hace? 
porque mis oídos y mi cerebro se dan cuenta 
que hay algo más que palabras y letras. 
Vuelvo sobre el papel e intento, 
sí, intento sin conseguirlo, sin lograr 
ese resultado que combina pasión y sabiduría. 
Vuelvo sobre las notas y pienso en la primera línea del poema: 
“Escucho, tomo nota y aprendo…” 
Entonces surge de algún lado una avalancha, 
una catarata de ideas que desborda, 
como si fuera un foco de luz, 
una breve claridad, un vacío que succiona, 
que absorbe todo y donde todo deja de ser realidad. 
Entonces vuelvo a leer el poema. 
Vuelvo sobre las palabras y me doy cuenta, 
como si fuera una revelación, mi mente 
explota entonces despertando 
y ante mí aparece el elemento esencial 
que me susurra al oído: 
“sé tú mismo”. 
Tomo el lápiz y garabateo deficientemente 
una idea, un esbozo, algo que pretende
tener sentido. 
Un nacimiento. 
Pretendo que sea el comienzo 
escribiendo este poema que empieza: 
“Escucho, tomo nota y aprendo”. 


El espejo 

Hoy regreso al espejo 
atravesando campos enteros, desiertos. 
Le preguntaría, por ejemplo, cómo sería volver, 
recorrer las pisadas que otros dieron, 
dejándolas abandonadas, tiradas al sol. 
Regresar no es claudicar, es solo volver 
sobre los pasos olvidados. 
Es reencontrarse tal vez con uno mismo, 
con las cosas amontonadas en viejos baúles 
que a veces resisten ese olvido, como volver al espejo 
y revolver en los papeles, recuerdos de otros tiempos. 
Hoy regreso al espejo. 
Hoy regreso para empezar de nuevo. 


La pura realidad 

Comienzo esto diciendo: 
“la realidad es frágil, 
endeble”, una línea muerta 
que no resiste ninguna prueba,
simplemente porque no está ahí. 
Existe porque hay otros puntos de vista 
que la entienden. 
Es como un corredor plagado de puertas, 
puertas quietas de madera vieja, 
que esperan ser descubiertas. 
Siempre estuvieron ahí. 
Solo debemos elegir una y abrirla. 
Al traspasarla, la realidad cambia 
ya no es la misma, es otra cosa, 
es el jardín de otra casa, ubicada 
en la misma cuadra, en el mismo barrio. 
Entonces digo: “la realidad es frágil”. 
La realidad es cambiante, atravesada 
de simientes que florecen, crecen y remontan vuelo. 
La realidad es un sueño sujeto a estudio, contra todo resultado, 
ella espera paciente tras cada puerta. Solo espera, atenta 
a que otro la cruce, la traspase inconsciente, 
dubitativo, casi al borde de la locura. 
Solos, sin testigos, como en un sueño 
vívido, tanto que vamos a creer que ésa 
es la pura realidad. 


Historias 

Los ladrillos de las casas viejas, 
desamparados, trágicos escombros 
esconden nombres sagrados, 
objetos preciosos, preciados, 
nombres rutinariamente olvidados 
omitidos, negados. 
Exiliados de la memoria 
comparten espacio con el olvido, 
antiguos amos que se retuercen 
en los recuerdos de los indignos. 
Las viejas paredes guardan silencios, 
rostros contraídos, mohines. 
Guardan sonrisas anónimas por buenas noticias, 
lágrimas que corren mansas de penas antiguas. 
Las paredes contienen, retienen y a veces sostienen 
gritos mudos de desesperación, 
manos pintadas como signos, que acarician 
torneadas trenzas que caen en los hombros, tersas.
En definitiva las viejas paredes guardan
inocentes suspiros, 
ojos encendidos que disparan 
sutiles caricias que los amantes guardan. 


Nota del autor: Poemas leídos en público el 15 de noviembre pasado. 

Rubén Pérez Hernández 
Uruguay


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