miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cristina Villanueva

Leer

Leer es una gracia, habitarse de lo lejano, lo distinto. Leer es una forma de escribir, jugar con el texto. Pasión en la belleza de leer con otros. Compromiso, en la lectura interior en la que también estamos acompañados. El lenguaje es de todos, un legado que recibimos y que damos. El lenguaje que es vivo y cambia, regalo del tiempo, que seguirá andando sin nosotros. En el placer de leer están las ciudades, los paisajes, los hombres, las mujeres, los niños, las guerras, lo maravilloso y lo nefasto. Es el poema, los sentidos, los pensamientos. Leer es el silencio, cuando hay un blanco en la página, cuando levantamos la mirada al cielo, cuando la imaginación perfora los techos y surgen las complejidades, lo brumoso, lo cálido. Si tenemos el libro en la mano o adentrado no necesitamos el permanente ruido de los medios que nos quieren robots. Leer es complejizar, es la vida, el eros. La muerte, tánatos, desanda, desarma, simplifica. Leer es un abrigo, el calor de saber que lo que leemos y recordamos estará salvado para siempre de las hogueras de todas las dictaduras.
Los libros son compañeros del alma, recordar a Miguel Hernández, la guerra civil española, la Lengua de las Mariposas y llorar, llorar, llorar.   


Una buena mandarina

Con los ojos cerrados toca la cáscara apenas rugosa, la desprende. La fruta desnuda se abre en gajos. Los hilos distraen o adornan el jugo dulce, son como vías que guían a los labios, protegen o anticipan la pulpa naranja.
Ella abre los ojos, los caminos llevan al olor, se pregunta por los restos de esa iluminación sensorial. Arman una pintura, el ojo y el sol de la fruta se miran.
No hay más que la música del jugo del sol en el interior del cuerpo.


Sociedad de Consumo

Le resultaba tan difícil hacer duelos que hasta le daba nostalgia cambiar el termotanque.
Pensaba tantas lluvias tibias y piscinas bañeras.  
Se deshacen los hilos de la historia.
¿Y cómo hacer con el alma que está empotrada?


¿A quién le preguntó?

A veces me parece que anduve por la vida con una memoria vaporosa, una gasa para la red de cazar epifanías, agarrándose trocitos de sol oliendo a sol, o besando la roja ebullición de la Santa Rita en el cielo de mi patio. Cazando con los ojos, o imaginando que lo veía, al quetzal tan buscado entre los árboles altos del parque nacional. Mojada la memoria en la lluvia que borda un encaje para la hoja verde. Él se acordaría del resto, la precisión de las fechas y los itinerarios. Ahora no puedo olvidar la llave salvo que quiera dormir a la intemperie. ¿Y si la intemperie fuera esto: no poder compartir los recuerdos?


Camila O Gorman
Amores rebeldes

Camila escribe cartas, pero sobre todo una historia de amor no convencional. ¿Puede ser el amor encerrado entre los muros de las convenciones? A ella y al cura Ladislao los matan por haberse atrevido. Ella estaba embarazada. A la iglesia no le preocupó la vida por nacer. Está claro que lo que la iglesia persigue en ellos es el placer y el amor ya nacidos.


Anudados

Cintas que desnudaban en un solo movimiento el camino de la vida. La vida como un cuento. La luna desataba fulgores que impregnaban tonos de sorpresas líquidas. Como fragmentos plateados, luces, guijarros de belleza, invadían todo. Ellos se daban a la noche como al agua los peces.


Mujeres que escriben 

Quiero hacer un pequeño homenaje a las mujeres que han sacado tiempo del sueño para intentar un poema o las cartas que atravesaron el mar con sonrisas y secretos. Las que ingresaron con un tropel de sueños a los estudios, a la política, a la vida misma. Escribieron cuadernos de clase, volantes, recetas de cocina, artículos en revistas estudiantiles, barriales y graffitis. Hay mujeres que en tiempos terribles perdieron hasta el cuerpo (desaparecido) para dejar inscripta una palabra de lucha.
No me refiero solamente a escritoras, las mujeres que escriben son un infinito universo buscando sus voces y sus brillos a través del tiempo.


Cristina Villanueva
Buenos Aires, Argentina

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