domingo, 4 de marzo de 2007

Ana María Mopty de Kiorcheff

Los domingos

Sólo los domingos el patio se colma de visitas. Los que no son visitados, dibujan una línea en el piso y saltan para pasar bajo de ella. Del otro lado se incorporan golpeados y jubilosos, aunque sin lograrlo. Yo no entro en esos juegos y contemplo un biombo con diseños de helechos, de pájaros, de flores. Me lanzo a alcanzar los dibujos que se pierden entre las visitas. Los de delantal blanco me siguen con casi igual velocidad, cuando corro por los helechos que van detrás de los pájaros que persiguen las flores.


Diálogo

La ciruela, me dijiste, debe ser comida con los ojos cerrados. Me enseñaste que podía acariciar la fruta y morderla sin ruido ni queja. Pienso que puede ser que en este momento, el laurel se quiebre sin que calles, cuando mezclas la espesura de la salsa sobre el fuego. Todo eso en la cocina. La noche calla y miro desde la ventana una lámpara, impregnando cuerpos amarillos. Te miro y me convences. Es verdad que el pretérito se hace presente en noches como éstas, te digo, mientras van desanudándose en mis bolsillos las voces de los pájaros.


Venganza

Esa noche, después de recibir el injusto reclamo de su jefe y la humillación en su propio domicilio, se sumergió en la lectura, en la escritura. Casi al alba, golpeó su puerta una mujer preguntando por su marido, el jefe. Le contestó que no estaba, que ya se había retirado. Al retomar los libros y escritos, reconoció la estampa empequeñecida del hombre que lo humillara entre las hojas de su carpeta.


Más allá

Es una agradable práctica la de saltar juntos la tapia y vagar compartiendo más allá de los límites impuestos. Los dos rozan las plantas levemente, palpando la naturaleza, siempre alegres, silbando, participando. Pero antes de clarear el día regresan casi corriendo y de nuevo a saltar la tapia, despedirse apenas con un roce para acomodar flores, maceteros, loza, tierra.


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Pienso que el cobarde puede en ocasiones vencer su miedo como si fuera una proeza, y que el más tacaño puede romper las costuras alguna vez, pero el que nació para canalla no puede errar su vocación.
Luis Franco

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