jueves, 15 de noviembre de 2018

Graciela Bucci


Tapar para no ver

Cuando se dieron cuenta de que eran niños, ya era tarde para apartarlos del horror de una guerra que no les pertenecía. G.B.

hay un recelo extraño en la hosca mirada
la niñez se ha entretejido  difusa y eventual
en milenios de luchas infructuosas

las manos aún pequeñas
reflejan arañazos que propinó la vida
esa que acorta sin piedad los años cortos

un sesgo indescifrable ciñe la boca sucia
y alguna salpicadura carmesí que no le pertenece
el pelo enmarañado  el pertinaz entrecerrar del negro de los ojos

detrás del cuerpo apenas cuerpo hay una bruma que lo cubre todo
un polvo inesperado   empaña los colores del vestido
o lo que hoy queda de él
la tela aún le permite conservar el pudor al cuerpo niño

en medio de esos brazos   cobijada   sostiene una muñeca
que quizá no es la suya
tal vez es de otra vida más corta que la suya   niña de ojos oscuros
la que ha dejado huérfano   a un lado del camino al ser inanimado que reclama caricias
ella fue mancillada
sus ropas ausentes lo demuestran y sus manos de trapo con dedos amputados
no importa si la dueña es la niña de oscuros ojos negros
ella recuerda bien    a pesar del martirio
cómo es eso de acunar al indefenso
darle calor librarlo de la crueldad humana

no ha perdido del todo la niñez   aún hay brillo en sus ojos
se apiada           se conduele
se aferra al único objeto tan afín a ella misma que conserva a su lado
y en un gesto que habrá tomado tal vez unos segundos de un reloj que hace trampas
tapa los ojos falsos con dos manitos de anciana prematura
para evitar que la muñeca
tan similar a ella     tan casi niña    tan llena de desierto
pueda ver el odio  la infamia o  el horror que las rodea
a la que aún late sin atreverse al grito vano
y a la que copia humanidad con cuerpo trunco 

pero no importa eso  
la inerte tiene algo invalorable
ha sido bendecida con dos gracias:
no posee          ni alma ni memoria.


Del libro de la autora: Basta de mordazas

Graciela Bucci
Buenos Aires, Argentina

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