Caminábamos casi diez cuadras
por inciertas veredas,
muy temprano, a la mañana.
El agua se escarchaba sobre la superficie
de las zanjas y nosotros nos asomábamos
peligrosamente al borde
para quebrarlo
con la punta del pie.
El viento helado en los ojos nos hacía llorar,
la nariz y las orejas se nos congelaban,
pero nos divertía sentir el frío y nos gustaban
las sensaciones del invierno.
Igual que el mate cocido con leche
del primer recreo,
junto a los chicos de un barrio
donde todas las casas se parecían entre sí.
El tren carguero
De vez en cuando nos topábamos
con algún carguero
y nos quedábamos largo rato
contando los vagones.
La cabeza se extraviaba imaginando
por qué lugares andarían
antes y después,
bajo qué soles,
por cuáles lluvias, con qué personas,
que tendrían qué historias
vaya a saber dónde.
Finalmente
perdíamos la cuenta de los vagones
y nos íbamos por ahí, pateando piedras,
hasta achicarse el horizonte.
Tener dos corazones y uno que cante
Amanece y el día recoge mansamente
los primeros rayos de luz sobre la plaza.
Aprendí muchas cosas de esta vida
pero en otra
me gustaría volver a ser la niña que fui,
aprender el nombre de los presidentes,
tener dos corazones y uno que cante
la marcha peronista.
Me gustaría ver, como antes, a mi madre en la cocina
con sus moldes y la Singer,
aunque me pinche el alma uniendo los retazos.
Repetir sobre la arena los versos de Alfonsina,
escuchar a Alfonsín recitando el preámbulo,
amar a hombres que se irán por el mundo.
Me gustaría volver a mi casa de niña,
retener la belleza de los patios frutales,
grabarme la inocente demora de la infancia
y el sueño de los pueblos que atraviesan la historia.
Amigo de al lado
Tenía un Winco y escuchaba Léon Gieco,
le gustaban los Beatles,
adorábamos la banda de caballos cansados
y a su padre campesino.
Nos robábamos besos entre los alambrados
sin saber.
En la puerta de su casa,
sentados sobre el tronco que hacía las veces
de banquito, esperábamos
a que volviera a sonar el tocadiscos.
Todos se habían ido
con la música a otra parte.
El día que murió Perón
¿Estábamos en cuarto o en quinto
cuando murió Perón?
Fue uno de esos días que caía una lluvia
vertical y sistemática
como si fuera un registro de cifras indeseables.
En aquellos tiempos, casi todas las calles del pueblo
eran de tierra,
nadie quería salir cuando el agua borraba los detalles
de la acera.
Camino al almacén podíamos ver
por las ventanas abiertas de los vecinos
brotar de las pantallas multitud de paraguas.
Al otro día, en la escuela,
bajaron la bandera a media asta,
hicimos un minuto de silencio y sobre el pupitre,
cantamos a capella.
Una sola vez canté la marcha peronista,
el día que murió Perón.
Poemas del libro de la autora: País niño
Norma Etcheverry
La Plata, Buenos Aires, Argentina
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