martes, 4 de noviembre de 2014

Julio Bepré

El otro

Sí, seguramente es cierto aquello de que me afano demasiado en observar hechos y personas; tienen sobrada razón los que sostienen esta personal circunstancia. No sé por qué pero siempre abrigué la no común creencia de que estoy dentro y a la vez fuera de la vida, y esto nada tiene que ver con ninguna minusvalía de mi espíritu. Tampoco deseo acoger ni aproximarme a las parlerías psicoanalíticas que puedan originarse.

Lo real es que suelo acomodarme diariamente en un bar cercano a mi departamento, porque allí encuentro rostros conocidos, y esto no es nada fácil en una ciudad tan heterogénea como Buenos Aires, donde las relaciones son a menudo arduas o incompletas. Acostumbro a ubicarme bien pegado a la vidriera, y a través de ella veo transcurrir la vida, y trato de despejar la incógnita encerrada en cada uno de los que pasan en forma urgida, pausada o vacilante. Escribo, leo y le hago chanzas a mi buen amigo Jorge, tantas como él me las hace a mí; nos intercambiamos los diarios del día y hacemos variados comentarios. Hablar así es una forma sencilla de recrearse, y es así cómo pasan los días, cómo se va este tiempo azaroso en el que no nos complacemos por todo cuanto tenemos y nos lamentamos por todo lo que nos falta.

Es provechoso e interesante imaginar la realidad que se esconde en cuantos pasan; puedo advertir muchos rostros con gestos y formas de caminar diferentes, al punto que es dable expresar que así como cada uno tiene una firma distinta, algo igual sucede con cada paso que uno hace. Es una verdadera impronta que diferencia a las personas.

Esta mañana Jorge comentó que me había visto cruzar por la calle Pasteur, llamándome dos veces sin que yo me detuviera, por lo que pensó que al no responder le hacía una de mis habituales bromas. Afirmé con énfasis que no era yo, pues no salí en todo el día de mi casa intentando poner al día mi trabajo atrasado; le dije además que existen parecidos asombrosos entre personas que nada tienen que ver entre ellas. Jorge aceptó mi explicación, pero en su interior me pareció que siguió convencido de que era yo y no otro a quien vio cruzar la calle.

Hoy me acomodé en el bar como siempre, saboreé un café y deploré la ausencia de mi amigo, quien había viajado; luego escribí algunas notas e inicié mi diario acecho. ¡Tanta gente que va y viene con sus alegrías y sinsabores, con sus logros y fracasos! De pronto apareció al vuelo un individuo parecido a mí; salí prontamente a la calle para mirarlo mejor, pues se alejaba con rapidez. En un momento dado se detuvo ante la vidriera de un comercio, acorté la distancia y pude al fin divisarlo convenientemente. ¡Era un hombre hasta en la vestimenta igual a mi persona! Me dirigí hacia él para hablarle, advertí que dudó un segundo mirando a uno y otro lado, y cuando giró súbitamente para retomar su marcha, con pavor me di cuenta de que era yo mismo. Anonadado corrí y corrí pero no pude alcanzarme.
  

Julio Bepré. Poeta de Córdoba. Reside en Buenos Aires, Argentina


2 comentarios:

  1. Pero qué original y bien narrado, Julio, me encantó.
    Un saludo
    Betty

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  2. Muchas gracias por tu lectura, mi querida Betty.
    Cariños, que estés muy bien
    Analía

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Analía Pascaner