miércoles, 7 de marzo de 2007

David Lagmanovich

No tengo nada contra usted

No tengo nada contra usted, se lo aseguro. He frecuentado a muchos como usted, me he encariñado con algunos, y ellos me han acompañado a lo largo de la vida. Si le restrinjo el acceso a mis escritos no es por hostilidad, sino más bien para no fatigarlo, para que después no se me acuse de abuso o de falta de consideración. Es cierto que en mi juventud recurría mucho más que ahora a sus servicios. Pero la vida me ha enseñado que para mí su utilidad, perdóneme que se lo diga, no depende de que esté siempre dando vueltas a mi alrededor, sino de un factor que podemos llamar eficacia. Con esto no quiero ofenderlo ni hacerlo a menos: mi respeto por usted es absoluto. Podemos decir que lo considero indispensable, pero en dosis moderadas. Un gran poeta dijo que usted, cuando no da vida, mata. Y yo no quiero que me mate ni que mate mis textos, señor adjetivo.


Días en la noche

A veces en la noche estallaba el día y era hermoso ver de pronto el sol entrando por la ventana y calentando sus pies ya inútiles bajo la manta escocesa. En la habitación seguía pesando el silencio, pero a lo lejos se insinuaba el canto de un pájaro y las hojas del aromo se movían levemente en el jardín. El hombre que había despertado con la eclosión del día volvía a cerrar los ojos y sentía en la piel la caricia de la brisa. Creía percibir un aroma a tierra mojada y por algunos instantes su imaginación le llevaba a los caminos azotados por la lluvia en el pueblo de su infancia. Percibía la respiración del enfermero, que dormía en la habitación contigua; sabía que al entrar en la habitación para tomarle la temperatura preguntaría si había dormido bien, y él no sabría qué responder. Mientras intentaba entrar de nuevo en el sueño, deseaba intensamente que se produjera otro milagro. Pero las lágrimas corrían por su cara y, mientras el día se desvanecía súbitamente en la noche, supo que no despertaría nunca más.


Declaración

Es cierto que no me llamo Vanessa y es cierto que casi todo lo que usted ve lo hizo el cirujano y también es cierto que no soy ni tan alta ni tan rubia ni tan flaca como parezco, pero él no tenía derecho a echarme nada en cara, porque si un hombre me levanta en la calle tiene que saber que todo es de mentira, una ilusión que fomentamos porque es parte del oficio y además porque nos dan pena los hombres solos, por lo menos a mí me dio pena éste que parecía tímido, que hasta me abrió la puerta de la habitación y me dejó pasar primero, con modales que usaría con las señoras de verdad. Pero después comenzó a quejarse de las mentiras del mundo, tomándome a mí como ejemplo, y eso no lo pude soportar. Cuando ya no daba más agarré el puñal que siempre llevo en la liga y se lo hundí hasta el mango. Esto no es una mentira del mundo, le dije pero él ya no podía oírme. Lo demás usted ya lo sabe, señor fiscal.

Los microrrelatos pertenecen al libro Casi el silencio, Fundación Tiempo de Compartir, Tucumán, 2005


Antígona II

Sé mi Antígona.
Llévame de la mano por los caminos mudos
de la insistente noche.
Sé mi báculo.
Déjame que en tu debilidad apoye mi fracaso.
Sé Yocasta otra vez,
renacida en tus ojos
que hoy miran por mí.


Casa

Mi casa está llena de silencio.

Al caer de la tarde
escucho allí el recuerdo
de tu voz.

Ambos poemas pertenecen al libro Contraescrituras, Cuadernos de Norte y de Sur, Tucumán – Buenos Aires, 2006

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Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida: ésos son los imprescindibles.
Bertolt Brecht

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