viernes, 22 de junio de 2018

Lucía Alfaro

Slogan

No debe ser normal
tener dolor de aire en las pupilas,
flotar sin presentirlo, sin tener un motivo.
Sentir asco por todo
o enredarme en el verso
y desaparecer aunque nadie lo note.

No, no debe ser normal
depender del naufragio,
del “ya no hay remedio”,
“tenga fe, eso funciona”.
Llenar mi botiquín con mansas mariposas
o polvo de serpientes segadas por la luna.

Aquí en la avenida
todo es anormal y a nadie le importa.
Hay mil y una palomas,
mil y un almas revolotean y chocan
como inmensos abejones de siempre.

Un niño no vidente falsifica la vida
y canta una ranchera.
Una adolescente se levanta la falda
pero solo la miran el policía que escupe
y el drogadicto loco que estira la mano
para medir el borde del abismo
y calcular el salto.

Mil y un vendedores se lanzan al acecho,
insisten, gritan,
tratan de convencerme:
“melcochitas de coco”,
“llévese un recuerdo
venga tómese una foto
aquí con las palomas”.
Y el recuerdo me regresa veinte años…

Justo frente a la estatua de Beethoven
una ocarina proscrita convulsiona;
solo diez metros más a la derecha
me intercepta Calderón de la Barca
y me recuerda que la vida es sueño.


Clausurada

Y cómo hacer cuando no quedan islas para naufragar.
Joaquín Sabina

Cierro el lunes, el libro, las ventanas.
Cierro con doble picaporte los besos
y coloco mi álbum de rencores
con las cajas de los lácteos vacías
dentro del reciclaje.

De pronto, siento el pálpito de otras dimensiones;
una sombra contornea mi talle sin mirarme,
mientras el viento restriega su amargura
en el hollín de un dique,
cada vez que el sol
se ahoga impotente.

-No es prohibido llorar-
me susurran los ojos.
También la lluvia agrietó su gemido
sobre el lomo de las ballenas sordas.
Los ángeles desprovistos de cielo
convulsionan conmigo.

Yo trato de aquietar un corazón
que grita en medio de la sala:
soy mujer, niña, ancla, locura,
cascarilla de nuez intempestiva
en mitad del océano.
Una estalactita que burló al deshielo,
fruta que maduró precoz
colgada del silencio.

Las hormigas prosiguen su camino
y tambalean la tarde
sobre este travesaño
en el que hace equilibrio mi latido.

Le susurro a mis alas:
¡en cuántas lunas más naufragaremos!


Circunscrita

Me circunscribe el pálpito que humea en el fuego,
la pócima ancestral de la danza,
la plural telaraña que nos hizo creer
que éramos mariposas inconclusas
sobre las húmedas laderas de Macondo.

Me circunscribe el beso,
los charcos asustados de este siglo
que en torrencial lujuria
me atraviesan entera.
Esta incorregible y desdoblada nostalgia
que me invade cuando amo otras metáforas,
otros desasosiegos…

La memoria me cabe en una gota de agua
escondida con las niñas
que tiemblan en mis ojos.
En el cerrojo que aprisiona
esta mortaja a medio terminar
y cada punto cruz que se bordó en mi cuerpo.

Me circunscribe, ambigua y locuaz,
un corazón rebelde, todavía de pie
en mitad de este cuerpo.
Los sonetos de Shakespeare,
aquel réquiem de Mozart,
la trova de Serrat o de Pablo
y el roce despistado de tu mano en mi pierna
cuando me vence el sueño.
                                                                          
Me circunda la ausencia del ángel
que me guarda de ser siempre perfecta,
de solapar el veneno y la duda
y de usar la palabra precisa
cuando debo callarme.


Del libro de la autora: La soledad del ébano. Editorial UCR 2015

Lucía Alfaro
San José, Costa Rica

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