sábado, 13 de junio de 2026

Graciela Pucci

Distopía

  Las alas del amanecer desperezaron los párpados de Eugenia, obligándola a dejar atrás algunas imágenes de un sueño raro. 
   Los ojos de la habitación permanecían cerrados, la oscuridad era penetrada por un incipiente rayo de luz. 
   Una música con acordes de lluvia trepó a sus oídos invitándola a seguir disfrutando de las imágenes oníricas, pensó que, si seguía soñando, podría usarlas en alguno de sus cuentos. 
   Acomodó la almohada, abrazándola, se disponía a dormir, pero el sonido del teléfono celular no se lo permitió. 
   No quería abandonar la calidez de su nido-cama-almohada, pero a la vez la curiosidad la atenaceaba. 
   Tomó el celular, apenas pudo ver sin sus anteojos, tenía un mensaje de alguien que no figuraba en sus contactos. No le dio importancia, se acomodó y quiso entregarse nuevamente al sueño.  
    No pudo. 
   Los acordes de lluvia fueron acompañados por aullidos de viento y la música mansa se tornó un sonido ensordecedor. 
   Definitivamente abandonó la idea de volver a dormir y así intentar zambullirse en las imágenes de ese sueño que tanto la habían motivado. 
   Se acordó del mensaje en el celular, con los anteojos puestos lo leyó, pero ¿de quién era? De pronto reparó en la foto de perfil, estaba demasiado pequeña como para reconocerla, pero estaba segura de que era él. Sí, definitivamente, al agrandar la imagen, vio que era Omar, en el mensaje le preguntaba si ella había estado caminando por la calle Florida, que el día anterior le había parecido verla, que por eso le había escrito. 
   El texto del WhatsApp también era extraño, comenzaba con un “che”, sin saludo previo, ni un “¿cómo estás?, tanto tiempo…”. 
   Eugenia dejó el teléfono, se desperezó, por un rato siguió escuchando el rumor de la lluvia devenida en llovizna. Un día así invitaba a quedarse en la cama. No estaba segura si responder el mensaje, pero finalmente escribió: ¿sabés a quién le estás enviando esto? Porque yo no estuve en la calle Florida, habrá sido un clon o tal vez un holograma
   La respuesta de Omar fue inmediata y autorreferencial, contando sus pesares, sin preguntar siquiera cómo había sido la vida de ella en esos 15 años transcurridos sin comunicación alguna. 
   Eugenia se quedó mirando el celular por unos instantes, luego lo arrojó a un costado, se preguntaba cómo tantos años de silencio se habían deshilachado en ese mensaje trivial. 
   Volvió a tomar el teléfono y eliminó el chat. 
   El viento sur, danzando con las gotas de una lluvia persistente, ayudó a borrar definitivamente todo vestigio de la historia vivida con Omar hacía más de veinte años y que, se lamentaba, ese mensaje había traído de nuevo a su mente. 
   Eugenia abrazó la almohada, acunada por el rumor del clima de otoño en primavera, quería volver a dormir. 
   Intento que no fecundó porque se dio cuenta de que lo extraño no había sido su sueño si no el mensaje recibido después de quince años de silencio total. 
   De un salto llegó hasta su computadora, la encendió y comenzó a escribir ese nuevo cuento. 
   No necesitó recordar lo que había soñado, un mensaje de WhatsApp resultó ser más distópico que su sueño interrumpido. 


Graciela Pucci 
Buenos Aires, Argentina 

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