viernes, 22 de junio de 2018

Anabel Vera Suárez

Raros de sombra

Los sueños de la razón producen monstruos
      Goya
Golpea el salario transparente en mi bolso.
Tiro la cabeza en la silla,
y salen murciélagos que muerden
–con el sonido atroz de sus gargantas–
las puntas negras de mi cabello.
Caminan las piernas en el fango
y la derecha mano recoge piedras
para tirarlas al intruso que pica la hierba.

Golpea tu mano en mi rastro, rastro
de figura colgada de los hilos
que alguna vez dejaste atrás.
Te hablo cuando pretendes estar solo, y cuelgo
de la pared los ojos tristes
que conversaban en los túneles.

Golpea el ruido en la cabeza ausente, mi cabeza
que casi cae
por no encontrarle a la mesa muerta las palabras
que se pierden. Y despierto
y caigo y vuelo, y estoy
golpeando la parte de atrás de un espejo, y cae
como si sonaran trompetas
al
final
del
pasillo.
Golpea mi mano el lápiz, y duerme.


Una hora de trabajo

Desde la mañana todas conversan en sus asientos
la pirueta acaba con las manos muertas
y aparece algo revuelto
en las mesas donde no despiertan los títulos.
Las comidas son exquisitas el día anterior
no hay pérdida en las palabras cuando el almuerzo
penas llega a dos opciones.
Una va se sienta en la entrada de la puerta
responde las llamas con el rostro desvelado
no pregunta por aquél que entra sin saber quién es.

Casi es mediodía, sentadas en las sillas
cada una conversa de lo mismo
Y lo mismo es la vuelta que recorta
el papel donde escriben lo mismo.

Ahora quitan con envidia las piezas íntimas
a Rosa la que pasa por la calle y no saluda.
Es de tarde y cada una recoge en su bolso. Nada
Guardan en las gavetas la nada disuelta en nada
en espera de los cinco minutos restantes para
salir de la puerta que tan alta no respetan
la falta de tenerlas atadas todo el día
sin hacer de ella masiva bienvenida.

Al día siguiente, cada una se sienta
en la misma silla, se vuelven fieras
porque no dijeron que era la entrada
más temprano
y más adelante lo días que siguen y siguen
hay una hora más para estirar los brazos.


Príncipe y mendigo

Príncipe en mi ciudad
Mendigo fuera de ella
Cómo te atreves a dejarla
Sin haber besado antes
Mis labios.
Cómo te atreves a rechazar
Lo que reconoce tu figura,
Tu garganta, tus manos
En cada cuerda.
Cómo lejos pareces inmóvil
Si aquí en mi secreto
Advierte la locura no desatarla
Porque semejante al amor
Se lanzaría contra la roca.
Cómo te llevas el canto
De mi sonido en tu mente
Y no despiertas cuando
Llamo a tu sonrisa.


Anabel Vera Suárez
Cuba

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