La perversa doctora NN
Venía el primer día del encuentro plácidamente, con las manos ocupadas con bolsas de la compra. Veo a la distancia los perros, la señora que los alimenta, una vecina que la saluda y se ponen a conversar; cuando llego al lugar me ataca la jauría haciéndome resbalar y casi caer al suelo, lo cual hubiese sido peligrosísimo. La susodicha persona siguió charlando como si tal cosa, insensible a la difícil situación en que me encontraba, como acostumbrada a esas iniquidades.
Me informaron que es una “doctora” y como este adjetivo es utilizado ampliamente en mi tierra (¡cómo le va, doctor!… y uno siente henchido el pecho de orgullo) deduzco que se trata de una veterinaria dado su amor a los animales y su insensibilidad hacia sus semejantes. No lo tomen a mal los veterinarios, que una golondrina no hace verano.
Como mencioné antes me veo obligado a pasar diariamente por el lugar, excepto si hago un rodeo muy grande pues las calles en esa zona de Villa Udaondo suelen medir más de 200 metros de longitud; uno de esos días, se adelantaron a esperarme media cuadra: mi corazón latía aceleradamente y el dolor en mi pecho persistió durante 2 horas. Trato de hacer el extenso rodeo para evitarlos, aunque en todas las calles se encuentran estos ejemplares (pero ninguno tan “cimarrones” como los de la calle Los Reseros. Ni dueña tan insensible).
Tal vez habría que reeditar la ordenanza de mil setecientos y pico, o soltarlos a todos en la calle Florida y aledaños, que como está plagada de “arbolitos”… (que me perdonen los que no captan la ironía; o el mensaje subliminal sobre una actividad que hace tanto daño a nuestra economía y cuya explicación no es el objeto de este trabajo; por favor, no me ladren)… ya saben lo que pueden hacer los canes cuando se topan con un arbolito.
Relato tomado de Revista Academia Porteña del Lunfardo Nº 114
César José Tamborini Duca
Lonquimay, La Pampa, Argentina
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