viernes, 31 de agosto de 2018

Miguel Ángel Oviedo Álvarez


Y todavía camino

después de aquella niebla
sin la conciencia plena aún
desperté de este lado.

Hollé las arenas
del otro y escuché algunos secretos.

Me despierta
el torrente de luz
que entra por la ventana.

Con las manos junto agua
me lavo la cara y miro
este sol que me trae
el regalo
de otro amanecer.


Cuando crecen las palabras

se definen los balbuceos
y se armonizan los sonidos

cuando las palabras son claras
nadie estafa
los sentidos ni los sueños.

Por eso las palabras
buscan el aire
para que lleve
los sonidos
hasta los tímpanos

y con las revelaciones del oráculo
lleguen luminosos mensajes.

mensajes que ahuyentan
los mutismos
que huyen vencidos
por las palabras puras
como el agua de la fuente
que lava
purifica
y
nombra.


La refugiada

me mira con ojos ausentes
y me muestra
su muñeca descabezada.

Su madre la arrastró de la mano
y huyeron en loca carrera.
 
Huyeron de los edificios derrotados
de los silbidos de la muerte
de las sirenas que iban y venían.

En el cartel
que sostiene con sus manos
leo su desamparo
acompasado con el sonido lúgubre
que sale de las cuerdas
de un violín desafinado.


Y entonces hoy

vamos desenterrando
la memoria que ocultaron

aquellos que creyeron tapar
la luz del sol.

Y cuando mañana    
derrotemos al ayer

y mostremos
el amor que sepulta al odio

estaré esperándote
en la misma esquina
por donde pasa el canto
de la gente.

Arropados
con las viejas ilusiones
tomados de las manos y
codo a codo
desandaremos
las calles.

A Zuny, y a los 30.000 dolores.


Del libro del autor: Palabra concisa

Miguel Ángel Oviedo Álvarez
La Rioja, Argentina

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