Empezó haciendo poemas que podría haber escrito cualquier lector.
Inventó una ciudad, con sus calles y sus mitos, que lleva por nombre Buenos Aires.
Expuso a un grupo que, desde varios países, conspiraba en secreto para crear un nuevo mundo. Después, nuestro escritor no dejó de atacar a otro grupo, que operaba tan sólo en el país.
Como iba perdiendo la vista, temió que un día lo compararan con Homero.
Ninguno de los dos temió a la muerte.
Trajo muchas cosas de sus sueños, y del sueño de algún otro una flor.
Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río –solía sentenciar.
No sabía si era él u otro el que escribía sus propias páginas, como ya le había pasado al autor del Quijote.
La lectura de su obra es infinita, y la de cualquiera de sus partes.
Marcelo Sánchez
Buenos Aires, Argentina