miércoles, 6 de junio de 2007

Horacio Pettinicchi

La Mariposa Roja

Tomo la lluvia en mis manos y la acaricio, me acuno en ella, la ciño fuerte contra mis pechos, secos ahora, abandonados ahora, huérfanos de tus manos.
Tus manos, fuertes, sólidas, ausentes, ávidas de espadas y sangre, necesitadas de otros pechos, duros, jóvenes, morenos tal vez.
Como mi piel ¿te acuerdas de mi piel? Qué poco duró todo, José.
Apenas si te pude dar un hijo, nada más que un solo hijo, a vos que tuviste cientos.
Con él me dejaste la oscuridad de tus ojos, las enmarañadas cejas que el tiempo irá agrisando, tus rasgos José, la hendidura en la mandíbula, fuerte, decidida.
Y las largas noches, el frío en el lecho, frío de ausencias que me ganaron de a poco y me congelaron la vida.
¿Dónde estás ahora? ¿En qué monte, en qué cuchillas seguís buscando la esquiva Patria que soñaste? ¿Qué gleba te acompaña, qué alzados o proscriptos te siguen esta vez?
Y yo tan sola, sola con mis miedos, con la ausencia de tus manos, con mis pechos huérfanos de tus caricias, tan sola como antes de conocerte. Qué poco duró todo, José.
Sola, inmersa en esta densa sombra que me abraza, fría como sudario, helada como el jergón donde paso mis noches, noches hechas de brumas y ausencias.
Sola, hasta que llegan ellas, y me hablan, y les hablo, les pregunto por vos, me cuentan de la Isabel, del machito que parió, me dicen como se parece a vos.
Ellas no dejan de hablarme de los hijos de tu sangre, de tu semen, y de los otros, hijos de tus sueños y tus trajines, gauchos de pata al suelo, desheredados y rotosos, ésos que te nombraron Protector de los Pueblos Libres.
Me susurran de las otras mujeres, de tus otros amores, y las entrañas se me hielan.
Y la bruma, ésta la bruma fría que me envuelve.
Mis manos heladas buscan atrapar al sol, lo acosan, lo persiguen por las encaladas paredes de la habitación donde me han recluido.
Busco atraparlo, busco meterlo dentro mío, busco su calor, para sentir en mis escarchadas entrañas el fuego que me sembrabas, José.
Escucho otras voces, duras, extrañas, voces que dicen de mi locura, que susurran nuestro parentesco, voces que te culpan de esta bruma.
Mentiras, José, mentira porque parí grande, mentira porque somos primos, mentira del pasmo cuando niña, mentira de tu ausencia.
Es que me falta el fuego, me falta el fuego que me enciende, el fuego que me sembrabas, y yo ardía, me ardía toda, me artigabas íntegra, José, como a la maleza antes de la siembra.
Voces, siempre las voces.
Voces duras que se van, voces suaves que regresan, voces que me dicen del Campamento de Purificación, de los andrajos que cubren tu cuerpo, joven aún, necesitado aún, de tus horas sentado en la descarnada cabeza de buey, gastando el chifle de ginebra. Me dicen de tus noches, de la Melchora Cuenca y de sus pechos, duros, jóvenes, que vos acariciabas, morenos como mi piel. ¿Te acuerdas de mi piel, José?
Me contaban, y yo me iba muriendo de a poco, como esta Patria, como tu sueño de una tierra poblada de hombres libres, como mi sueño, de tenerte, de tener tu fuego en mis entrañas. Qué poco duró todo, José.
Qué solo quedaste, qué solo cruzaste el río, qué solas tus manos, vacías de guerra, vacías de amor. Sólo acompañado por tu chaqueta colorada, por el Negro Ansina -tu viejo asistente- y yo, hecha mariposa, de rojas alas -como el fuego que no me dejaste- para seguirte.
Me hice sombra ese setiembre, para tapar las vergüenzas de los cien orientales cubiertos de harapos, que te seguían, me hice viento para secar lágrimas que rodaban, mirando la tierra que dejaban atrás.
Atrás, donde el implacable sable de quien confiaste se venía destruyendo tus retaguardias y destruyéndose, cubriendo su miedo de tierra colorada.
Al frente, el inconmensurable misterio de un Paraguay hermético, desconocido, pero libre, libre de toda extranjería.
País donde te internaste, te perdiste en él, con tus fantasmas, y tus sueños, derrotados a veces, pero no muertos, renacidos en cada hombre que aprende a decir no.
Y yo, pequeña mariposa roja, te seguí José, te seguí en el convento mercenario, soldado entre frailes poco duraste, te seguí a Caraguaty.
Con vos estaba, cuando te visitó nuestro hijo, huérfano de madre, con un padre que ya no recordaba, y que no sabía si eras un bandido o un oriental.
Con vos estaba cuando Blompland te trajo la Constitución del Estado Oriental, y libé tus lágrimas.
Con vos me engrillaron cuando murió Francia.
Y cuando te olvidaste de amanecer, mis alas, rojas como el fuego, rojas como el eterno sueño, se cubrieron de luto.
Y ahí estaba José, esperándote bajo el lluvioso cielo el día que tus pobres huesos cansados, montoncito de humanidad que se va haciendo polvo, desembarcaban en el viejo Montevideo.
Ahí estaba yo, la Matilde Borda, tu Matilde, con todo mi amor, con todo mi amor en las manos, como siempre José, esperándote.

Cuento premiado por Editorial Baobab (2005) con la edición de una Antología personal llamada La Mariposa Roja

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Soy las sombras que arrojan mis palabras.
Octavio Paz

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