miércoles, 11 de noviembre de 2015

Norma Costanzo

El confesionario

No sé porqué, pero cuando las noches son más profundas e impenetrables, con el suave frío cubriéndolo todo como un manto mágico, se presenta la ocasión de reunirse entre amigos para degustar algo rico con un buen vino tinto de aquellos que parecen gotas de rubíes.
Así disfrutábamos aquella noche cuando distraídamente comentamos acerca de sucesos paranormales. Es un tema que gusta pero se siente cierto respeto por el mismo.
Cada quién contó alguna que otra historia relacionada con el tema, todos hechos, según ellos, ocurridos en los parajes un poco apartados de la población.
Cuando me tocó el turno, no pude menos que relatar lo que había visto en una capilla hecha en piedra, casi sobre el borde del camino que va desde mi pueblo al pueblo vecino.
Cierto día, viajando hacia el norte, a unos dieciocho kilómetros, alcancé a ver al costado de la ruta, una capilla totalmente de piedra, abandonada, cubierta de un musgo color marrón, y rodeada de un pastizal que tapaba casi la totalidad del pequeño edificio.
Me sorprendí muchísimo ya que siempre iba hacia aquellos lados pero jamás la había visto.
La curiosidad pudo más que la cordura, así que paré el auto en la banquina y caminé hasta cruzar el alambrado para verificar si era real o no.
Sí, era verdad, estaba allí como algo abandonado, totalmente solitaria y triste. Tenía solo dos ventanas de madera desteñida por el tiempo y al frente, una puerta que se notaba que hacía mucho que nadie la abría. La cruz que identificaba al edificio, estaba caída perdida entre la maleza.
A pesar de estar impresionada, empujé suavemente la puerta y ésta cedió ante mis deseos.
No me atrevía a entrar, confieso que a veces el miedo me puede, pero atiné a dar el primer paso para ver su interior, todo estaba oscuro y solo se escuchaba un silencio sepulcral.
Cuando pude acostumbrar mis ojos a las tinieblas reinantes, noté que allí no había nada, ni bancos, ni altar y mucho menos ornamentación religiosa.
El corazón me latía a cien, porque sí había algo, algo que no podía definir pero que paralizaba todo mi cuerpo y hacía trabajar mi mente a pasos agigantados.
En un momento giré la cabeza y detrás de mí había una casilla de madera antigua que se usaba para las confesiones.
El confesionario viejo comenzó a crujir como si alguien estuviese adentro. La sangre se me heló.
De pronto distinguí algo que se movió, era un ser extraño, horrible, peludo, ojos rojos como el fuego y un par de cuernos coronaba la inmunda cabeza.
Inmediatamente pensé en el diablo, quise salir corriendo, pero un bramido de terror me paralizó en el lugar.
Creo que me desmayé. Cuando recobré la cordura estaba completamente sola, tirada sobre el pasto y ni rastros de la vieja capilla.
Regresé al auto y confundida regresé a mi casa olvidándome del viaje a la población vecina.
No pude dejar de pensar en este hecho tan raro y espeluznante, yo les aseguro que jamás tomé drogas, que no estaba bajo el efecto de ninguna medicación y mucho menos, alcohol.
No conté nada de este suceso, solamente hice algunas investigaciones con personas de mucha edad para saber si en ese paraje aconteció alguna vez algún hecho extraordinario. Obtuve respuestas positivas con don Eugenio, un viejito nacido en la zona y recordaba que cierta vez un sacerdote venido de otro lugar, se dedicó a enseñarles el catecismo a un grupo de indios y que en agradecimiento acarrearon piedras toscas para levantar una capillita para honrar al Señor, hasta que un malón de otra tribu, destruyeron todo y mataron a los nuevos cristianos junto con el ministro de Dios. Entre los caídos, atrapado por el derrumbe de las piedras, muere también el jefe del malón enemigo que era un verdadero diablo. Antes de expirar juró que siempre estaría de guardia para que nadie vuelva a levantar una capilla en ese lugar.
Até cabos y solo deduje que el indio malvado seguramente murió atrapado dentro del confesionario.


Norma Costanzo
Villa Ocampo, Santa Fe, Argentina

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