El tango y el flamenco
En una plaza de Sevilla, y
algunos afirman que fue en la de Santa Marta, se encontraron finalmente el
tango y el flamenco. Se dice que fue al anochecer en un día de limpia primavera.
La gente era poca pues acontecía algún evento político o deportivo que,
nuestros personajes, disfrutaban ignorándolo. En uno de sus árboles de tronco
fino se hallaba ella, reposada, y era una andaluza bien morena y en vestido al
rojo vivo; y sus ojos eran tan grandes como la rosa que llevaba en su cabello,
y esos ojos perfumaban aún más aquello que veían. En otro de los árboles se
hallaba él, como escondiéndose pero sabiéndose que era bien visto, un porteño
rubio de traje negro y de sombrero gris, en concordancia con la flor que
llevaba en el bolsillo del frente de su saco audaz.
Se miraban sin disimulo y sin
ocultar el sudor de sus frentes, un poco por el calor y otro tanto por el furor
de ese encuentro. Se oía una canilla repiquetear en una de las esquinas
agregándole tensión, y desde una ventana estirada zapeaba fuertemente una
guitarra protestando la indecisión de la velada. Una pareja pasó tomada del
brazo interrumpiendo la escena, y presintiendo lo que se avecinaba, aceleraron
su andar sin osar mirar a ninguno de ellos a los ojos ni hacer comentario
alguno. Porque podía sentirse que el tango agazapado estaba por tomar a su
presa, esa mujer flamenca que comenzaba a extender los brazos como si quisiera
tocar las estrellas entrelazándolos en el tronco del árbol. Mientras, el
tanguero tomándose de su árbol, se asomaba por un lado y por el otro, una y
otra vez, sin decidirse por cuál flanco y con qué velocidad, finalmente,
atacar.