miércoles, 6 de junio de 2007

Rodrigo Morales

Problemas con los niños

Malena salió de la casita donde vivía con su marido y sus dos pequeños hijos para dar un largo paseo a solas. Estresada por sucesivas e interminables jornadas de tareas maternas, que habían empezado con el nacimiento de su hijo mayor, Malena empezaba a sentir las articulaciones como si las tuviera rellenas de vidrio molido. Al comenzar la jornada había sufrido un desagradable estupor al contemplar su rostro en el espejo del botiquín del baño y descubrir notorias ojeras. Por eso había dejado los niños al cuidado de su marido, que ese día no tenía que trabajar, y había salido sola después de amamantar a la diminuta pero estridente Tania. Confiaba en que un poco de aire, movimiento, soledad y libertad la ayudarían a recuperarse y le procurarían un buen sueño esa noche.
La mañana estaba nublada y calurosa. Era el día en que terminaban las clases: no le sorprendió ver la plaza principal colmada de estudiantes con ánimo festivo, que alfombraban las veredas con hojas arrancadas de sus carpetas y se mojaban como si fuera carnaval. Para huir del bullicio adolescente, se fue alejando progresivamente del centro de la pequeña ciudad hasta llegar al parque, un gran espacio verde donde la gente acudía a practicar deportes. Caminos flanqueados de gramilla, cada vez más silenciosos y apartados, la condujeron al corazón mismo del parque: un pintoresco circuito para bicicletas donde ella y su marido habían llevado a Pablo en cierta ocasión. Con su pañuelo secó el agua de los cerámicos anaranjados que decoraban un banco de concreto y sin respaldo. Se sentó en éste mientras recordaba el solemne golpe que Pablo se había propinado al chocar contra una de sus esquinas. Ahuyentó de encima el mal recuerdo, que sin embargo persistía en la frente de su hijo en una marca con forma de cuña, y notó que estaba totalmente sola en el parque.
Esa madrugada había llovido; se respiraba aire puro y húmedo. La gramilla que tapizaba el suelo estaba mojada, como también las hojas de los árboles cercanos. Se quitó las sandalias que su marido le había comprado en la Navidad pasada, y asentó los pies en el suelo, dejando que el barro se colara por entremedio de sus dedos y le refrescara la planta de los pies. El silencio que la rodeaba se hizo absoluto. Tuvo deseos de echarse sobre la gramilla para recuperar las horas de sueño que los berridos de Tania le habían arrebatado la noche anterior. Pero se contuvo. Tenía un vestido de tela fina, con predominancia de blanco, y no quiso estropearlo. Se conformó con acostarse boca arriba sobre el banco, cuyos cerámicos le transmitieron frío a sus brazos y a la parte de atrás de las rodillas, y cerró los ojos mientras balanceaba en el vacío los pies descalzos, embarrados y con gramilla. Sorprendentemente la dureza del banco resultó más reparadora que el alto y mullido colchón de su cama matrimonial. La columna vertebral se le enderezó como por arte de magia, relajó la máxima cantidad de músculos que le fue posible y respiró hondo. Por primera vez en varias semanas estaba logrando algo aproximado a un descanso.
Así continuó varios minutos, y se habría dormido si no hubiera llegado hasta sus oídos el bullicio adolescente del cual había intentado alejarse en el centro de la ciudad. Mala suerte, pensó. Este lugar es el mejor a la hora de los besitos a escondidas. Sin abrir los ojos intentó calcular cuántos eran, que edad tenían y qué tan cerca de ella estaban.
-Ya tengo que irme –decía una chica.
-Todavía no. Quedáte.
-No. Les estoy pinchando el globo.
-Nada que ver.
Por algún oculto motivo los ojos de Malena se abrieron de par en par al escuchar esa última frase. Antes de mirar a su izquierda ya sabía que eran dos chicas y un muchacho, y que estaban rotundamente calientes. No la habían visto, más por estar entretenidos en sí mismos que por la distancia, que ciertamente no era mucha. Malena veía a las jovencitas de perfil, pero el cuerpo de una de ellas le obstruía la visión del muchacho. Ningún árbol se interponía entre ella y los críos, que no parecían tener más de diecisiete años. Sus camisas escolares, rayoneadas de nombres y garabatos a más no poder, estaban exageradamente mojadas y adheridas al cuerpo.
-No puedo quedarme.
-Hagamos una cosa –insistió el muchacho-. Si ella te saca el broche de la camisa con la boca, te quedás.
Inmóvil, tan rígida como el concreto que le servía de cama, Malena vio como una chica rubia y esbelta permanecía de pie mientras su amiga, morena y robusta, se arrodillaba ante ella. Malena imaginó las rodillas, desnudas bajo la falda plisada, ensuciándose como sus propios pies se habían embarrado hacía unos pocos instantes. El muchacho las miraba inmóvil como una estatua. La jovencita morena asentó el rostro en el vientre de la rubia, y así permaneció unos instantes, pero cuando despegó el rostro Malena no vio el momentáneamente célebre broche entre sus dientes.
-No puedo sacarlo. Es muy difícil hacer esto con los dientes.
-Probá de nuevo –dijo el chico, con una tensión helada en la voz.
La muchachita morena volvió a sumergir la cara en el vientre cubierto a medias por la camisa celeste y rayoneada. Rotó la cabeza en distintos ángulos, pero infructuosamente, porque volvió a sacarla sin nada entre los dientes. Se incorporó con las rodillas tan sucias como Malena las había imaginado.
-Está muy duro –dijo.
-Qué lástima –dijo la rubia-. Me voy a tener que ir, nomás.
-Me merezco una recompensa –dijo la jovencita morena-. Por todo lo que traté de sacarte el broche. ¡Mirá mis piernas!
-¿Qué recompensa querés? –preguntó la rubia.
Abrumada por un espontáneo estremecimiento en los hombros que no logró justificar, Malena movió los labios sin emitir un sonido, pero escuchó que el muchacho pronunciaba las mismas palabras que ella estaba pensando:
-Besála. En la boca.
Fue como si los objetos perdieran sus contornos, el parque se volvió difuso y ondulante, como el despertar de un bello sueño, y algo se deshizo para siempre en el pecho de Malena. El muchacho apoyó las manos en las nucas de sus amigas, sin prepotencia, sin prisa ni dudas, y repitió lo que tanto él como Malena ansiaban ver más que nada en el mundo.
-Bésense en la boca.
Presionó las manos, impulsando con suavidad las cabezas de las chicas hacia un centro imaginario. Ellas se dejaron guiar hasta el punto de contacto, donde sus lenguas se encontraron con avidez y sin pudor. Se besaban calurosamente, con los ojos entornados, con las manos alertas a los costados del cuerpo, con una destreza que demostraba que no era la primera vez que lo hacían. Daba la impresión de que el beso duraría todo lo que el muchacho quisiera, y una temblorosa Malena le rogó a Dios que continuaran. Pero el único dios que estaba en el parque en ese momento era el muchacho, y sin soltar las nucas de sus amigas se unió al beso, repartiéndose entre ambas por igual.
-¡Ay! –gimió Malena, con los ojos brillantes y húmedos-. Pendejos de mierda. ¿Qué me hicieron?
Ellos habían terminado de besarse. No porque se hubieran percatado de su presencia, sino porque las chicas se habían sentido incómodas con la intervención de su amigo.
-Demente –protestó la jovencita morena-. ¿Por qué te metiste? La estábamos pasando bien.
-Ustedes sigan –dijo la rubia-. Yo ya me tengo que ir.
Antes de que la rubia se alejara, Malena se sentó en el banco, se puso las sandalias y se incorporó con rapidez. Ahora los chicos notaron su presencia, y la muchachita morena fue la única que liberó una risita nerviosa; sus dos amigos miraron para otro lado. Sin prestarles atención, porque ya había obtenido lo único que podían darle, Malena empezó a caminar en sentido opuesto a ellos. Se acomodó el pelo, suponiendo que la miraban, y se preguntó si esa mañana su marido también habría tenido problemas con los niños.

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Escribir es una forma particularmente intensa de estar vivo. Los momentos difíciles para mí son los que están entre los momentos en que escribo. En esos momentos deambulo como un hombre muerto; un hombre muerto con una sonrisa cortés.
Steven Millhauser

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