viernes, 31 de agosto de 2018

Javier Cabrera


La luna en la pardela

Fragmento I.

Hasta aquí cualquier excusa trascendía el argumento:
vive al pairo, la recurrencia va en ello. Igual que con todo,
pero el espejo nunca refleja el desgarro. ¿Desarraigo?
O a veces desgarro. Aunque, también, lo que apenas
es una molicie, o un cráter. ¿No hubo ahí un cráter?
Como en el firmamento quemado de una bombilla,
si te observas ves que sobrevives bajo un leve temblor.
Un pajarraco, que no has agarrado más que en deseos,
palpita ahí: uno grande, sin trino o pico ni más contorno
que el roquedal marino donde barruntas va a posarse.
Y a pesar de la debacle, lo extrañas en tu desazón,
tal si hubiera huido a otro arrecife o vuele igual de muerto.
Inventarías qué plumaje lo alza, los colores que ostenta, 
si sus gorjeos te cautivan o igual te disturban, pero,
¿cuándo se advierte en la inspiración un vuelo de ceniza?
Entra con luna oscura, da vueltas por la cabeza y huye.
Así, cada noche, pues todo lo que permanece te supone,  
irremisiblemente, como el centelleo de una luciérnaga 
que atraviesa y no, por miedo dado a envolverse cocuyo.
Las sombras se revisten a veces de su propia desaparición.
El redondeo de la pérdida va en espiral: parpadea o asusta,
casi siempre cuando el otoño te desliza su gélido esqueleto.

2º Fragmento.

Las verdades se despojan a veces de toda franqueza,
pero, ¿qué reproduce su lugar que causa tanto espasmo?
-como si de pronto en un incendio una pardela huyera
amordazada y agitando las alas, rebosante su pico 
de babas, se te abalanzara y te infundiera algún don-.
Es lo real a merced de la más ínfima credibilidad.
Apostar sería su contrario, con la cabeza disuelta,
o entroncar un delirio cotidiano, que a diario lo obvie
todo y acabar en tiempo: “Ya ves, cómo es el misterio.
¡Eh! Nosotros aquí de nuevo [Tú rumias mientras yo derribo].”
No sé si tal vez Hesíodo se habría avenido a este ritmo
o hubiese completado la ecuación sin trastocar nada. 
Los delirios son tan confusos que vas sorteando la luz
entre ellos sin nunca avizorar ni un consejo del padre.
Cuando prevalece el rumor de la polilla te abrasas
en la duda que se contonea encajando por toda tu cabeza.
En el desaire, los falsos amantes confunden la cáscara
con todo lo ilusorio que nunca se iba a hacer realidad.
¿Te imaginas, valga el pufo, poder desmadejar la negra
marea que un moscón causa día tras día por el cuarto
y unir lo desvencijado, repoblar una ciudad deshabitada?  
Un deseo que tuviste, alegas, un sueño hecho casi emblema.

Fragmento III.

Aun enterrada tu mirada en cal amamantaría larvada tu ansia.
La inspiración se asemeja al atribulado aleteo de la pardela: 
mira en sus contornos, están como bandeados por espíritus.
En las fotos viejas ocurre igual. Como otro espejo, tal vez.
La misma consistencia con que la pasión ahuecó el pantalón
adolescente hoy se fermenta al fondo de las fotos viejas.
Qué más da lo que ocurra en torno, las brazadas del pez lisa
o la pulpa en fuga en los luminosos mameyes orientales.
Aparte de la media risa, entre tus ojos hay una llama seca 
que te abandona: es el vacío que te invita a merodear,
pero apenas lo has aceptado se te escurre de la memoria.
La trampa es que tumbes una inconmensurable muralla
y al vencerla te quedes, sin remedio, dentro y a la intemperie.
Será ese el oficio de la pardela. Y, como ella, también lo eres.
Verso es la pardela… Pero, ¿con cuánto se chantajea una luna huidiza? 
Y el siroco, ¿guarda en sí el tiempo que su vejez invoca?
Esperas llegar a eso: tendrás una foto con una sombra al hombro.
Quizá la del fantasma de una pardela cuidando del muchacho 
que la sostuvo un tanto mientras fue pájaro herido con un ala sola.
Tú, como cualquiera, o casi, también acabas dando tumbos.
Si debieras dar explicaciones a tu ausencia de fe empezarías
por mostrar el viejo cráneo teatral más que seco. Todavía.

IV Fragmento.

La misma cuestión (sigue la confusión latiendo): ahí su ruido.
O si hubiera que encontrar un sentido en la ecuación del ser
o no verlo, serías de los que también les sobran artimañas.
El tiempo contuvo paciente, de a uno, los ritos del Opus Nigrum.
Si no fuera por esa contractura, por la turba cuando abre zanjas,
nadie más cabría sobre la Tierra. Quizá una posible salvación sea
exponer a la nieve todos los pechos y esbozar mapas sin trazas.
Es la evidencia: somos nosotros los más débiles en todo.
En estos tiempos de espasmos prosperan, curioso, las retahílas.
¿A estas alturas del poema imposible ya una nueva pregunta?
En fin, Hesíodo, camarada, hubo una era en que la humanidad
fue viajera de sí misma. Las mitades encuentran su horma
al otro lado de la impronta. El resto, la historia que se decanta.
Si aspiraras a especular mantendrías: ‘Donde comienza un hombre,
otro se determina. Éste es ocaso del otro, aquél aurora del uno’.
Una tormenta en círculo. Pero oscureció la tarde que el trueno
rompió por la tiznadura y aquí te ves, pellejo declarando
en cuclillas tu desespero por un llanto despojado y torvo.
Como a la pardela las alas, una luna tardía te traspasa
el costado volcándote en el futuro, pero en ese imaginable
te hallas frente a Otro Rostro con cierto mal aire al tuyo.
Aún no muerto, sí desesperadamente viejo. No va a haber más.


Javier Cabrera
Islas Canarias, España

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