lunes, 24 de agosto de 2009

Ariel Suárez

-Rosario, Santa Fe, Argentina-

Balance

A los treinta años, Alberto, dueño de un frigorífico y hombre de familia, decide hacer un balance de su vida coincidiendo con el cercano fin de año.
“Vos tenés una vida, no una empresa. ¿Balance de qué?”, le digo.
Días después me lo encuentro. Se lo veía mal, como envejecido diez años en diez días. “¡Ariel! ¡Tenías razón! ¡Hice un balance y terminé en convocatoria de acreedores! ¡Mi vida es un lío!”.
Pasa el tiempo y a los cuarenta años Alberto decide hacer otro balance de su vida. “Ya sé lo que pensás -me dice- pero todo va a estar bien”.
Cuando lo volví a ver, tenía un sobre para mí en una mano, una pistola en la otra y los sesos estampados en la pared de su oficina. Abrí el sobre y leí la nota: “¡Ariel! ¡Me pidieron la quiebra!”


Propiedades

Valeria me invita una taza de té verde mientras me cuenta las maravillosas propiedades que tiene para la salud. “Mirá -me dice-. Leé esto”, y me da una revista donde se habla de las increíbles propiedades del té verde y sus poderes sanadores más las recetas para varias mezclas con otras bebidas. Una llama mi atención: té verde con vodka. “Che, pero... ¿esta mezcla no anula las propiedades?” pregunto yo. “¿Las propiedades del té o del vodka?” dice ella, entre risas.
Decidimos probarlo: un litro de té, un litro de vodka.
Cuando despierto, tengo el cerebro hecho pedazos y la certeza de que -¡Gracia' a Dio'!-, con la mezcla, el vodka no pierde sus propiedades.
¿El té verde? ¿A quién le importa el té verde?


El año del Mono

Alfredo nació en marzo de 1968 y cada 11 años, como lobizón en luna llena, se transformaba debido a la llegada del año del Mono.
En el inicio del 2004 comenzó un trabajo nuevo donde ganaba el triple y cambió a su mujer por una joven amante diez años menor que él. Su armonía interior y su capacidad intelectual eran cosas nunca vistas. Su reputación no podía estar más alta.
En enero del 2005, Alfredo recibió el telegrama de despido, su amante lo dejó por un muchacho diez años menor que ella, su armonía interior se mantenía a base de Valium y su inteligencia parecía la de un chico Down. Sin contar un repentino y creciente cariño por el whisky. Su reputación no podía estar más baja.
La vida había vuelto a ser la misma mierda de siempre. Como Cenicienta después de la medianoche.


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Las ideas, como las pulgas, saltan de un hombre a otro. Pero no pican a todo el mundo.
Stanislaw Lem


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Analía Pascaner