Yo escribí cinco poemas en Irlanda
bajo su cielo generalmente tormentoso
y vi llover no sé cuántas veces, siempre
a resguardo, con mi café cortado o mi cerveza,
entre papeles, historias, y un paisaje que se abría.
Otra es la vida, otros los gestos, me dije,
y me detuve en los versos de las poetas
que hablan del amor y de la guerra
interminable y de la hambruna. Ellos saben, me dije;
sufrieron durante siglos la colonia y sus desprecios.
En fin, ellos también vieron partir al Titanic
desde su puerto sur y saludaron. Saben,
y son calmos como sus horas, y sin el industrioso
decorado de la Europa que brilla desde lejos.
Entonces, en esa confianza simple, entre sus tierras
onduladas, en la noche, tomando mate
y fumando, pensé en mi vejez y en mi soledad,
bajo el graznar lejano de los cuervos.
Oyendo el mar
Sur de Roma, solo en el balcón,
donde el aquietado mar resuena
confidente, y pensando, pensando
en horas vagas, donde la sonrisa
de mi madre se aparece; entonces
doy otro sorbo a mi cerveza y miro
el cielo grave, de tonos imposibles.
Nettuno, en la noche, sábado
Langston Hughes Street
Hay una calle arbolada en el Harlem,
que a cada momento lo recuerda;
yo la caminaba en las mañanas frescas
antes de ir por mi café, bajo el sol tímido,
en el pub de la esquina de Luther King y Malcolm X,
algunas veces con Henry y con Myriam,
quienes, cuadra a cuadra, me iban adentrando
en una lucha de todas las horas y todas las pasiones,
que incluía a sus poemas y a quienes hoy son ausencia,
Countee, el maestro Arna, Ethel, William…,
mientras nos íbamos mirando a los ojos
abrazados por una historia que siempre lo fue
a pecho descubierto, brazos febriles y corazón pleno,
contra los crudos inviernos blancos de nieve
y los fríos más fríos.
Poema de las seis palmeras
A Caurantica se podía llegar caminando,
a la hora en que el sol aún no quemaba, bien pegados
a la banquina, al costado de los terrenos pedregosos,
y mirando allá al oloroso, infinito mar en las subidas.
Siempre era emocionante descubrirlo en su brillantez,
cada día con un tono distinto, como los tonos
de nuestras vidas, tan sacudidas y solas estos meses.
Hasta que después de atravesar La Salina
y cruzarnos con algunos cochinos sueltos y alguna
rápida lagartija, arribábamos a la playa más insólita,
rica en destellos varios y en murmullos,
encendíamos un cigarrillo y nos poníamos a admirar
con el tiempo a favor, y lejos ya de todos
los desconciertos y acechos del mundo,
a la increíble, relumbrante maravilla.
Lecuna y Baralt
Desolaciones, nuevos paisajes, cielos tórridos--
mientras el autobús avanzaba por la autopista
bajo los altos reflectores de luces amarillas,
próximo a entrar a la terminal, seguro semidormida.
Entonces, recuerdo, pensaba en mi madre
y siempre en las calles de mi país muy lastimado.
Tomaba un café o dos, entre mendigos
y noctámbulos, con sus frentes sudadas,
y aguardaba el clarear de la ciudad de mala fama,
sin comprender mucho en dónde estaba.
(Los exilios de alguna forma nos dejan en el aire,
como levitando; ¿en cuál mar desembocará
esta historia que parece sin ley y sin medida?)
La avenida Lecuna, con sus comercios, se extendía
aún en sueños, bajo la mañana que ya se prometía
olorosa a monóxido, a café largo y frituras.
Primeros tres poemas pertenecen al libro del autor: 'Luces de la orilla', textos escritos en Buenos Aires en 2024, a excepción del que lleva data al pie. Poemario a editarse en breve.
Últimos dos poemas, del libro: 'Semeruco. De Güiria a Maracaibo'. Ediciones Lexia, Rosario 2023.
Eduardo Dalter
Buenos Aires, Argentina
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