sábado, 23 de marzo de 2013

Roberto Romeo Di Vita


-Buenos Aires, Argentina-

Equilibristas 

Eran dos equilibristas en finales de un enero húmedo y pegajoso. Eran dos muñecos semidesnudos, bronceados, flacos y de articulaciones elásticas. Manejaban sus herramientas suspendidos en las alturas.
La mayoría de las personas que transitaban la peatonal donde se encontraba el edificio en demolición no podían pasar sin mirar el cuadro que se les presentaba.
El ruido que producía la máquina compresora era casi infernal, ellos cual duendes traviesos y exhibicionistas jugaban peligrosamente con sus herramientas.
-No importa que sean paraguayos, chamigo, igual tienen que venir a las reuniones, no pueden seguir trabajando a destajo, sin obra social ni beneficios.
-Mirá, cumpá, en Paraguay no tenemos trabajo y con esto nos sobra para mandar dinero a la patrona, esperá un poco que levantemos cabeza y vamos.- Le respondió uno de los dos equilibristas la vez que fueron azuzados por el Negro Lorenzo.
El Negro Lorenzo, corrido por los capataces, querido por los suyos, hombre flaquito casi insignificante como ellos, azulejista de obras, sin paradero fijo; el primero en organizar ollas populares.
Fue cuando el otro se lo sacó de encima casi sin responderle y con una sonrisa cínica le dijo: “Vayan ustedes a esas reuniones, yo no soy de acá y no me interesan.”
Lorenzo masticó bronca ese día y se alejó sin responder.
-¡Muy bien paraguayo! ¡Que ese boludo se vaya a joder a otra parte!- lo felicitó el gordo encargado de la demolición y que apareció allí de improviso.
-Patroón, dele más compresión a la máquina que este fierro tiembla y mucho y casi se me va el pie- le gritó uno de los dos con algo de bronca disimulada.
-Bueno, muchachos, métanle fierro, que si a la noche volteamos todo el frente hay un premio extra y cerveza helada.
-¿Y algunas guainas, chamigo?
-Eso lo conseguís vos solito, naranja; platita vas a tener y de la buena cuando terminemos toda la demolición.
-¡¡¡Piujuuu…!!!- retumbó el grito desde las alturas, al compás del repiqueteo atronador de la punta de hierro penetrando la losa. Grito que por un momento casi aventajó a los estruendos del material al caer, a los ladrillos rotos y al polvo del revoque seco.
-¡¡¡Piujuuu!!!- se dispersó alegre y salvaje una vez más por los aires y, ahora sí, los transeúntes miraban con desprecio al paraguayito colgado de las alturas.
-¡Qué reuniones y que mierda, cumpá. Yo solo quiero platita y trabajo! ¡Platita y trabajo, cumpá!
El cumpá no alcanzó a responderle esa vez, un poco abstraído por su propia máquina, un poco porque lo sorprendió la maniobra que estaba realizando su compatriota y que no era habitual. Éste estaba colgado, no del paredón, sino de la malla metálica del encofrado, con un pie en un hierro y el otro en el siguiente peldaño; el martillo automático, de unos treinta kilos de peso, se disponía casi por encima de su cabeza apuntando hacia arriba, con muy poco punto de apoyo, hiriendo al sol, a casi diez metros del suelo.
…A diez metros del suelo, un cuerpo fibroso, de venas color ceniza, un cuerpo tostado, un cuerpo en tensión varias horas al día, un cuerpo de piernas largas que dejan entrever dos testículos sudorosos por falta de calzoncillos y que son vistos con asco no disimulado por las niñas que pasean por la peatonal. Dos manos nerviosas sujetadas rítmicamente al potente martillo automático demoledor, dos pies aferrados cada uno en un hierro dispar, dos pies que quieren ser firmes, ahora no tan firmes, luego del tropiezo, a diez metros de altura.
Diez metros fatales que no aguantaron una caída casi con desprecio por su propio traspié.
A los pocos instantes una multitud de curiosos comentaba el accidente de trabajo sobre la peatonal.
-¡Para hacer ese trabajo hay que estar loco o ser equilibrista, viejo!- comentó alguien y señaló con la mirada la cornisa en demolición.


Cuento inédito. Primer Premio Concurso Secretaría de Cultura CGT, Junín, Buenos Aires

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Me gusta más la verdad cuando soy yo quien la descubre que cuando es otro quien me la muestra.
Vincent Voiture

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Rodolfo García L.


-Colombia-

Aviso en Nueva Orleáns

La casa del blues
late bajo el agua:
pentagrama ciudad
para caimanes virtuosos
y habladores de alma.

Los noticiarios sacian su lente
en la turbia ciénaga
de los desposeídos
y las vacantes a almirante
de contrabajo mayor
deberán esperar.
Nadie ha recogido
las ropas húmedas
de aquella trompeta
del bueno de Louis.
Esos peces confundidos
transitan Nueva Orleans,
prueban su nuevo plancton:
acetatos cultivados
de violines trasnochados,
pianos en fuga
y gargantas de arena.

En el camerino de Norah Jones
se hallaron las encíclicas
cantadas del huracán,
el tibio cuerpo
de una soledad a medio vestir
y un hermoso contrabando:
dos alas de ángeles
para las galas del sábado.


Si pudiera

No quedan más que poemas cerrados
con las aldabas lastimadas,
las botas secas y las ropas en el morral,
el mapa en papel y sin ruta;
no quedaría más que retirar los sentimientos
a todos los fonemas que fueron salvas
y quitarles el sentido a todos mis muertos.

La risa tal vez no regrese,
como miliciano herido,
fueron muchas guerras de la palabra;
la felicidad tal vez no regrese
son muchos los campos
que se quedaron sin sentidos.

Como excesivo delirante
borré todos los dones
y didascalias de las escenas,
como mago de la semiosis
muchas tablas pálidas
en que destacé interpretantes.

Si pudiera recuperar el sonido
si pudiera esta pequeña felicidad,
diría tu nombre a grito entero
sería mi panfleto y la revolución;
solo si pudiera, le escribiría el sonido
a una luna de piernas largas.

Si pudiera, no sería poeta solo poema,
lo primero es muy violento.
Las sublimaciones no son tan posibles,
cuando la libertad es la mayor prisión.
Si pudiera explicar el perfume de la vida,
diría tu nombre de cortas sílabas
con marca y publicidad suficientes
en un temblor de ojos.

Si pudiera dibujaría mi retirada
en un contrapicado en grises
como tapa para un último libro
y que vos cierres la lente de la cámara.
Solo estamos vivos cuando somos mirados.
Solo estamos,
si pudiéramos conocer nuestros territorios en un abrazo.
Si pudiera, no escribiría esto.
 

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Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos.
Viktor Frankl

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Jaime Villanueva Donoso


-Viña del Mar, Chile -

No sé si contarte o no

En realidad sí.

Puedo escribir una carta a media noche,
pero para qué complicarme
con devaneos de esa índole,
sería más fácil hacer
lo que se hace en estos casos,
salir a la calle al día siguiente
e ir personalmente a decir
lo que hay que decir.

Lo más difícil de decirte todo
Es que tal vez no sea necesario decirte todo.

Hace un par de horas
han sido cerradas todas las puertas de todas posibilidades
de cruzar hasta acá,
tu silencio será bienvenido
una vez dichas estas cosas…


En comparación

El libro que le presté ya se lo regalé.
Eso es armonía perfecta
en comparación a
que un día o
una noche
El enemigo entra por la ventana de mi casa
rastrojea unos cuantos escenarios
da vuelta todo, rompe cosas
y se lleva
El Libro, única y exclusivamente El Libro
y yo me quedo sin nada
sin libro, sin ti y sin haberte
regalado el libro que te presté
y que no leíste.
Es preferible que en tus manos
quede
y que en tu cajón se aburra,
de sueño
a la espera del día
en que te encuentres con él
lo abras y al leer veas en la primera página
tu nombre,
el nombre de una ciudad verde,
el dibujo de una virtud,
el autógrafo de escritor de aquella novela de ficción
llamada diccionario
y el relato
de tu escena principal,
mi enemiga principal.


Mercado fatal

Fuera de alcance,
Nada que hacer por hoy
Nada que comprar
Todo fuera del alcance
No se puede comprar nada, nada
Muchos nos quedamos estáticos casi
observando el mercado.

Hoy han cerrado el mercado
porque en su interior se ha cometido un crimen
y nadie puede entrar.
Colapso.

Un niño muerto por un cajón de manzanas en la cabeza

Hoy han cerrado el mercado
Nada que hacer por hoy
Nada que comprar
Todo fuera del alcance
no se puede comprar nada, nada
desenlace Fatal
en el mercado.

Del Poemario Los Silencios Bien Guardados

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Porque la tortuga tiene los pies seguros, ¿es ésta una razón para cortar las alas al águila?
Edgar Allan Poe

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Sebastián Zampatti


-Tandil, Buenos Aires, Argentina-


Uno aprende un día que es posible sentir algo así como desprecio por todas las cosas que lo rodean, simplemente, porque no te conocen.
Las ventanas, los muebles, las esquinas del barrio, nunca te han visto y no saben de vos ni te piensan.
La única solución es invitarte, un día, una tarde, a que te conozcan. A que pases por la calle, quizás hasta invitarte a que entres, que adquieras la bella costumbre de rodearte por todas esas cosas y te conozcan.
Sé que suena bobo, a una excusa tonta para decirte que vengas a verme, pero es la única forma que tengo de poder sobrevivir a la rutina sin que me consuma el odio de sentir tu ausencia en todas las cosas.

*  *  *

El hombre encendió la alta lámpara de pie junto al rincón de la habitación. Se acomodó delante de ella, de espaldas a la luz. Descorchó la botella de vino tinto y comenzó a verterla en el suelo justo unos pocos pasos delante de él.
Cuando había terminado la botella ensayó un leve movimiento con el brazo. No hubo respuesta. Tampoco cuando levantó un poco la pierna. Ni cuando se movió un paso a la derecha.
No había duda: el vino había embriagado a su sombra hasta el desmayo.
Libre al fin tomó su abrigo, bajó hasta la conserjería y devolvió la llave de la habitación de aquel lejano hotel. Y no volvió nunca más por aquellos lugares.

*  *  *

Borges se encontró una vez con él mismo varios años mayor. Por simple deducción sabemos que años después un hecho similar, pero inverso, ocurrió en su vida. Pero, ¿fue realmente una fantasía?
Luego de horas sentado frente a la pantalla de mi computadora, corrigiendo un cuento, decidí asomarme unos minutos al sol de la tarde. Con medio cuerpo fuera de la ventana fumaba tranquilo un cigarrillo cuando ocurrió que me vi pasar por la calle.
Con un jean gastado, una camisa suelta y zapatos náuticos, como es mi costumbre, venía caminando yo mismo dentro de veinte o veinticinco años. Se me nota saludable, tristemente calvo (lo que significa que nunca concretaré el proyectado implante capilar) y lentes diferentes a los que llevo puestos hoy pero con algo más de estilo. Por lo demás, me veía bien, con cierto aire a escritor viviendo tranquilo de su profesión que me dio algunas esperanzas.
No sé si venía a hablar conmigo y se arrepintió o si solo pasaba. Su aspecto era más bien el de alguien paseando por los viejos lugares donde habitó, algo que me gusta hacer a veces. Estuvo a punto de saludarme pero no lo hice, como si quisiera evitar un gesto que lo delatara.
Así pasé por mi ventana hace un instante. Feliz, relajado. Al llegar a la esquina dobló hacia la casa en la que vivía un amigo de la infancia y entonces ya no lo vi más.
Fue grato verme, pero ahora sé que tendré que esperar veinte años para saber por qué pasé de largo sin siquiera saludarme.

*  *  *

Primero me quitaste tus labios. Luego tus manos. Un día ya no te traían más tus pies. Ayer me pediste que te olvidara. Si tu plan era privarme de ti de a poco, que me fuera acostumbrando a no tenerte, tengo que decirte que has fallado. Cuando cierro los ojos sigues aquí.

*  *  *

Como pudo se levantó. Levantó lo que quedaba de él. Con mucho trabajo llegó hasta la puerta de su casa y por primera vez se preguntó si aquella había sido una buena idea. “Ya ha pasado algún tiempo”, pensó, “es posible que tenga a otro hombre a su lado”. Pero estaba decidido a recuperarla. Suspiró fuerte, o fingió hacerlo, para darse valor y golpeó la puerta.
Abrió ella misma, lo que fue un alivio para él. Estaba más hermosa aún de lo que él la recordaba. Durante unos segundos los dos se miraron sin hablar. Él la admiraba con todo su amor más vivo que antes. Ella lo veía horrorizada. Allí, delante de su puerta, un esqueleto incompleto, agusanado, apenas cubierto con unos jirones de las ropas con las que lo habían enterrado, la miraba fascinado y visiblemente nervioso a través de las cuencas vacías de los ojos.
Ella necesitó varios minutos antes de, finalmente, reconocerlo.
Él iba a decirle que la extrañaba demasiado cuando se escuchó la voz de un hombre que preguntaba desde el interior de la casa:
-¿Quién es, amor?


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Sea lo que sea que puedas o sueñes que puedas, comiénzalo. El atrevimiento posee genio, poder y magia. Comiénzalo ahora.
Johann Wolfgang von Goethe

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Miguel Crispín Sotomayor


-La Habana, Cuba-

Pobre del cantor

“…Yo me muero como viví”.
“El necio”, Silvio Rodríguez.

Pobre del cantor
que cantó a la verdad
y se arrepiente y miente.

Pobre del cantor
que se arrodilla y llora,
que se arrastra y lame.

Pobre del cantor
que se enriqueció
y volteó la espalda.

Pobre del ingrato
que olvida la historia
y olvida su origen.


África

No te puedo sacar de mi memoria
porque no quiero olvidar aquellos tiempos
aunque de la herida escape tempestad
y con el viento vuelva
el ruido de la noche
el temor a las cobras
las ventanas que rugen
las tardes en la “Baixa”
los niños pordioseros.


Carta por un nuevo año

Estás allá,
lejana,
viviendo la ilusión tan bien soñada,
cargando a un Santa Claus,
cubriendo con guirnalda palma ajena.
Así eres feliz, a tu manera.
Yo sigo aquí,
renuente,
viviendo realidad,
soñando un poco;
encendiendo velas fuera de los altares,
esperando cualquier día pájaros negros,
cargando con flecha la ballesta.
Es cierto, cada cual es feliz a su manera.


Marinero sin barco

Marinero perdido,
la noche cubre a este medio planeta
y a la otra mitad no le interesas tú.
Te he buscado por ríos, por caminos oscuros y por lluvia
caída sobre tejados rojos y viejos ventanales;
por amor consumido, por puertos que arrinconan
las olas de los mares y por bares
eternamente abiertos.
En los ojos extraños te he buscado.
Marinero sin barco,
busco sin encontrar tu nombre
en mis cosas perdidas,
entre esa ternura que se pierde
sola
como cuatro sillas cabezas abajo.

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Prefiero hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado.
Silvio Rodríguez

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Miguel Ferreira


-Posadas, Misiones, Argentina-


A boca de jarro
A boca de todos los jarros.
P. De Vicari

Abstraídas licencias de la lengua
Dan las tardes encendidas de este verano
Alguien enumera textos en voz baja
Atrapa sueños en desvanes húmedos
Se arroja desde un octavo piso
A buscar dalias de un jardín
Amanece acodado y solo gritando
Sus acuciantes amores en un bar
Entre parroquianos sordos
Las letras se estiran cual bandoneón
Milonguera
Las palabras resuenan a voz en cuello
Entre puntos y comas
Una silenciosa despedida se estila en un pasillo de hotel
A mano suelta las poesías, a mano abierta
Los abrazos, las despedidas
Las entradas y salidas del papel
A modo de gotas mis días.


Escribo, dejo de escribir.
Otras veces me distraigo y me levanto.
Tino Villanueva.-

Alguna nube se desplaza allá arriba
Inmaculadamente algodonosa
La tarde devana horas apenas
De la mesa levantada mis migas
A las palomas en el círculo allá abajo
Ronroneos guturales, aleteos de colores
Desplazo mis aires entre la ventana
Alguna lectura olvidada en el piso ocho
El poema late su soledad de sones aun es el papel
Aun no es carne mis memorias del día
Apenas soledad de vocales y consonantes
Apoyo la punta de mis dedos intento
Las nubes allá arriba inmaculadamente blancas algodonosas.


Se necesita solo tu corazón
Echo a la viva imagen de tu demonio o tu Dios.
Olga Orozco.-

Los retazos de un recuerdo de mujer
Dan vueltas en la tarde, alguna paloma
Sobrevuela cables a ojos abiertos
Mis pensamientos atraviesan lejanías
Paisajes de lunas a través de vidrios esmerilados
Sombras difusas de abrazos, llegadas y partidas.

10-11-2009

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Por muy lentamente que os parezca que pasan las horas, os parecerán cortas si pensáis que nunca más han de volver a pasar.
Aldous Huxley

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Joan Mateu


-Escritor nacido en Girona. Reside en Barcelona, España-

Para siempre
   
Me gustaría poder decirte que me gusta mucho estar contigo, que te necesito y que acepto todas tus manías, debilidades y defectos. Casi puedo asegurarte que algunos de ellos me gustan. Estoy tan a gusto contigo que los paseos me parecen cortos y cuando vamos a la playa, los dos solos, es el mejor regalo que me haces porque puedo compartir el mar, el cielo y la arena contigo.
A pesar de que a veces estás indiferente o absorto en tus cosas estoy a gusto y quisiera que supieras que estaré toda la vida a tu lado, no importa lo que pase ni el lugar. Nunca me separaré de ti.
También me gustan tus silencios y velarte cuando duermes, pero lo que más me gusta son tus caricias y esa risa tuya encantadora. Quisiera decirte todo esto y muchas más cosas pero tendré que conformarme con mirarte, dar un par de ladridos y mover la cola.


El Plan

Los 47 habitantes del pueblo organizaron una batida. Era la tercera vez que el hombre lobo había atacado al ganado y de seguir así, pronto comenzaría a atacar a las personas.
El hombre lobo, acosado y perseguido, sin comer en cuatro días, corría ocultándose de la hilera de hombres que con linternas, radios y GPS iban tras él. No era la primera vez que era perseguido pero sabía que debido a que cada vez usaban mejor tecnología, acabarían capturándolo.
Se ocultó bajo los matojos y dejó pasar la marea humana que le perseguía. Eso no podía continuar. De no actuar sabía con seguridad que se acercaba el final de sus días como hombre lobo. Tenía que urdir un plan.
Se preparó concienzudamente, se entrenó y estuvo un mes sin comer, hizo gimnasia y pesas. La noche escogida se dirigió al pueblo dando un amplio rodeo. Todo estaba tranquilo. Parecía que no le esperaban. Con precisión militar empezó a ir casa por casa ejecutando el plan. Al alba ya había mordido a la totalidad de los habitantes del pueblo.


Agárrate
 
No debí acercarme al borde de aquel precipicio, pero la curiosidad me pudo. Me pareció haber visto a una mujer mirando hacia abajo y al instante siguiente ya no estaba. En mi intento de ver el fondo me acerqué demasiado y la tierra cedió bajo mi pie derecho cayendo al vacío sin poder agarrarme a ningún sitio. Cuando iniciaba la caída oí una voz femenina que me gritaba: “Agárrate a la mano” “Agárrate a la mano”… Todo fue muy rápido, sólo sé que seguí el consejo y me agarré a la mano con todas mis fuerzas y no la solté. Morí cincuenta metros más abajo con las manos juntas, muy apretadas…


El gran amor

Se apoyaba en un bastón para ayudarse caminar. Iba al parque cada mañana a tomar el sol y se entretenía viendo a los jubilados jugando a la petanca. Él nunca había participado en estos juegos porque no los entendía. Además él no era un jubilado. Él era un anciano y olvidaba las cosas. Si hubiera querido jugar a aquel juego le hubieran tenido que explicar las reglas cada mañana.
Con el tiempo no recordaba donde trabajó. Había olvidado quién era su familia, qué había hecho en su vida, tantas cosas… Pero siempre había recordado su primer amor.
Hoy era un día tremendamente triste: Después de tanto tiempo no recordaba quien fue ese gran amor. Hoy, seguramente, se quedaría en el parque.


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Nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad. Pero se les olvidó mencionar que las pesadillas también son sueños.
Oscar Wilde

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Osvaldo Ballina


-La Plata, Buenos Aires, Argentina-


Bébete cómete respírate
desóllate desalójate
desaparécete

regrésate sin imagen en agua o espejo
sin verano ni invierno
sin palabra para nada

nácete llaga y éxtasis
en padre y madre
en tenebroso y sublime

en loco y cuerdo
en gusano y águila
en yo y el otro

lo sagrado te habitará

un instante
que no volverá ni debe volver

*  *  *

Una deidad desatendida regresa la plenitud
Confín de lo natal

Las cosas se fueron de su sintaxis

Si la palabra es galaxia
todo es respirable

*  *  *

Propicia a piel de agua
un manojo de hierba trenzada
sin día caído y el ojo regocijante

-¿el desvarío es la sola verdad posible?

Miserable vocerío,
vino en las vasijas
y ningún héroe en la fiesta

*  *  *

Casi a ciegas en llamas la vida

La nada como inicio de viaje

Cielo que conjura el ojo
y desquicia la fugacidad

Es lo que resta
La pasión

Se huelen bellas almas en el aire

*  *  *

El bienvenido mira el corazón alto de la corneja
Baja a beber el árbol. Será el buen fuego

Mar en plexo sombra en cubil

Todo se busca a sí mismo

Huérfano el mundo y
hermanos los santos y asesinos

*  *  *

Un dios doméstico preña de palabra
lo diurno voraz

A nadie habla

sí a la piedra juzgada
punta de algún ovillo


De Prodigios residuales. Ediciones Al Margen, 2009

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No lo hagas si no conviene. No lo digas si no es verdad.
Marco Aurelio

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Juan Disante


-Buenos Aires, Argentina-

La última gota

La lluvia está cesando.
Desde el zaguán espero la caída de la última gota.
Todavía quedan algunas que abandonan la nube final
para estrellarse sobre el vidrio del mirador
o sobre el charquito a mis pies.

Todo amengua.
Cierro mi paraguas,
trato de sorprender a la última,
desprevenida gota.
Asoma el sol.

Con el chaparrón llegando a su fin
siento nostalgias por todas las gotas que ya no son
cayendo transformadas en acequias.
Miles han quedado prendidas de las hojas
dudando en precipitarse.
Miles transfigurarán su vivir.
Miles romperán en oleajes bravíos.

Las nubes se retiran con mi mismo afligir
dejando un cielo brillante.
Estiro mi mano y el rostro hacia el entreabierto celeste
a favor de una postrera
dilatada tardía,
cuando el Olimpo sofoca chasqueante
en triste sacrificio
en desconsolante soledad
la última gota sobre mi frente.


de-se-os

Somos los deseos que resposan en nuestra memoria
me apuré a pensar
y entre las turbulencias de la jornada
me fui a dormir
con esa desharrapada idea
crédula
desenvuelta
muy parecida a mis golosinas
reticentes.


Primavera

tú dices que te dice tierra
tú dices que te dice brotes
tan primavera
en los soles
a media noche
de mi invernada vuelvo
a destejer el sépalo del cáliz
y tu habla
vi llegar desde el fondo
el sentir de tanto aromo
tan duermevela
ventoso y hondo
aun adormilada
mi erección asustada
de la aurora abierta
tu habla
mis tics
reoír mis cuándos corporales
en tu fondo
hay un temblor de alondra que besa
donde hay otra tú
deletrearte tus gramáticas
tan girasoles
desnudarte a la alborada
y reescuchar tus dondes
tan cambiantes
tan rizoma


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Sorprenderse, extrañarse, es comenzar a entender.
José Ortega y Gasset

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Araceli Otamendi


-Buenos Aires, Argentina-

Jessica en un mundo de juguetes

Jessica López trabaja en la juguetería desde hace poco tiempo. Es vigiladora. Antes trabajaba también en ese shopping y antes del shopping en la venta de productos de granja. Pero de cortar pollos, despachar milanesas y envolver huevos de a media docena estaba cansada. Cuando le avisaron que buscaban a alguien para trabajar en ese shopping no lo pensó mucho, enseguida la sedujo la idea de cambiar de trabajo. Jessica era una mujer joven, había sido madre desde muy temprana edad y ahora que pasaba los treinta también tenía un nieto. Jessica no sabía casi nada de juguetes, casi no los había tenido. A los catorce años empezó a trabajar en una casa de familia para ayudar a sostener su hogar. Ahora, además de ser casi el sostén completo de sus padres también mantenía a sus hijos y al nieto, un bebé de pocos meses.
A veces se miraba al espejo y se veía vieja y no una mujer de treinta y tantos años. Con el uniforme que le dieron cuando empezó a trabajar ahí, se imaginó que su vida iba a cambiar. Al menos ahora estaba entre juguetes, muñecas, autos, osos, casitas, rompecabezas, sonajeros, juegos didácticos, ¡podía aprehender tanto en ese lugar!
Cosas que jamás habían estado a su alcance ahora estaban ahí en los estantes. Y Jessica además de mirar a las personas que entraban a comprar juguetes se dedicaba a mirarlos en detalle.
¡A veces le gustaría conocer a su nieto, llevarle un regalo, olvidarse de los malos tiempos!
¿Por qué no?
Y sin embargo, estaban todos tan distantes, ella de su hija, ella de sus padres, ella de todos.
A veces rebobinaba y se preguntaba por qué a ella le había tocado una vida así, nada más que trabajar, y todas sus relaciones estaban maltrechas. Pero estar ahí, entre los juguetes la animaba.
Muchas veces de noche, cuando la juguetería cerraba, ella se ofrecía a hacer horas extras. Se quedaría vigilando, de paso podría ordenar muchas cosas, los clientes a veces no daban tiempo a acomodar.
Una de esas noches Jessica se durmió ahí adentro, sentada. Soñó que uno de los títeres, el flaco de piernas largas le guiñaba un ojo, le hacía una seña y con la mano le señalaba la puerta. Entonces Jessica se incorporaba y decidida abría la puerta de la juguetería. Los títeres bajaban en fila desde el estante y caminando, detrás del títere flaco de piernas largas, se escapaban hacia la calle...
Jessica volvió a la vigilia y comprobó que los títeres estaban ahí, sentados en hilera, donde los había dejado antes de sentarse y quedarse dormida.
Esos títeres bien vestidos, con su pelo de nylon y sus trajecitos bien confeccionados, pensaba Jessica. Le gustaría llevarle un títere o tal vez dos o tres a su nieto, cuando lo conociera. Y eso iba pensando cuando salía del trabajo, por la mañana, una vez cumplido el horario, cómo hacer para volver a entablar la relación con su hija, cómo hacer para tener fuerzas y conocer al nieto…
Se detuvo varias veces frente a las vidrieras.
Primero del shopping y después en la calle. Había muchos carteles en los negocios que anunciaban ofertas:
Día del niño.
Solamente tenía algo más de treinta años, una hija, un nieto y muchas ganas de vivir, se decía.
Una de esas noches, cuando llegó a su casa, se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo, se sentía extraña.
Se pellizcó entonces la cara, los brazos, para comprobar que no estaba durmiendo. Fue entonces que recibió el llamado del jefe: en la juguetería faltaban juguetes, faltaba completo el estante de los títeres. ¿Ella sabía algo?
Para nada, todo estaba en su lugar cuando Jessica se fue de la juguetería. Podían revisar una y otra vez las cámaras de video, nada faltaba ahí. ¿Y entonces? ¿dónde podían estar? ¡Malditos títeres! justo un día como ese tenían que cumplir con el sueño, justamente un día como ese tenían que escapar.
Jessica se acostó a dormir pensando que a ella no podía ocurrirle así, justamente a ella, esos títeres no podían habérsele escapado de los estantes.
Jessica soñó entonces que todo volvía a la normalidad, ella se amigaba con su hija, con sus padres, conocía a su nieto, le llevaba un regalo ¡un títere! Le llevaría un títere para cuando el niño creciera. Se despertó cuando los rayos de sol casi no entraban por la persiana del cuarto. Entró a la ducha pensando cuál sería el títere que elegiría para su nieto. Y el teléfono empezó a sonar.
Entonces el corazón empezó a latirle fuerte, fuerte, como al galope. Salió de la ducha envuelta en una toalla.
Era la voz de Adriana: ¿mamá?
Jessica se alegró de escuchar la voz de su hija. La invitaba a la casa a conocer al niño. ¡Era lo que Jessica estaba esperando! Definitivamente el regalo que le llevaría era un títere. ¿Pero ahora que no estaban los títeres dónde lo compraría?
Más tarde cuando Jessica llegó a la juguetería a cumplir con su turno de trabajo, un compañero le avisó que el jefe la estaba esperando. ¿Qué pasó con los títeres? preguntó Jessica.
Pero nadie sabía a qué se refería. Jessica repasó entonces los estantes. Las muñecas, los autos, los osos, los caballos, los rompecabezas y ¡los títeres!
Estaban ahí, en su lugar, como siempre. El flaco también, y cuando pasó ella, por su lado, sentía que el títere mismo, ese flaco, alto, le guiñaba un ojo con complicidad.
  
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No le faltan encantos a este hermoso mundo ni tampoco amaneceres para los que merece la pena despertar.
Wislawa Szymborska

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Jorge Alegret


-Bariloche, Río Negro, Argentina-

2

Por la noche, en los ñires, reposan cosas
que se resisten a ser nombradas.
Sé que arañan, y podrían besar,
y a veces se desprenden y flotan como grumos
de brea en la noche del bosque.
Se posan en los vidrios y entonan
apenas susurradas,
frases del arte de la fuga.
Algún día, presumo, entrarán al dormitorio
y aprenderé a nombrarlas,
desnombrándome.


7

La ventana hace la película para el ojo
dañado de gente rodando
en intemperie y secos fondos marinos,
una farsa de marionetas
entre supermercados y estaciones de servicio;
¿qué es un puente, padre?
Yo tenía pesadillas con la palabra orilla,
con mis injertos de botes de pesca
y camión de desparafinado, pesadillas
de ventana por donde mirar el futuro
en miniaturas de tornado con centros de cartón
que pasan oliendo a mariscos.


10

Abuela vivía en un tiempo que era
una sartén llena de aceite de oliva al fuego.

Padre llevaba el desempleo en el rostro
como una gracia divina.

Yo era un perro que meaba
las casitas de la Difunta Correa con devoción.

No recuerdo un afuera del invierno,
nada fuera de los blancos y negros intensos

que se metían en los libros
y en los ojos que las mujeres llevaban
en la nuca.

Abuela me decía que todos moriríamos
antes del verano.

Había golpes de estado,
y los árboles no nos daban sombra.


13

Es una escritura de sumidero, me voy
en bajamar
y me hago algas
con las letras grabadas en los huesos.
Retorno en blanco,
listo para ser escrito de nuevo
en tu tedio,
mientras sube la marea.


15

Mi nombre es de piedra
preñada de agua
que se hace añicos de madrugada
cuando cae la helada.
  
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No era conveniente llevar a los hombres a posiciones desesperadas, porque en aquellos momentos todos podían sacar repentinamente dientes y garras.
Stephen Crane

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Rosita Escalada Salvo


-Posadas, Misiones, Argentina-

Mujeres

Las vi cargando piedras en la cabeza
de una en fondo
como en las más ancestrales
cosmogonías
Enhiestas, silenciosas, cuencas de resignación
sus ojos
sin pensar siquiera en la invención de la carretilla.

Las vi dobladas sobre el agua y el barro
plantando arroz
-el milenario pan de cada día-
y el látigo del sol, amo impiadoso,
en sus espaldas.

Lustrando tallas, acuclilladas,
frotando sin placer las horas y los días
entre betún y cera
en tanto los turistas regatean
y se llevan el arte a los destinos
que ellas ignoran.
y que tampoco importa.

Enjambres de muchachas
de piel bruñida y coloridas ropas
siempre ofreciendo algo
cuanto cuesta, cuanto me das
en el inglés universal de todos.

Y la que pone ofrendas y se inclina
-pequeñas palmas, flores y alimentos-
en las veredas
y asperja su tiendita en rogativa
a los espíritus del bien y del negocio.

La madre-abuela mece al niño, indiferente.
Las jóvenes se bañan en canales
con un pudor que nadie mira
excepto el occidente, sorprendido.
Mientras cruza la calle una encorvada
viejecita
y en los mercados flotantes
-de malolientes aguas-
otras tantas sonríen en las barcas
pletóricas de frutas,
saludando al viajero con orquídeas
que cuelgan de los viejos palafitos.

Es el Oriente. Es Asia.
Las ciudades, los pueblos o las islas.
Y son felices, dicen.
y no les falta techo, ni comida,
ni el salario tan magro.

Pero en ese domingo, en Las Petronas,
-88 pisos desafiando las nubes, las alturas-
millares de mujeres envueltas en sus túnicas,
encendieron linternas. Y portaron carteles
y pidieron.
Pidieron LIBERTAD.


Kuala Lumpur, Agosto de 2000
Del libro CosmoAgonías. Editorial Vinciguerra, Colección Metáfora. Buenos Aires, 2004

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La conciencia vale por mil testigos.
Quintiliano

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Salomé Moltó


-Alcoy, Alicante, España-

El maniquí

Los encargados del transporte iban recogiendo los viejos muebles de la tía Clara y los iban depositando en el furgón. Allí quedaba el baúl al lado la silla, más lejos un sillón y de pronto me veo al mozo amarrando bajo el brazo el maniquí de mi tía. Y más sorprendente, este hermoso muñeco me guiña un ojo al subirlo al camión.
- Me lo quedo -le dije al chofer que dejó el maniquí en el suelo sin más.
Cuando todos los enseres de la vieja tía estuvieron cargados en el furgón, el camión emprendió la ruta para depositarlos en casa de mi prima Ana, ya que su madre, mi tía Clara, había fallecido hacia ya un año y era perentorio vaciar el desván.
De repente vinieron a mi memoria mis años infantiles cuando mi prima Ana, su hermano Jorge y yo jugábamos en la casa, mientras mi madre y su hermana cosían interminables vestidos, no en vano eran las dos mejores modistas del pueblo (bueno, las únicas).
El maniquí era como un gran muñeco y en cada momento las dos hacendosas mujeres probaban un chaleco, una chaqueta, ajustaban un ojal, encogían un ribete y no sé cuantas cosas más. Una vez le pusieron un sombrero muy elegante, de seda creo yo, con una pluma sobresaliendo y por la noche fui a verlo aunque tuviéramos determinantemente prohibido entrar en la sala de costura.
Me acerqué sigilosamente, esta vez el maniquí vestía una chaqueta de un color oscuro, lo miré, lo saludé, le hablé muy bajito, no me contestó, pero me miró fijamente y creo que me guiñó un ojo, así como haciendo una mueca. Eché a correr a mi cuarto y ya no volví a entrar nunca más de noche, en la sala.
Y ahora tantos años después, ya fallecidas las dos hermanas y que el maniquí dormía en el desván, vuelvo a reencontrarme con él. Y cierto, me había guiñado un ojo, o ¿le faltaba un ojo?
Me acerqué y lo observé, llevaba una vieja chaqueta verde, seguramente era el último encargo que mi tía no pudo terminar y esta vez, una boina haciendo juego.
- ¡Buenas noches hermoso señor! - le dije presurosa.
- ¡Buenas noches hermosa señora! -me contestó.
- ¿Ha venido a la fiesta a divertirse un poco?
- No, he venido a verla a usted, con quien deseo bailar toda la noche un romántico vals.
- ¿Qué me dice? ¿qué pretende? Caballero…
- Bailar con la más hermosa de las señoras que hoy han venido a la fiesta. Deme su mano, coja la mía. Bailemos.
Me abracé al fogoso caballero que tan ardientemente me pedía un baile y empezamos a dar vueltas y más vueltas, por el pasillo, la cocina, el comedor y más y más vueltas. En una de ellas encaré los ojos hacía la puerta de entrada y vi a mi marido mirando con ojos de plato cómo estrujaba al maniquí contra mi pecho de forma alocada.
Todavía no he podido convencerlo de que todo aquello era una broma. Creo que ha descubierto en mí, un lado romántico y fantasioso que estaba lejos de suponer. De cuando en cuando me mira de forma extraña.

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Me pasé la vida imaginándote, no es momento para ser cobarde.
Gustavo Cerati

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Martín Giovio


-Chacabuco, Buenos Aires, Argentina-

Tu luz de sol

Acosté mi colchón sobre el césped.
Perdón, hoy me fui para ver.
Mi mirada taciturna ancestral
Se hizo polvo antes de ayer.

Enterré mis males en un pozo,
Desenterré mis atardeceres tremulosos.
Aprendí, viví, morí, volví a vos.
Me envuelve tu luz de sol.

Se ahoga mi ser en tu ser
Cargas mi tranquilidad y mi fe.
Dibujo el montaje en el que navego,
Calmada agua, esta vez, escribo desde el suelo.

Tiemblan las ramas, los pájaros vuelven a volar.
Viajes en copos de algodón, esclavos de un nuevo ciclón,
Parí estos escritos, me dejé llevar por tu ventarrón.
Llevo la llave de mis días, llevo tu amar sobre el mar.

31/10/12


Estalla un estallido

Hay cosas que no se explican ni un teniente,
Tan solo se inscriben en nuestro ser.
Porque el corazón no logra comprender
¡¡¡Pero cuánto que siente!!!

Son tan desiguales el sol y la luna,
Pero se hace invisible el amor que los enlaza,
Se perciben sin que nosotros podamos verlos
Pero existen tanto por ellos como para los otros.

Y pensar que en este planeta (a veces abstracto, a veces concreto)
Hay almas que no persiguen sus sueños,
Y en cambio, sentado, acostado, sigo esperando el encuentro.
Porque este ardor no cesa, porque este ardor es una muestra de vos.

Mi memoria llevará tu nombre y una herida,
Porque no existe razón razonable de tu despedida.
Y estalla un estallido en mi interior,
Y las lágrimas raspan con un dolor aún mayor.

04/05/08


Nacido en una flor

A los pies de un bello árbol
Noté la ausencia.
Figura amorfa, inédita secuencia.
Nacido en una flor, en un malvón.

A 8 minutos luz del sol
Y lo siento tan cerca, tan sol.
Algo me quema, puede ser tu amor,
Puede ser el sol, puedes ser el sol.

A 1,3 segundos luz de la luna,
Hermosa compañera nocturna.
Brillen las almas que hacen un viaje lunar,
Barrilete de ilusiones son libres…a volar!!!

A más de 4570 millones de años
Del génesis de la tierra, la misma tierra
Que parece desplazarnos por tantos daños.
En lo oscuro, a lo lejos, reluce tu luz.

A 155.174.400 segundos de vos,
Y te pierdes en mí, entre mi ropa.
Tantos segundos que se esfuman porque ya estás acá,
Resucitarás en mis sueños una vez más.

18/01/13

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No tenía miedo a las dificultades: lo que la asustaba era la obligación de tener que escoger un camino. Escoger un camino significaba abandonar otros.
Paulo Coelho

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Marta Díaz Petenatti


-Elortondo, Santa Fe, Argentina-

Tu vino

No me sirvas
de tu vino
en esta noche,
me haría mal degustarlo
en tu presencia,
No quiero que recorra
dentro mío
el camino del final
de mi insistencia.

Sólo quiero hablarte
con gestos indefensos,
no palabras,
para que no exploten
en el ruido del silencio
ni se agobien
con el llanto
que me agota a mí,
llorarlas.

Es por eso que no quiero
de tu vino,
pues caería el antifaz
de mi alegría,
dejando tras su sombra
impenetrable
ese amor, que no me das,
ni me darías.

25-06-2012


Mi futuro

El pasado termina
en el presente
y tiene sabor
a frutas frescas,
aroma de tierra
ante la lluvia,
calor del sol
a media tarde,
ardor de la piel
sobre la arena,
dulzor de la miel
entre tus labios
y el temblor de mi boca
ante tus besos.
El futuro comienza
en el presente,
y tiene en la música,
tus formas,
en las ansias de vida
tu mirada,
y en el nido inconcluso,
tu presencia.

24-06-2012


Cicatrices

El sol azota mi frente,
despiadado, implacable,
hiriéndome.
Sangran las heridas
que dejan en mi espalda
canales de carnes rosadas.
Ardientes llamaradas
inconscientes, impertinentes.
Inescrupulosa virtud
la de lacerar y humillar…
como vos.

21-07-2012

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Cuando las cosas no quieren conformarse con nosotros, nosotros debemos conformarnos con ellas.
Bernard Le Bovier de Fontenelle

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Justina Cabral


-Mar del Plata, Buenos Aires, Argentina-

Escarcha y noche

Rosas de viento,
noches sin fondo,
cielo sin día,
luna de polvo.

Cuerpo flotando
sobre la muerte,
musgo en la sangre
que el agua bebe.

Almas sin alma
buscando nido,
frentes cubiertas
de refucilos.

Inciertos mundos
que no respiro
y otros tan ciertos
y tan finitos.

¡Un universo
que siento vivo
al trote llega
en un suspiro!


Mi pueblo latino
(Versos pareados asonantes)

Abrazos entre manos… corazones unidos
y mil voces en una… para el pueblo latino.

Igualdad de derechos… de hermandad ilusión
popurrí de colores… en un cóctel de amor.

Reclamos de justicia… un sol a pleno brillo
y un alma para el alma… de mi pueblo latino.


Mi gata verde

En mi casa tengo
una gata verde,
baila la milonga
y lentos a veces.

Está enamorada
de un gato vecino
y quiere entregarle
todo su cariño.

Siempre que lo ve
sale disparada
entre las cortinas
de mi azul ventana.

Mi gata parece
de un libro de cuentos
por eso verdosa
por siempre la quiero.


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Todo comienza con el ensueño de alguien.
Larry Niven

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