El día que me olvide de tu nombre
El día que me olvide de tu nombre
se quebrará mi mundo
en mil
fragmentos
porque cada palabra
volverá a ser
lo que era.
Un árbol de sonidos extranjeros
una furia de
ruidos
o una cadencia oculta
en las ondas
del agua
en las huellas de un pájaro
en el
cielo.
Nada tendrá sentido
¡y nada será
cierto!
El día que me olvide de tu nombre
habrás muerto dos veces
de dos pequeñas
muertes
y no sabré dónde enterrar tu
ausencia
¿Debajo de aquel árbol
donde la tarde dibujaba
sueños?
¿Dónde enterrar la soledad oscura
para que todo no se
vuelva negro?
El día que me olvide de tu nombre
olvidaré también
que estoy viviendo…
El niño
que nos mira
El niño que nos mira desde un
andén vacío
es como un equipaje
que alguien ha abandonado.
Sueños
sin esperanza.
Música sin destino.
Futuro indescifrable de páginas
en blanco.
¿Cómo olvidar sus ojos donde el
azul se apaga
cubierto de cenizas?
Cielo que hemos perdido…
¿Cómo olvidar sus manos que
crecieron a golpes
y la tierra inclemente sobre sus
pies desnudos?
Le prometieron vida desde una
sucia cuna.
Mamó la leche amarga
de unos pechos vacíos
y en el agua lodosa de charcos
malolientes
jugó en tardes de invierno,
nadó en tardes de estío.
La puerta de su casa no tiene
cerradura.
La puerta de su alma
sufre siete candados.
¿En quién puede confiar un alma
traicionada
si de tanta inocencia
no nos hacemos cargo?
¿Cómo olvidar sus ojos y su mano
extendida?
No alcanza una limosna para
tanto abandono.
Se turba la conciencia cuando en
esas pupilas
a veces, una lágrima, grita: ¡Yo
te perdono!
Algún día será (niño de ojos
cansados)
un hombre como tantos,
crucificado y vivo
entre amores y sombras, dolores
o pecados
y llevará la imagen del cielo
que perdimos
en la carita triste
de un niño abandonado.
Bebe la noche un agua misteriosa
“la
noche hace una casa
negra, pura y de todos…!
Idea Vilariño
Bebe la noche un agua misteriosa
de lágrimas y vino.
Bebe un licor añejo
de palabras gastadas.
Un amargo brebaje
de sueños sin sentido.
Devora hambrienta y muda
los despojos del día.
Hasta saciarse bebe
la sangre del fracaso
y muerde adonde duele,
donde no llega nadie,
como un mastín rabioso
de dientes amarillos.
Alguna vez la noche
fue un tiempo de suspiros
y amor en la penumbra.
Fue el viejo simulacro
de fuegos y paredes.
Fue un canto adormecido
entre las manos
y una sonrisa por la madrugada.
Tuvo el lento perfume
de alguna primavera.
Se pobló de susurros,
de promesas vacías
y huyó como un ladrón,
por la ventana…
Inútil esperarla en nuestro
lecho.
Ya la hemos perdonado.
¿Para qué recordarla?
Octubre 2009
Ana María Godoy
Banfield, Buenos Aires, Argentina
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