miércoles, 23 de marzo de 2016

Sebastián Zampatti


Pero vos (poema I)

Han hecho pedazos el mundo:
han arruinado las cosechas,
han envenenado el agua,
han soltado enfermedades en el aire.

Han excavado, perforado, talado, consumido,
arruinado
absolutamente todo
o casi todo
poco les falta en verdad.

Allí donde encontraron una montaña dejaron un pozo.
Allí donde encontraron un pozo dejaron una fosa común.

Han tomado el mundo para ellos, se lo han quedado,
han convertido la mitad en una fábrica
inmensa y todopoderosa
han convertido la mitad en un basural
inmenso y nadapoderoso.

Se han repartido el globo según ellos
y desde una pequeña ventanita en lo más alto de esa fábrica
gobiernan el mundo
y todo lo que en él respire o se mueva.

Pero vos…


Pero vos (poema II)

Vos estás,
yo estoy,
nosotros estamos acá
todavía
sin embargo
a pesar de…

todavía estás,
nosotros
todavía estamos.

Todavía podemos cambiar el rumbo
de algunas cosas.

Han arruinado casi todo
pero vos
pero yo
pero nosotros
pero…


*  *  *

Tiene algo de sutil plegaria
el beso

de “ojalá”
de “amén”
de “no te vayas”

de “Dios quiera que te quedes
para siempre”.

Algunas personas tienen este don
de hablar y besar
al mismo tiempo

de hablar con la boca llena
de besos.


*  *  *

He tenido un poco de frío
ciertas tardes
a ciertas horas
en ciertos lugares.
Entonces necesité un abrigo
un abrazo
o algún libro.

Y los tuve.
Por un tiempo.

Porque no hay que quedarse
mucho con lo que otros también
podrían estar necesitando.

Está bien tener frío algunas veces.
El problema es cuando somos el frío.


Sebastián Zampatti
Tandil, Buenos Aires, Argentina

David Sorbille


Ella escribe con sus manos de alondras

A “A cuerpo abierto”,
de Graciela Licciardi (2006)

Ella escribe con sus manos de alondras
porque tiene la ilusión de los que ayudan
a emerger de los golpes secos de la vida
los que no disimulan el dolor de reconocer
el lado oscuro que nos cruza de angustia
pero también demuestra que se puede
regresar del territorio de la nada
para arropar a los pobres y gritar con los que sufren
denunciar la hipocresía de los que se miran el ombligo
porque a veces escribir salva
cuando se busca el significado de uno mismo
en tanto palabra que viaja en el tiempo
como una cadena atada a los recuerdos
inolvidables como la madera en la nieve


El magisterio de tu alma

A “Fuegos Ceremoniales”
de María del Mar Estrella (2007)

El magisterio de tu alma
se forjó mucho antes
de tu corazón habitado
por latidos y juglares

La substancia de tu obra
tiene su intensa matriz
en el universo múltiple
de tu hondura revelada

El sentido y la belleza
eterniza el lenguaje
de tus fuegos ceremoniales

Y no alcanza todo el tiempo
para terminar de celebrar
tu maravillosa poesía


Tus versos son como gemas

A “Dualidad del Silencio”
de Elisa Dejistani (2009)

Tus versos son como gemas que brillan intensamente:
percibo su misterio / contemplo sus dones
entiendo su dolor / vuelo con sus imágenes
me estremece el silencio que descubre
la ambigüedad de lo tangible y cotidiano
las ausencias y verdades que laten en palabras
hasta quebrar la indiferencia de los tiempos mutilados
por la injusticia y el desamparo
y resurgir en la necesidad de una razón para existir
que acaricia el alma y nos conmueve
en el recuerdo al juglar granadino
para convertirse luego en un coro de voces peregrinas
con el dulce lenguaje de tu Italia d’Amare
y el eco perdurable de tu maravilloso arte


Es verdad que el poema no se explica

A “Explicaciones y retratos”,
de Rafael Vásquez (2011)

Es verdad que el poema no se explica
pero hay libros que atesoran versos cálidos
y razonamientos que iluminan el secreto
de cualquier poema que se precie como tal
porque se abre como si fuera una flor
ante un ruiseñor que anhela su perfume
y revela con testimonios entrañables
el destino de un poeta agradecido
que refiere su pasión por lo cercano
en una amalgama de amor y amistad
que palpita al paso del tiempo
divulgando sus memorias
que lo proyectan hacia la cumbre
de los verdaderos sentimientos


Del libro Un puente de voces -Poesía- Año 2012

David Sorbille
Buenos Aires, Argentina

Eduardo Coiro


Carta encontrada en la estación

“He jurado irme y olvidar, soy el último habitante de este pueblo y ya me voy, pero quiero que quien tenga en su mano esta carta -que he escrito con verdadera desesperación- sepa algo de este final previsible. Pasaron todas las calamidades posibles. Primero fue el cierre del ferrocarril, allí se fueron las familias de los ferroviarios, un poco antes se fugó nuestro jefe de estación con rumbo desconocido. Más tarde alternaron sequías e inundaciones, hasta que algunos campos quedaron en lagunas que sólo sirven para pescar o cazar patos.
Unos años antes, -me olvido de lo fundamental- instalaron una repetidora de televisión y a partir de allí la gente empezó a encerrarse. Las mujeres a la hora de la siesta veían novelas y los hombres a la noche se reunían a ver los programas de Tinelli. Sin trabajo y con televisión la vida del pueblo fue cambiando paulatinamente, la gente seguía partiendo, en especial los jóvenes. Los viejos se morían y con ellos su saber ante la subsistencia. Al año pasado mi mujer y yo éramos los últimos habitantes del pueblo, pero ella ya no hablaba de nada, la tristeza del pueblo la llevó a encerrarse con las novelas que le iban llegando, y fueron años de novelas y soledad creciente: Antonella, Sodero de mi vida, Poliladron, La Elegida, Franco Buenaventura, Gasoleros, Luna Salvaje, Soy Gitano, Culpable de este amor…
Hace unos meses se rompió el televisor y mi mujer quedó de pronto con las pupilas muertas, tan inerte la mirada del Espantapájaros que ocupa en el andén el lugar del Jefe de Estación. Así que un día, al retornar de mi trabajo de peón en la estancia grande me encontré con una carta de Rita "Hace mucho que sueño con Juan Darthes. Hoy partiré a buscarlo en Buenos Aires. Perdoname”.

Me parece imaginar el verla irse con una pequeña valija de mano, caminando varios kilómetros hasta la ruta y de allí a dedo hasta el primer pueblo, luego no puedo imaginar más. Disculpe usted que ha venido hasta esta lejanía buscando entender el final de este pueblo y se encuentra con esta historia dolorosamente intrascendente.

Sinceramente,
Javier Ortiz.


Ceremonia 

Abrir desde el patio el postigo de la habitación que espera la visita de mi hija es volver a encontrarme otra vez con la idea de la precariedad. Las dos hojas se cierran a la tarde noche con la ayuda de una esponjita gastada que antes, mucho antes se usó para el lavado de platos y ollas. Desde hace años es el elemento que ajusta esas dos hojas de celosía contra el sencillo alfeizar de material. Es una artesanía doblar la esponja deshilachada para que con su presión mantengan su cierre las hojas del postigo. Esa tarea repetida me enfrenta cotidianamente a la cuestión de la precariedad. Me pregunto si esto no es una constante en mi vida, desde los arreglos improvisados con Poxipol a esta ceremonia de cierre ante la llegada de la noche y apertura a la luz del nuevo día.


Lo verdaderamente heroico

Le dejó a su sobrino sus cuadernos por legado. Le llegaron embalados en una caja y atados con hilo de yute. Son cuadernos comunes de hojas rayadas y espiral que vienen con su título en la tapa. El hombre elige abrir el que dice “Amor”.
Son frases sueltas. Según parece muchas eran propias, del propio saber del tío gestado en años de andar por la vida. Otras escuchadas. A veces frases subrayadas con resaltador en un recorte de diario.
Está todo prolijamente anotado con su letra cursiva grande y clara, que le elogiaban tanto en su empleo de revisor de cuentas.
El hombre va al final del cuaderno. Esa es la última frase. Tiene una aclaración:
“Me dicen en el bar que lo dijo la Rosa Montero en un reportaje. No es textual, la escribo con mi memoria no tan buena…"
Lo verdaderamente heroico es querer al otro tal cual es.
"Tal cual el otro es" -Escribe a su modo para dar énfasis a la frase.
Luego sigue una reflexión:
“Cada vez seremos más los viejos solitarios. Hasta que lleguemos a estar sentados en el geriátrico mirando un Potus. Con suerte habrá una ventana para ver el movimiento de la calle.
Y una mañana cualquiera, una viejita se siente al lado nuestro. Nos tome la mano. Y sea tarde para casi todo, menos para sonreír”


Textos tomados de Inventiva Social, publicación editada y dirigida por Eduardo Coiro, Buenos Aires, Argentina

Eduardo Coiro
Temperley, Buenos Aires, Argentina


Eduardo Dalter


La hora de los zorros

Si un zorro cebado se mete en tu
       movido gallinero,
¿qué esperás?, ¿qué se convierta
       en ciervo?,
¿en ardilla?, ¿o que se eche a
       dormir
y a roncar por largo rato?
       Como zorro,
ni lo dudes, y aunque de pronto
       livianamente
se ponga a bailar cumbia, hip
       hop
o vallenato, llegado el momento
       te abordará
por donde menos te lo esperes,
       y hará saltar
las calientes alambradas a toda
       su manada,
siempre ansiosa de un lugar y
       de alguna presa fácil.


Hay un aire tenso a la redonda

                           Carta a los poetas y amigos

Hay un aire tenso a la redonda, más firme
y enrarecido cada hora, como para morder,
mal respirar, o ser trozado por cuchillo.

A la vez, en los suburbios lejanos parece
todo más inhóspito, entre cardos, casas a
medio terminar, y un afiche con promesas.

“Y ahora qué”, algunos se preguntan, sin
más, mirando el aire (que parece temblar)
y sintiéndose en la soledad más absoluta.

Aunque todos presumen, temen, intuyen,
que el tiempo será lo que será, para ser
vivido con las defensas que se puedan.

“Ahora caímos en la cuenta”, ya se oye
en las calles, en esas y otras palabras,
como atisbo de mea culpa o confusión.

La precariedad, la liviandad, desnudaron
su existencia, también la gula, el odio,
que sobrevolaron siempre el horizonte.

La historia, cada día, comenzará a decir
sus cuitas. En el lenguaje que bien sabe.

Buenos Aires, 5 de diciembre, 2015


Un breve poema bucólico

                        a mi madre, en memoria,
                        que hablaba del tiempo


Qué tristeza, ¿no? Estuvo lloviendo
a torrentes y una parte del parral
se está secando. No es buen tiempo
para sembrar, parece, ni para mirar.
Las nubes están bajas, muy bajas, y
sólo se ve niebla, o alguien que está
triste o intenta disimularlo o habla
del tiempo o inventa un chiste. Así
es la historia de la siembra. Nadie
se engañe, nadie se ufane. Una flor,
para que aparezca, es un milagro.

Buenos Aires, 16 de febrero, 2015


Eduardo Dalter
Buenos Aires, Argentina

José Miguel Diez Zalazar


Ramblas de paseo

Solíamos pasear por las Ramblas entre las
7 y 8 de la noche.
Sentarnos en alguna terraza curtida de visitantes
sajones y franceses.
Ir al café de al lado o a la bodega de la esquina.
Pedir una jarra de vino tinto, una cubata,
para tripular una conversación afortunada
o displicente, para echarnos a reír bajo la ardiente
escenografía de esta ciudad grandiosa, gaudiana
y embustera.
Eran los síntomas, los rituales, para llegar a media
noche y conocer las puertas secretas de Barcelona.
Esta enorme morada siempre estuvo llena
de sorpresas, de personajes híbridos y misteriosos,
de muchachas indecisas y nocturnas mostrando
sus corazones infrarrojos, los labios atrevidos
y desafiantes de venganza.

Mi compañera era una mujer carismática,
provocadora e inquieta.
Sabía arrebatarme los sueños en esas locas
hostales donde no permitían al amante informal
a pesar de los cambios que la hacían
entrar en la modernidad simiótica.
Años de mucha rumba, de mucho vacilón.
Demasiada noche para entrar a la cañada de la
Paloma, el London bar, el Celeste, la Ópera,
la diversidad.
De mucha tela marinera me han poblado los años.
En los amores internacionales fui coleccionando
mi fortuna.
Fue la ciudad del horror, pero también,
de la hermosura.
Fueron mis pesadillas habitantes de un cosmos
enrevesado y confuso.
Palabras que bajaban en su torbellino abrazando
dentro de mí la ciudad en llamas, la ciudad única,
hacinando mis palabras en el fuego.

¡Oh, dioses! Que no volverán a arrojarme
a las criptas tenebrosas de la desesperación.
He sobrevivido a las tempestades y a las hordas
apocalípticas del opus dei cuando Franco detenía
su marcha para viajar hasta la última morada.
He sobrevivido a las amantes y a los latrocinios
de las amantes en las playas de Blanes
y en los sofocados territorios de Castelldefels.
Eran esas fechas de júbilo y de horas envidiables.
¡Oh, atardeceres que no volverán a repetirse!
Los tiempos de hoy son otros porque son las nuevas
peripecias de la vida, los encantos de los tiempos
tecnológicos.
Pero los tiempos de ayer sacando cuenta
y haciendo un ajuste de cuentas a la verdad,
ya lo dijo Manrique: Cualquier tiempo pasado
fue mejor.
Hoy el amor se mece entre protectores achicharrados
de epidemias, entre ráfagas artificiales del placer
informativo.
El deseo es carne chamuscada, factor de riesgo,
un matadero improvisado, un placer que se ha
acostumbrado a vivir a la deriva.


José Miguel Diez Zalazar
Chiclayo, Perú

Silvia Susana Rivera


Los tres mosqueteros

El domingo llegaba con olor a fútbol y ravioles. Los Tres Mosqueteros con el puñado de dinero iban en busca del collar de la reina. Escalerita de cabecitas negras corriendo por la calle hasta la entrada grande del cine, donde la magia sobre una tela blanca inmensa rodeada de telones rojos brotaba. Se apagaban las luces. Los insoportables anuncios de LOWE iniciaban la catarata de pataleos y silbidos. Chicles en el pelo en vez del luminoso prometido por la morocha que movía el pelo en la propaganda de Cljnic. 
Luego el silencio, los ojos asombrados. La película del vaquero de cara linda hacía voto de justicia ante el cuerpo de su mujer e hijos muertos. Iba a buscar al asesino a sueldo que había destrozado su vida sólo por bandido y envidioso. Más tarde el desierto, el sol quemante. La mujer rubia del Saloom haciéndole guiños al hombre bonito. Las trompadas entre los borrachos, celosos del amor de Sheila. Entonces los tres mosqueteros; mis hermanos y yo gritábamos como locos con los otros chicos cuando el lío aumentaba. Risas a carcajadas por el nerviosismo inspirado por la pantalla. Las caras manchadas de maní con chocolate. Por fin el pobre vaquero encontraba a su enemigo. Vestido de negro, el rostro anguloso, los ojos oscuros, bigote finito la mirada amenazadora, Las pistolas a ambos lados de la cadera retando a duelo al joven de cara hermosa, siempre rubio siempre de ojos azules con cara de bueno. El duelo era inevitable. Tensión en la sala del cine. Las manos de los dos hombres moviéndose coléricas hacia las culatas de los Colt, parados uno frente el otro en los extremos del pueblo. No queríamos que muriera el infortunado vaquero que había salido de su pueblo a buscar justicia. Pero el bien triunfa sobre el mal. El hombre de negro, tocándose el pecho gesticulando la muerte caía sobre la tierra levantando polvo. El plano se ampliaba desde arriba. Nosotros inocentes ante este triste espectáculo de venganza levantábamos los brazos festejando el final del duelo.
Las luces se encendían y corríamos hacia la calle abrazados con otros amigos. Los tres mosqueteros volvíamos a casa para despertar la siesta de un domingo cualquiera, sin saber que el collar de la reina nunca lo encontraríamos.


Humito

La nena daba saltitos, era una bailarina. Los sapos croaban haciéndole el ritmo. La pálida tarde se desvanecía en el ocaso. ¡A comer! La voz de la madre interrumpía la danza. El barrio se llenaba de luces sonidos y olores. Más tarde, el silencio. La respiración tranquila de todos era un viento cálido que rodaba por la calle. Hasta que un día, desnudo, flaco, con los pelos parados de mugre y los ojos perdidos en llamas, apareció el que se decía ser Dios. Era un pobre dios asustado, los diablos metidos en su mente revolcándose en el pantano arcilloso de la locura. Los niños cuando lo veían se escondían muertos de miedo, ellos sí pensaban que era Dios, el que todo lo ve, todo lo oye, el que todo lo puede. Las tardes después de la escuela pasaron a ser horas sin brillo, solitarias. Mucho tuvieron que hacer las familias para que no le temieran. Era un pobre hombre con la mente extraviada. Lo bautizaron Humito y de a poco pasó a formar parte del barrio. Sin embargo, la nena que bailaba de puntitas, hoy una mujer, cuando pasa por el refugio del pobre hombre, sigue teniéndole miedo, no vaya ser que realmente fuera Dios.


Silvia Susana Rivera
Bahía Blanca, Buenos Aires, Argentina

Daniel Abelenda Bonnet


Un verano con Viviana (Pinamar, 1988)

A  V.C.

Todo en nosotros
Fue fugaz milagro
Un choque de planetas
Bajo un cielo de estío
Contando estrellas cómplices

Y el mar borrando
Huellas en la arena
Aquel exceso de luz
Fue un anticipo de
Nuestra invencible
Inmortalidad de 20 años.


Brasilia (a Roberto Bianchi)

Tienes que partir
Hacia lo que no es
Para que sea
Tienes que soñar
Lo que no existe
Para que exista
Como gritar en el desierto
O levantar una ciudad
En medio de la nada.

(Lo imposible sólo lleva un poco más de tiempo).


Poema de otoño

“Engañando al infierno / con la obviedad humana.” W.H. Auden

Bajo un tibio sol camino
Lentamente ya sin prisa
No voy a ningún sitio y
Esta plaza es mi horizonte

Hoy me basta con respirar
El aire de un tarde de Abril
El pasado se ha esfumado
-lo que no fue ya no será-

Crujen las hojas amarillentas
¡vaya si es extraño vivir así!
Engañando a la muerte
Con pequeños pasos de hombre
Huyendo siempre hacia adelante.


Domingo bajo el parral

Tarde, tedio, tregua…
Todo ha terminado y
Todo habrá de comenzar
- Sísifos modernos tras la quimera del éxito-.
Será lunes otra vez
Beber otro café
La misma camisa
Los mismos pantalones
Y seguir laburando
Para esquivar apenas
La puñalada de
Otro domingo taimado.


21 / Autonomía de vuelo

Piloteando con coraje (sin G.P.S.)
El poeta vuela encima de las nubes
Sueña y teme, hombre también él,
Que puedan fallar los motores
El poeta va, humano como ellos,
Los que han quedado en tierra
Atrapados en shoppings, aeropuertos
-pasajeros siempre en tránsito-
Comprando una felicidad plástica
En 48 cómodas cuotas mensuales.


Daniel Abelenda Bonnet
Carmelo, Uruguay


Etherline Mikëska


Siembra

Abro la tierra con mis manos
Y siento la humedad blanda y tierna
Oscura y eterna, recogiendo
A todos los seres y sus secretos.
Abro la tierra con mis ojos
Y florece entre mis dedos el espacio,
El tiempo en que lanza
Su lluvia entre los cerezos
Adormecidos de belleza.
Y desanda mi cerebro los momentos
Que entre los manzanos contaba sus flores y sus pájaros.
Abro la tierra con mis huesos
Desnudos de nostalgia
Y vuelvo a forjar el futuro
Enhebrado entre pétalos rosados
Y aromas que perduran para siempre
En el rumor de las acequias
Llevando el agua
Entre las raíces de los álamos.
Abro la tierra con mi cuerpo
Mientras las hojas amarillas
Se entregan a su tiempo.


Fabulaciones

El mundo sigue con sus alas rotas,
Me constela en sus barrotes.
Aprisiona sus raíces
En mi universo.
Y la fragilidad despierta,
Atesora y brinca
Entre mis vuelos.

El mundo sigue con sus alas rotas;
La lengua vivaz del tiempo
Me interpela con su ronquido
Y entre mis dedos, se escapa.


El lugar

La noche me mira
Por sus cortinas rojas;
Se ha desvelado con sus luces desiertas.

Lejos el campo,
Exhala e inhala sus oxidaciones.

Me transporta por esa calle de tierra,
allá al final,
atrás

Después del asfalto.


                                     Poemas de Urbana, último libro de la autora

Etherline Mikëska
Neuquén, Argentina


Sanndy Luna Morales


Su Respuesta

Caminaba a paso lento por la calle sin rumbo alguno, con su mente en blanco con su vista fija al suelo. Cuando sus sentidos regresaron a la realidad, se vio rodeada de una tenue oscuridad, la noche comenzaba a caer y caminaba a través de dos altos edificios en una calle angosta. Vio sin mucho importarle que estuviera en una zona de la ciudad que no conocía. Buscaba frustrada el porqué de su existencia. Vio sus manos temblorosas, húmedas, frías y las estrujó en un fuerte puño –No más- susurró para sí misma. Siempre había sentido que no pertenecía a ningún lugar -¿A dónde pertenezco?- Se preguntaba con tristeza.
La noche caía mientras las sombras comenzaban a moverse a su alrededor. Ella vestía botas de cuero marrón, falda azul y una camiseta negra. Su pelo castaño despeinado le llegaba un poco más abajo de los hombros. Los tacones de sus botas dejaban un rastro de eco con cada paso, llamando a todo lo que estuviera oculto en la profundidad de la noche. Sus manos no dejaban de temblar cuando unas pisadas acompañaron a las de ella.
La luna brillaba en lo alto del cielo, iluminando aquel oscuro callejón, ella se detuvo pero los otros pasos continuaron acercándose. A lo lejos frente a ella había dos hombres viéndola fijamente. Sus manos comenzaron a temblar más que antes, su corazón comenzaba a agitarse. Dio un paso atrás para regresar pero dos fuertes manos la tomaron de los hombros –Una gatita perdida- dijo una voz profunda y gutural –Por favor no- suplicó ella mientras una lágrima rodaba por su mejilla. Los hombres que había visto a lo lejos ahora estaban frente a ella. Uno rozaba su pierna derecha mientras que el otro que la sostenía besaba su cuello. Lo peor estaba por pasar.
Gritos desgarradores irrumpían en los solitarios callejones de los alrededores. El sonido de huesos quebrándose advertían a cualquiera que era peligroso acercarse. No importaba cuantas veces se pidiera auxilio, nadie llegaría por el temor de no sufrir el mismo destino. Los gritos se apagaban, el silencio se apoderaba nuevamente de la noche, la luna seguía brillando y nuevamente los pasos comenzaron a hacer eco en las paredes del callejón.
Una sonrisa se marcaba en su rostro, una nueva sensación agitaba su corazón. Quitó una gota de sangre de sus botas y siguió caminando hasta perderse en la oscuridad, un aullido se elevaba hasta el cielo. Ella había encontrado su lugar, había encontrado su respuesta. Ahora sabía que pertenecía a la noche.


Sanndy Luna Morales
El Salvador

Ruth Ana López Calderón


La hoguera

Oscuridad prolongada y el aire trenzado de frío
entumecen el rostro la madrugada con ojos perdidos
sin ayer, y su ceniza
sin mañana, ni su sombra
con el hoy como estallido en las venas
como sangre acelerada quemando la garganta
los pensamientos vuelan libélulas sacras
oscuridades prolongan
escasas horas blancas iluminan
¡sí!, ¡sí!, así es esta época entibiada al calor
de la hoguera donde las pasiones queman
y liberan su fragancia
  
y acurrucada el alma en su viejo sillón
tejiendo sueños de novia enamorada
los ovillos desata en matices isleños
y enreda estremecimientos colgados
en trémulos palillos de rústica madera
el tejido avanza
impregnado en cenizas avivadas por el viento
y todo arde como fogata.


Lazos

La palidez detrás de los barrotes
Habla
De temores e incertidumbre,
De cansancio velado en la mirada.

Y confunde…¡cuánto confunde!
La certeza de lo correcto
Pulverizada, fusionada en la espesa bruma
Que opaca el alma.

Pequeños atisbos de mi mundo en tu mundo
Inexplicable
Ese imperceptible lazo que aún nos une
En el leve roce de nuestros tiempos.

Días que se pintan de colores
Muy pocos
Días que se pierden en el negro más intenso
De las desazones

Mis ojos tallan.


Poemas anteriores pertenecen al libro de la autora: Desde las profundidades. Editorial BLACK DIAMOND EDITIONS, 2013


Detrás de la máscara

Aquí estoy con la máscara cubriendo el rostro
para no espantarte, para que no salgas corriendo

¡cuán débiles son las carnes desgarradas,
como seda atrapada en espinos blancos!
Y sus hilos trémulos,
y la humedad de los ojos, buscan con ansias tu imagen,
y me aferro para no caer en el vacío, en el lóbrego agujero
que succiona mi esqueleto

y siento frío
y desespero
y la soledad corroe los pensamientos,
y la tristeza, ¡Sí!, la tristeza adherida al aliento
empaña el espejo donde veo al espectro

las pesadillas asoman, el temblor acaricia los dedos

el viento viene a jugar
con el fantasma de los cabellos, jirones del alma
vuelan esquizofrénicos, vuelan y se retuercen: culebras
intoxicadas con su propio veneno

¿dónde están los cabos sueltos?

agitado el pecho convulsiona
y lágrimas bañan el rostro
inundan los ojos que te buscan en el firmamento ficticio

una voz sofocada grita desde el interior
y las manos aladas tapan la boca
- es la conciencia que emerge de su grieta-
y exasperada clama:

¿sabes lo que es ser mujer y no poder serlo?

y la lucha infernal comienza
y la lucha terrenal no acaba

no reconozco lo que muestra el espejo
esos ojos hundidos, mustio el semblante,
la palidez de la muerte
y su alarido
y de pronto el corazón salta, en el cuerpo de otro,
y te leo de nuevo, te siento cercano,
eres el único que despavorido no huye,
el único que conoce la locura palmo a palmo

la luz apagada de los ojos te mira
y del corazón brotan pétalos negros
como la noche cubre con su manto la vida

la sombra luminosa del abrazo sale a tu encuentro
y quedo ahí fundida con el eco silencioso de tus palabras
con el arrullo mudo de un no sé qué
que espero.

Último poema pertenece al libro Sin óbolos para Caronte. Editorial El País, 2014


Ruth Ana López Calderón
Sucre, Bolivia

Ricardo Ponce Castillo

         
              Tríptico Cansancio – Noviembre 2015

Querido amigo

Sí, lo sé,
muchas veces me burlé de ti,
pero estaba clarito,
el tiempo se acercaba raudo
para aferrarnos el uno al otro
y caminar felices
marcando los últimos pasos,
también terminaré
escribiendo mis últimos versos
en la arena.

Ven, bailemos,
mis piernas ya se están negando a sostenerme,
por lo tanto, tú para mí
ya no eres motivo de burla,
si no, mi fortaleza.

Antiguamente en ti se escribía
la historia, hoy ya no interesa,
el hombre viejo vive en nuestro
tiempo abandonado,
encerrado en la casa,
en un asilo, en hospitales.

Querido amigo bastón,
ven, ayúdame a caminar.


Cansancio

No,
no es por la vejez,
No, sólo es cansancio,
muchos sueños quedaron postergados
en el camino de la vida,
debe ser tal vez
porque ciego caminé
en su loco deambular
ayudando a otros
y olvidé de ayudar a los míos,
de trabajar hasta enfermarme
cuidando a otros
y me olvidé de cuidar a los míos.

Siempre decía:
mi recompensa será divina
porque de los hombres
nada debo esperar;
así que, sentado en el pórtico
de mi cansancio,
escribo escarbando recuerdos,
recibiendo sonrisas
y entregando cariño y amor.

Sí, lo sé muy bien:
los agradecimientos
le pertenecen a Dios.


La defensa

Así está nuestro tiempo,
tal como fue profetizado,
los gobernantes y empresarios,
a pesar de ricos
son los que más evaden impuestos, o sea,
los que menos pagan
y nadan felices en una felicidad
que les dura sólo hasta salir
de las puertas de sus casas.

La justicia en el gobierno
vale sólo hasta que el Dios
Dinero acaricia su bolsillo,
después nada,

Que cada uno se las arregle como pueda,
ellos están ocupados
en proteger hijos, familia,
lo que le pase a la gente
que los eligió para su defensa
pasa a un segundo plano.

No importa,
sigan disfrutando,
ya les tocará pagar la cuenta.


La esclavitud

Al final de cuentas
terminamos como empezamos,
la esclavitud sigue riéndose
de los que ansiosos esperan
la justicia que muchos
utilizaron para defender
al agobiado pueblo,
pero como el pueblo nunca
lo entendió, todos murieron
siguiendo sus ideales.

Hoy, mientras más se trabaja
menos le pagan,
jefes, padres de familias,
con su arrogancia
y despotismo demencial
se acuerdan de descuentos
que jamás existieron.

Los esclavos,
no tienen donde recurrir
para exigir su derecho;
los que ganan millones
sin hacer nada se ríen
y sentados esperan
que las deudas los agobien
y los vuelvan de nuevo
al trabajo.


Ricardo Ponce Castillo
Coquimbo, Chile

David Lechuga Fernández


El día que no fuimos nada


No sabíamos explicarlo, pero muchos preferíamos indagar en la mitad de todas las cosas. Andábamos en problemas mayores propios de una edad menor y no malgastábamos el tiempo en decidir si queríamos ser abogados, biólogos marinos, ministros, ingenieros de telecomunicaciones o dentistas. Mientras progenitores y educadores parecían juzgar como un lujo burgués nuestra indiferencia en trance tan fundamental, nosotros les ignorábamos con educación y sufríamos el acoso constante de todo tipo de espejos. Nos devolvían magnificados pequeños cráteres, que brotaban cada pocos milímetros de una faz todavía difusa, pintada a mano alzada y con prisas. Un retrato robot de rasgos que solo se apuntaban. La incógnita perfecta con la que guarecernos de un futuro que aún parecía una amenaza lejana, casi irreal. Lo único indiscutible era que odiaba las matemáticas. En justa venganza, elegí letras mixtas. Asignaturas obligatorias: literatura, latín y matemáticas.


David Lechuga Fernández
Nació en Jaén. Reside en Madrid, España