sábado, 23 de marzo de 2013

Joan Mateu


-Escritor nacido en Girona. Reside en Barcelona, España-

Para siempre
   
Me gustaría poder decirte que me gusta mucho estar contigo, que te necesito y que acepto todas tus manías, debilidades y defectos. Casi puedo asegurarte que algunos de ellos me gustan. Estoy tan a gusto contigo que los paseos me parecen cortos y cuando vamos a la playa, los dos solos, es el mejor regalo que me haces porque puedo compartir el mar, el cielo y la arena contigo.
A pesar de que a veces estás indiferente o absorto en tus cosas estoy a gusto y quisiera que supieras que estaré toda la vida a tu lado, no importa lo que pase ni el lugar. Nunca me separaré de ti.
También me gustan tus silencios y velarte cuando duermes, pero lo que más me gusta son tus caricias y esa risa tuya encantadora. Quisiera decirte todo esto y muchas más cosas pero tendré que conformarme con mirarte, dar un par de ladridos y mover la cola.


El Plan

Los 47 habitantes del pueblo organizaron una batida. Era la tercera vez que el hombre lobo había atacado al ganado y de seguir así, pronto comenzaría a atacar a las personas.
El hombre lobo, acosado y perseguido, sin comer en cuatro días, corría ocultándose de la hilera de hombres que con linternas, radios y GPS iban tras él. No era la primera vez que era perseguido pero sabía que debido a que cada vez usaban mejor tecnología, acabarían capturándolo.
Se ocultó bajo los matojos y dejó pasar la marea humana que le perseguía. Eso no podía continuar. De no actuar sabía con seguridad que se acercaba el final de sus días como hombre lobo. Tenía que urdir un plan.
Se preparó concienzudamente, se entrenó y estuvo un mes sin comer, hizo gimnasia y pesas. La noche escogida se dirigió al pueblo dando un amplio rodeo. Todo estaba tranquilo. Parecía que no le esperaban. Con precisión militar empezó a ir casa por casa ejecutando el plan. Al alba ya había mordido a la totalidad de los habitantes del pueblo.


Agárrate
 
No debí acercarme al borde de aquel precipicio, pero la curiosidad me pudo. Me pareció haber visto a una mujer mirando hacia abajo y al instante siguiente ya no estaba. En mi intento de ver el fondo me acerqué demasiado y la tierra cedió bajo mi pie derecho cayendo al vacío sin poder agarrarme a ningún sitio. Cuando iniciaba la caída oí una voz femenina que me gritaba: “Agárrate a la mano” “Agárrate a la mano”… Todo fue muy rápido, sólo sé que seguí el consejo y me agarré a la mano con todas mis fuerzas y no la solté. Morí cincuenta metros más abajo con las manos juntas, muy apretadas…


El gran amor

Se apoyaba en un bastón para ayudarse caminar. Iba al parque cada mañana a tomar el sol y se entretenía viendo a los jubilados jugando a la petanca. Él nunca había participado en estos juegos porque no los entendía. Además él no era un jubilado. Él era un anciano y olvidaba las cosas. Si hubiera querido jugar a aquel juego le hubieran tenido que explicar las reglas cada mañana.
Con el tiempo no recordaba donde trabajó. Había olvidado quién era su familia, qué había hecho en su vida, tantas cosas… Pero siempre había recordado su primer amor.
Hoy era un día tremendamente triste: Después de tanto tiempo no recordaba quien fue ese gran amor. Hoy, seguramente, se quedaría en el parque.


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Nos prometieron que los sueños podrían volverse realidad. Pero se les olvidó mencionar que las pesadillas también son sueños.
Oscar Wilde

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Analía Pascaner