martes, 4 de noviembre de 2014

Ada Inés Lerner

El escritor Cyborg

Soy escritor y ya no encontraba palabras que no estuvieran usadas en la literatura universal de modo que me hice instalar un oído artificial en la cabeza para poder escuchar los sonidos que me rodean, como lo hacen los insectos o los animales. Los sonidos que más me impactaron fueron los de un gato macho y una hembra que flirteaban en mi balcón. ¡Qué dulces poemas de amor! Una parte de mi cuerpo vibró con una extensión de mis sentidos. Mis libros fueron un éxito pero no voy a revelar mis secretos.


Edgar y el cuervo

Edgard me invitó a tomar una copa en su departamento y me sentí “la elegida del dios Odín”. Se comportó como caballero, manteniendo una conversación sobre mitologías y otras culturas. Tenía dos cuervos disecados, llamados Hugin y Munin - dijo - y otros cuadros de diferentes especies del pajarraco.
-Los cuervos se consideraron como pájaros de mal agüero - dije deliberadamente - debido al simbolismo negativo de su plumaje negro. A veces los cuervos representan a los fantasmas de las personas asesinadas o representan las almas de los condenados.
-Ay! Leonor - dijo dulcemente - yo estoy condenado a amarla como si usted fuera un poema. - y se acercó a mí.
-“Nunca más” - chilló un cuervo posado sobre un busto de Palas y me sobresalté tanto que Edgard aprovechó para abrazarme.
Lo que pasó después no me acuerdo, tendrían que preguntarle al cuervo o a Edgard. 


El Mutante y la Esfinge

Chantun nos acompañaba en los vuelos y para nosotros era un ser viviente de HR8799, había sufrido una mutación que no lo invalidaba para ser un buen tripulante. Varias veces descendimos en el Planeta Tierra en diferentes zonas y la última vez cerca de Atenas.
Fue en este viaje que Chantun vio a la Esfinge. Vista por nuestros ojos era un monstruo con rostro y busto de mujer, cola de dragón y alas de pájaro. Pero para nuestro mutante que tenía otros valores estéticos: la Esfinge era su objeto de amor. Le dijimos que se fijara en el rostro demasiado pálido, en la boca que emitía canciones venenosas. Para él eran bellos sus ojos como brasas encendidas. Ni siquiera las alas siempre manchadas de sangre pudieron disuadirlo. El demonio de la destrucción subyugó a Chantun y a partir de ahí dejó la nave deleitado por su canto. 



Ada Inés Lerner. Ituzaingó, Buenos Aires, Argentina


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Analía Pascaner