sábado, 13 de junio de 2026

Eduardo Dalter

Días de lluvia 

Yo escribí cinco poemas en Irlanda 
bajo su cielo generalmente tormentoso 
y vi llover no sé cuántas veces, siempre 
a resguardo, con mi café cortado o mi cerveza, 
entre papeles, historias, y un paisaje que se abría. 
Otra es la vida, otros los gestos, me dije, 
y me detuve en los versos de las poetas
que hablan del amor y de la guerra 
interminable y de la hambruna. Ellos saben, me dije; 
sufrieron durante siglos la colonia y sus desprecios. 
En fin, ellos también vieron partir al Titanic 
desde su puerto sur y saludaron. Saben, 
y son calmos como sus horas, y sin el industrioso 
decorado de la Europa que brilla desde lejos. 
Entonces, en esa confianza simple, entre sus tierras 
onduladas, en la noche, tomando mate 
y fumando, pensé en mi vejez y en mi soledad, 
bajo el graznar lejano de los cuervos.


Oyendo el mar 

Sur de Roma, solo en el balcón, 
donde el aquietado mar resuena 
confidente, y pensando, pensando 
en horas vagas, donde la sonrisa 
de mi madre se aparece; entonces 
doy otro sorbo a mi cerveza y miro 
el cielo grave, de tonos imposibles. 

                                                      Nettuno, en la noche, sábado 


Langston Hughes Street 

Hay una calle arbolada en el Harlem, 
que a cada momento lo recuerda; 
yo la caminaba en las mañanas frescas 
antes de ir por mi café, bajo el sol tímido, 
en el pub de la esquina de Luther King y Malcolm X, 
algunas veces con Henry y con Myriam, 
quienes, cuadra a cuadra, me iban adentrando 
en una lucha de todas las horas y todas las pasiones, 
que incluía a sus poemas y a quienes hoy son ausencia,
Countee, el maestro Arna, Ethel, William…, 
mientras nos íbamos mirando a los ojos 
abrazados por una historia que siempre lo fue 
a pecho descubierto, brazos febriles y corazón pleno, 
contra los crudos inviernos blancos de nieve 
y los fríos más fríos. 


Poema de las seis palmeras 

A Caurantica se podía llegar caminando, 
a la hora en que el sol aún no quemaba, bien pegados 
a la banquina, al costado de los terrenos pedregosos, 
y mirando allá al oloroso, infinito mar en las subidas. 
Siempre era emocionante descubrirlo en su brillantez, 
cada día con un tono distinto, como los tonos 
de nuestras vidas, tan sacudidas y solas estos meses. 
Hasta que después de atravesar La Salina 
y cruzarnos con algunos cochinos sueltos y alguna 
rápida lagartija, arribábamos a la playa más insólita, 
rica en destellos varios y en murmullos, 
encendíamos un cigarrillo y nos poníamos a admirar 
con el tiempo a favor, y lejos ya de todos 
los desconciertos y acechos del mundo, 
a la increíble, relumbrante maravilla.


Lecuna y Baralt 

Desolaciones, nuevos paisajes, cielos tórridos-- 
mientras el autobús avanzaba por la autopista 
bajo los altos reflectores de luces amarillas, 
próximo a entrar a la terminal, seguro semidormida. 
Entonces, recuerdo, pensaba en mi madre 
y siempre en las calles de mi país muy lastimado. 
Tomaba un café o dos, entre mendigos 
y noctámbulos, con sus frentes sudadas, 
y aguardaba el clarear de la ciudad de mala fama, 
sin comprender mucho en dónde estaba. 
(Los exilios de alguna forma nos dejan en el aire, 
como levitando; ¿en cuál mar desembocará 
esta historia que parece sin ley y sin medida?) 
La avenida Lecuna, con sus comercios, se extendía 
aún en sueños, bajo la mañana que ya se prometía 
olorosa a monóxido, a café largo y frituras. 


Primeros tres poemas pertenecen al libro del autor: 'Luces de la orilla', textos escritos en Buenos Aires en 2024, a excepción del que lleva data al pie. Poemario a editarse en breve. 
Últimos dos poemas, del libro: 'Semeruco. De Güiria a Maracaibo'. Ediciones Lexia, Rosario 2023.
Eduardo Dalter 
Buenos Aires, Argentina

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Muchas gracias por pasar por aquí.
Deseo hayas disfrutado de los textos y autores que he seleccionado para esta revista literaria digital.
Recibe mis cordiales saludos y mis mejores deseos.
Analía Pascaner