domingo, 4 de marzo de 2007

Rodrigo Morales

Cien Mil Gargantas

Apoyado en la pared, miro pasar a las chicas que en verano ofrecen todo un espectáculo. Sólo llevan unos vestidos de algodón muy livianos, con casi nada debajo, y cuando hace mucho calor se les pega la tela al cuerpo. Me parece que no hay nada que me guste más que verlas caminar en verano por las veredas. Todo muy bien, pero... ¿qué pasa con Eugenia que no llega? Ya pasaron diez minutos de la hora acordada, y no hay señales de Eugenia en la esquina de Sarmiento y San Martín… ¿No suena demasiado ordinario? Estoy esperándola de pie en la esquina de Sarmiento y San Martín. Me recuerda una escena que presencié en Bariloche, en mi viaje de egresados. Eran dos artistas callejeros cuya rutina consistía en hacernos participar a los estudiantes de sus trucos de magia y sus bromas. Nos preguntaban a todos de dónde éramos. “De Buenos Aires”, respondía una flaquita ligeramente ebria. “Nosotros estuvimos un tiempo en Buenos Aires”, pretendían acordarse los payasos. “Parábamos en la esquina de Sarmiento y San Martín”. “Yo soy de Catamarca”, contaba un morocho grandote que, ahora que lo recuerdo, era parecido a Fabricio. “Vivimos seis meses en Catamarca”, saltaban los payasos. “En la esquina de Sarmiento y San Martín”. Y así seguían, tratando de hacernos creer que habían vivido en casi todas las ciudades del país, y siempre en esa esquina. Nadie los desmentía porque es difícil que en alguna ciudad argentina falte la esquina Sarmiento-San Martín. Y Eugenia que no llega. ¿Por qué? ¿Estará con Fabricio? Ojalá yo fuera tan atractivo como Fabricio, a quien le resulta fácil llevarse a la cama a cualquier mujer que quiera. No es perfecto, claro: yo juego al ajedrez mejor que él. Pero de alguna forma es… ¿cómo precisarlo?, es tan perfecto como necesita serlo. Si él fuera más fachero y más simpático no viviría en mi barrio, no sería Fabricio mi amigo, Fabricio el que salió con Yésica, y con Nancy, y con Eugenia que no llega. Fabricio es todo lo que necesita ser. Como Hitler, creo, o como un animal. Cuando un elefante llega a adulto, es todo lo elefante que puede ser. Cuando un tigre crece, es imposible imaginar un tigre más tigre que ése. Los animales siempre llegan al límite de sus posibilidades. Pero la mayoría de las personas siempre tenemos nuevas cosas que aprender, aspectos de nuestras vidas que desearíamos mejorar. ¿Pensé en Hitler, recién? Pero claro: Hitler fue un dictador demasiado logrado, tan perfecto como puede serlo un dictador. ¿Alguien puede concebir en la mente un déspota más déspota que él? El Fürher alcanzó el punto límite, llenó el vaso. No podría haber sido más temible ni más macabro. Ningún guionista de historietas podría crear un archivillano que lo supere. En cambio el común de los mortales somos como la esquina de Sarmiento y San Martín: ordinarios, repetidos como figuritas repetidas. Eugenia tiene mejores piernas que Nancy, Nancy es más linda de cara que Yésica, y Yésica es mejor en la cama que las otras dos (según me contó Fabricio). Pero las tres son chicas del barrio comunes y corrientes, hijas de vecinos. Yo también me parezco a esta esquina de Sarmiento y San Martín. No soy como Fabricio, un ganador con las mujeres (ni tampoco soy un ajedrecista extraordinario). Sin embargo conquisté a Eugenia cuando lo suyo con Fabricio se terminó. Es que a veces las personas comunes y corrientes torcemos el rumbo de los acontecimientos, sorprendemos a propios y extraños. Como Burruchaga, en la final del Mundial de México 1986. El partido está dos a dos y de las tribunas baja un trueno intermitente: son los espectadores que colman el Estadio Azteca. El Diez es el futbolista perfecto, y el país alcanza éxtasis intensos cuando su zurda toca la pelota. Pero Burruchaga no es un jugador perfecto, su fútbol no deslumbra, no es como el Diez. El Burru es como yo, y como tantas malditas esquinas de Sarmiento y San Martín en todas las ciudades del país. Él hace lo único que puede hacer: se mantiene habilitado, espera tras la línea del último defensor alemán y reza que Diez nos salve, nos cubra de gloria. Allá viene Eugenia; me saluda y se apura. El Diez saca de la galera un pase asombrosamente preciso, un pase para el Burru. Argentina entera contiene la respiración porque el Burru pica y deja atrás al defensor contrario. Ya tiene la pelota pero no hay a quien dársela: está totalmente solo, a respetable distancia del arco alemán. Es él contra el arquero, contra el miedo de fallar y contra la absoluta certeza de ser un delantero del montón, como tantos otros delanteros. Todos los argentinos que ven el partido desearían que fuera el Diez el que hubiese llegado a esa instancia. Pero es el Burru quien está corriendo hacia el arco contrario. El bramido que brota de todas y cada una de las cien mil gargantas en las tribunas penetra por los poros de su piel y lo estremece. El arquero alemán achica espacios tan bien como sólo los guardametas europeos saben. Burruchaga patea. En este momento, la esquina de Sarmiento y San Martín tiene su minuto de gloria porque es la esquina, la única e inigualable esquina del mundo donde Eugenia y yo nos estamos besando. Ella es distinta de todas las Eugenias que puedan existir porque yo la quiero, y esta es nuestra esquina.
Y fue gol.

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Huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo;porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura.
Antonio Machado (Extraído de LSD)

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