martes, 26 de agosto de 2014

Luis Alberto Taborda

El hombre más culto de América

Dicen que al llegar Colón a América y comenzar sus correrías, con la extraviada comparsa que había podido reunir en el viejo Mundo para que lo acompañe en su aventura, sus hombres dieron enseguida con un natural que se destacaba muy por encima de todos los otros. Se trataba de un aborigen de buena talla y complexión, curioso, hablador y expresivo. Al poco tiempo ya pronunciaba y entendía bien el castellano, además de varias de las lenguas autóctonas. Había aprendido el catecismo con entera facilidad y estaba grandemente dotado y dispuesto para la conversación o la prédica de asuntos diversos. Asimismo, era excelente cazador y gran músico. Fue entonces presentado ante Colón, bajo el mote del “el hombre más culto de América”. El Grande Almirante lo recibió, lo vio, lo escuchó, lo felicitó por tanto empeño, le regaló unas cuantas cuentas de vidrio y un jubón usado. Y lo despidió con gran ceremonia. Pero luego llamó a uno de sus lugartenientes y le dijo por lo bajo: “Hacedme el favor de quitar de en medio de inmediato a este bribón, no vaya que se crea más que nosotros y nos salga con un viernes 13 en el momento menos pensado”. Y así fue como el hombre más culto de América aquella misma recibió el garrote vil. Moraleja: demasiada cultura puede poner en riesgo tu cabeza.


Una propuesta decente

“Querida mía, es mi deseo que permanezcas casta y virgen hasta el día soñado en que ambos podamos, al pie del altar, cumplimentar el sagrado juramento del matrimonio. Por ello, para esta noche y las subsiguientes, te acerco mi propuesta decente: invitarte a compartir un helado en la heladería de la plaza, luego me gustaría que tomados de la mano recorramos el paseo principal, saludando amablemente a los vecinos, y para rematar la velada, nos sentemos en la vereda de tu casa a tomar fresco, en compañía de tus padres y primitos. ¿Qué te parece?”. El carterazo que sobrevino fue alevoso. La muchacha, enardecida, con los ojos estrábicos de furia, murmurando palabras soeces, se alejó de mí para siempre. Yo no entiendo todavía bien por qué. Quizá la ofendí en algo. Quizá mi propuesta fue para ella un tanto audaz e innovadora. Quizá la escandalicé sin habérmelo propuesto. Creo que a futuro tendré que serenar mi ánimo, moderar mis apetitos y conducirme con mayor corrección frente a una dama…


El oficial Preciso

El oficial Preciso era el más preciso de los oficiales. Justamente, para honrar aquello de la precisión había elegido el arma adecuada: artillería. Con cuánta precisión Preciso dirigía la trayectoria de sus proyectiles de modo que dieran siempre de lleno en el blanco, sin fallar nunca. Munido de curvas de nivel, de tablas de trigonometría, de compases, brújulas, marcadores y pizarra, se había erigido como un conductor notable y era capaz de conducir, solita su alma, a toda una batería de cuatro o cinco cañones. Tanta precisión llamó la atención del Alto Mando, de modo que se apresuraron en proponer a Preciso para ser enviado al frente de batalla en la guerra que se avecinaba. Allí fue nuestro buen oficial y montó su tienda camuflada y alistó sus instrumentos y, llegado el momento, comenzó a hacer los cálculos necesarios para que cada disparo fuera, a más de mortal y efectivo, una verdadera obra de arte balístico. Y en eso estaba, concentrado y minucioso, enfrascado en lo suyo, listo para el triunfo, cuando un proyectil de ensayo que bastante a la bartola habían disparado casi sin querer los enemigos dio de lleno en el puesto de Preciso y lo borró de la vida y de este planeta para siempre.


Zenón

El otro extrajo un arma y me amenazó.
-¡Dame toda la plata!
Ofuscado, me negué. Entonces el otro levantó el arma, apuntó e hizo fuego. Horrorizado me di por muerto. Pero sucedió que el proyectil, una vez en el aire, orientado directamente hacia mi corazón, comenzó a atravesar infinitas capas de trayectoria, como si le costara avanzar. Debía cubrir tantos tramos previos sucesivos que, en definitiva, su recorrido se volvió lento, lentísimo, casi nulo. Respiré aliviado. Entonces desperté. Se trataba sólo de una mala pesadilla. Me dije a mí mismo, como si fuera un mantra, para confirmar que estaba despierto: “Me llamo Zenón Rodríguez. Estudio Filosofía. Vivo a dos cuadras de La Alameda”.


Fábula del hornerito y la víbora

Una gélida noche de invierno, un hornero asomó de su casa y vio una víbora venenosa que, a duras penas, trataba de encontrar un refugio debajo de una piedra para pasar allí la noche. Intercambiando una mirada de entendimiento con su hembra, le dijo al reptil:
-Hermana víbora. Si quieres, te invito a descansar esta noche en mi casita.
A lo que la serpiente accedió más que gustosa.
Entonces el hornerito voló en un suave planeo y con el pico levantó a la serpiente y la trasladó hacia el interior de barro, que compartía con su hembra y su cría.
Una vez allí, y antes de que las cosas se terminaran de aclarar en la cabeza de la víbora, que estaba medio atontada por el frío, el hornero la picó varas veces en la cabeza y en los ojos hasta quitarle la vida.
-Listo. Ya tenemos alimento para el polluelo -comentó complacido a su compañera.
Moraleja: No seas tan ingenuo como para suponer que las fábulas tengan siempre el mismo sentido convencional y edificante.


Los guitarristas de Gardel

Dicen los memoriosos que Gardel tenía dos guitarristas. Uno muy virtuoso, pero incumplido, rebeldón, oblicuo, borrachín y un tanto pedante. El otro, menos inspirado, aunque obediente, disciplinado, puntual y comedido. Eran diferentes, distintos, pero eran, en definitiva, los guitarristas de Carlitos. Llegada la ocasión de una gran gira que incluía entre sus destinos a la ciudad de Medellín en Colombia, Gardel decidió premiar con el viaje al guitarrista prudente, así que no habiendo posibilidad de llevar a los dos, lo invitó sólo a él para que lo acompañe. El otro se quedó al pie del avión, mascullando su resentimiento. Los libros de historia nos dicen lo que pasó a continuación. El incumplido, después de la tragedia, pasado el enojo, vio en lo ocurrido una señal del cielo, así que decidió comenzar a presentarse en todo tipo de escenarios con el título de “El guitarrista de Gardel”. Y a fe que no mentía, para nada mentía. Y le fue excelentemente bien durante muchísimo tiempo, hasta que se retiró para disfrutar ya grande de su tranquila jubilación.


Cuentos del libro El oficial preciso y otros relatos breves. Ediciones artesanales Capacñán. Chumbicha, Catamarca, julio 2014.
El oficial preciso y otros dieciocho relatos breves, entre los que se incluyen entretenidas aventuras del bien y del mal, ocurrentes fábulas y un par de casos del Inspector Somocurcio y su ayudante Juárez.


Luis Alberto Taborda. Tinogasta, Catamarca, Argentina


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Quien volviendo a hacer el camino viejo aprende el nuevo, puede considerarse un maestro.
Confucio
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2 comentarios:

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Analía Pascaner