miércoles, 6 de junio de 2007

Eduardo Galeano

Para la Cátedra de Literatura

Enrique Buenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de Cali, cuando un desconocido se acercó a la mesa. El hombre se presentó, era de oficio albañil.
-A sus órdenes, para servirlo -le contestó Enrique.
-Necesito que me escriba una carta. Una carta de amor.
-¿Yo?
-Me han dicho que usted puede.

Enrique no era especialista, pero hinchó el pecho. El albañil le aclaró que él no era analfabeto:
-Yo puedo escribir. Pero una carta así, no puedo.
-¿Y para quién es la carta?
-Para… ella.
-¿Y usted qué quiere decirle?
-Si lo sé, no le pido.

Enrique se rascó la cabeza.
Esa noche, puso manos a la obra.
Al día siguiente, el albañil leyó la carta:
-Eso –dijo, y le brillaron los ojos-. Eso era. Pero yo no sabía que era eso lo que yo quería decir.


El error

Ocurrió en el tiempo de las noches largas y los vientos de hielo: una mañana floreció el jazmín del Cabo, en el jardín de mi casa, y el aire frío se impregnó de su aroma, y ese día también floreció el ciruelo y despertaron las tortugas.
Fue un error y duró poco. Pero gracias al error, el jazmín, el ciruelo y las tortugas pudieron creer que alguna vez se acabará el invierno. Y yo también.

Del libro Las palabras andantes


La pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman: pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

De El libro de los abrazos

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Yo escribo para quienes no pueden leerme. Los de abajo, los que esperan desde hace siglos en la cola de la historia, no saben leer o no tienen con qué.
Eduardo Galeano

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Analía Pascaner