domingo, 4 de marzo de 2007

Agustín Elías Jijena Sánchez

El sufrimiento como inspiración

A Enrique Santos Discépolo

Hace pocos días caminaba por la Avenida Corrientes distrayéndome con los dibujos de sus veredas, y también desentendiéndome con los calzados modernos que podía observar de reojo por tener la mirada caída, aunque disfrutando que los míos, mis zapatos, sí eran tangueros.
Mi andar bohemio se detuvo estremecido por un llamado agónico que provocó como súbito presagio leer la señalización del Pasaje Enrique Santos Discépolo. Un extraño susurro me llevó a abandonar la gran avenida para arrojarme en búsqueda sorpresiva e indagar qué encontraría de él allí, en ese pasillo del laberinto de la Ciudad Porteña.
Inmediatamente recordé unas palabras del poeta que me acompañan en mi agenda con otras diversas introspecciones y decidí releerlas a manera de invocación: "Yo honradamente no he vivido las letras de todas mis canciones porque eso sería materialmente imposible, inhumano. Pero las he sentido, todas, eso sí. Me he metido en la piel de otros y las he sentido en la sangre y en la carne. Brutalmente. Dolorosamente. Dicen por ahí que soy un hipersensible y aunque la palabrita no me gusta, algo debe de haber porque vivo los problemas ajenos con una intensidad martirizante”.
En esta Ciudad de Buenos Ayres que ha cambiado muchas veces su vestido pero sigue siendo la misma mujer, como si mis ojos fueran guiados, miré a mi alrededor intentando percibir como Discepolín. Y no fue difícil encontrar al dolor ajeno, la miseria de la incertidumbre de no saber nunca qué nos sucederá, y esa mezcla de rabia y resignación que por momentos llama al heroísmo de la transformación y, otras veces, al derrumbe que nos sepulta en la decepción. Pero Enrique no sólo vivía su ciudad sino que la sufría como entraña humana de esa arquitectura enferma descripta con su genio en Cambalache. Y porque amaba a su ciudad se angustiaba con ella, y su catarsis consistía en escribirle como lo hace un amigo que dice una triste verdad exigiendo el abrazo para llorar en compañía.
Amaba a Buenos Ayres a pesar de sus pesares, y con sus letras soñó que la inmensa ciudad lo amaría también a él. Dicen que la amistad se edifica con la fidelidad, entonces, el poeta debería sentirse feliz. Porque en su pasaje puede verse que no hace falta modificar una sola canción, porque los viejos edificios y su gente ecléctica se mantienen iguales, para que siempre comprobemos que si el tiempo no transcurre en su poesía será que Enrique Santos Discépolo aún está por ahí y es un absurdo decir que se fue…



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Los ritos son al tiempo, lo que la casa es en el espacio. Porque es bueno que el tiempo que pasa no nos parezca nunca que nos desgasta y nos pierde, sino que nos perfecciona. Es bueno que el tiempo sea una construcción. Así voy yo de fiesta en fiesta, de aniversario en aniversario, de vendimia en vendimia... al igual que cuando era pequeño, iba desde el salón al jardín, del jardín a mi cuarto... y cada paso significaba algo.
Saint Exupèry

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Analía Pascaner