De la espera a la búsqueda
La Princesa cuando es muy joven siente
que tiene toda la eternidad a su favor para esperar, semidormida y atrincherada
en su Castillo, al Príncipe que la vendrá a rescatar y a despertar con un beso.
Ella, adoctrinada Susanita, cose y
borda con sus propias manos las blanquísimas sábanas para la cama matrimonial y
los puntillosos camisones que cubrirán su hermosura hasta que Él, Varón
vencedor que retorna de la guerra, la tome en matrimonio y de un santiamén
desvele su belleza corpórea.
Sin embargo, a veces, las guerras se
prolongan demasiado y hasta el Noble puede morir en combate; sin descartar que
se haya quedado dormido en la cama de alguna Cenicienta.
Entonces, así como Penélope nunca dejó
de tejer su bufanda, alfombrando con ella miles y miles de kilómetros, la joven
Princesa, de tanto coser y bordar, amuebló su habitación con múltiples baúles
llenos de ajuar.
Un día, cae en la cuenta que los años
se le fueron entre espera y costura. Y, antes de instalar una tienda, decide
jugarse la última carta: modificar, a una edad ya madura, su situación civil.
Se autolibera y, sin camisón, escapa del Castillo. Comienza a recorrer los
alrededores y descubre que hay muchos charcos, y en cada charco un sapo. Toma
la determinación de besar a cada uno de ellos porque, por ahí, quién sabe…
tiene suerte y alguno se convierte en el Príncipe de sus sueños.
Silvana
Mandrille
San Francisco,
Córdoba, Argentina