De qué sirve mi verde si vos no estás conmigo.
De qué sirven mis cenizas de amor.
El sol,
Armado con lanzas de fuego,
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla mi pajonal de verde. Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna, piadosa, le acerca la humedad plateada del amor.
De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.
¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca!
¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos! ¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde de la lagartija entre las piedras.
El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor, ese pequeño niño que busca
el refugio de mis manos.
De qué sirve el solsticio que se anuncia
si mi corazón no es una yema verde, verde espera.
Vendrán otras esperas y una esperanza en verde.
El sol, desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo, puebla mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda. La luna, más luna que nunca.
Le acerca la humedad plateada del arraigo.
Calles
Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la muerte.
Soy, apenas una hoja de barro.
A veces, solo a veces, un asombro.
Un brote. Un rumor. Un pezón en celo.
Me escondo, me traslado y las calles me recorren toda.
Me alcanzan. Me acarician, me hablan.
Es frecuente que griten.
Paso a paso traen las huellas de mi madre.
El viento vuela el sombrero de mi padre.
De tanto caminarme me han gastado.
Algunas duermen. No amor, no las despiertes. No.
El polvo cubre la cicatriz de Abel.
Cuesta abajo. Puta clara, lluvia oscura.
Lázaro gime y palpita de pasión.
Escucho las pisadas. Huyen. No me esperan.
Hay un ciego que baila. Y un niño.
Tengo sangre en la boca. En el pubis, sangre.
Los amantes yacen en un puente de niebla.
Soy un áspid. Espanto lo que asusta mi miedo.
Soy un áspid y una calle de tierra, sin colmillos.
No hay calle que detenga las arenas de la vida.
Estación de los pudores
“El pudor tiene la desventaja de que habitúa a mentir.”
Stendhal
Ella venía de una mitología de panes y de peces.
Él, de un Universo ajado. Montaraz y heroico.
Se encontraron en el filo de cuchillos de plata.
Amor de hombres y pudor de dioses.
Estación de las fogatas
Fogatas dispersaron las lluvias de septiembre.
Y ardieron y murieron y anhelaron esta patria de carne.
Pero el ala del cuervo desposó la aurora.
Y las manos fueron llamas y las llamas humos.
Estación de los espejos
Hubo una urdimbre entre el hambre y el hombre.
Una trama de hembra entre las sombras.
No vieron el espejo -o no pudieron- ni su sombra.
No obstante no verán a nadie o verán a otra.
Estación del olvido
Ella sabe, es ella misma. Él. Los otros.
Él se dice soy yo. Ella. Las otras.
Qué importa si la tristeza se vistió de olvido.
Qué importa. Fueron ángeles, bestias… Y se amaron.
Amelia Arellano
San Luis, Argentina
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