domingo, 22 de junio de 2014

Áurea López Quiles

Poeta de vida deshilachada

Nosotros éramos los transeúntes por el laberinto de las calles del barrio viejo. Tú, el mendigo que deshilachaba su vida en el papel; la boina, como cuenco sobre adoquines, casi vacía del lirismo de los peatones. Hambrientos de poesía, compartimos vino y pinchos contigo mientras intentamos descifrar, tirando de los hilos, el jeroglífico en tu papel dibujado. Te despediste con prisa porque te esperaban en casa. Tu hogar, frondosos castaños y tu cama, dura piedra de un banco, donde la noche desataría el enredo de tus sueños; la boina ahora resguardándolos. Nosotros te mirábamos desde el balcón de nuestro veraneo.


Versos parásitos

Cada uno de mis versos, un parásito del fracaso.
Como insectos las letras se expanden con la sangre embebida
de tantas ilusiones que sólo fueron eso,
de tantos sueños que parecían ciertos,
del desarraigo diario en el que creo estar viva. 
Fracasos que me hacen ser náufraga eterna.
Desde un cayuco envuelto en tempestades
viajo en una espiral que nunca tiene fin,
viaje por el que todavía sigo en deuda,
¡tantas veces robé entre hundidos tesoros!  
Fracasos que me cubren con barniz cristalino,
frágil, vulnerable y a la vez transparente,
una capa que pretendo no existe,
pero vosotros y yo al tacto la sentimos
helada y resistente. 
Cuando el fracaso ya no sea el nutriente de mis versos
con los que creo triunfé sobre las pérdidas
- la ilusión de victoria -
estaré derrotada para comprender en un instante
que sólo el amor me rinde.  


Polvareda de estrellas

Mientras la polvareda levantada por mis vagabundos pies sea de estrellas
y esparcir pueda en mis oídos y ojos el polvo de las que son fugaces
y así ni vea ni oiga encendidas de rencor como chispas de alfileres
esas voces que me duelen;
si puedo esparcir ese polvo en los rincones de mi casa
para que cuando la traición llegue
descubrir cómo pule el engaño hasta que reluciente
parece una verdad tan real como es la luciérnaga o la constelación;
mientras pueda recoger el polvo de las estrellas en mi cesta
y espolvorear con él todo lo que pareció deslucido amor o amigo
y mis ojos puedan vislumbrar ese brillo de arena
en la sonrisa de un viejo cuando mira a los niños;
mientras sea posible que ese polvo, harina centelleante,
se me pegue en la piel para hacerme visible,
para haceros visibles,
no tendré que acostumbrarme nunca a esta lluvia de cuchillos y látigos,
a esta merma prosaica que supone la vida,
si no llego nunca a acostumbrarme
y puedo seguir viendo un destello de luz resplandecer en los añicos de las estrellas rotas
                                                             sin deslumbrarme
                                                             es que estoy viva.


Áurea López Quiles. Alicante, España


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Te conocerás a ti mismo en cuanto empieces a descubrir en ti, defectos que los demás no te han descubierto.
Friedrich Hebbel
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