viernes, 29 de noviembre de 2013

Robert Gurney

-St. Albans, Inglaterra-


El sueño

Estamos a finales de agosto
de mil novecientos cuarenta.

Estoy sentado en la mesa
tomando una cerveza
en un lugar que se llama
‘The Salisbury Arms’
que se hallaba en el pasado
en la esquina
de las Calles Windsor y Wellington.

No escucho otra cosa
que el tictac fuerte
del reloj de la patrona.

Hay un estruendo terrible:
una bomba de la Luftwaffe
da en el blanco,
el pub está en ruinas a mi alrededor
pero, no sé cómo,
estoy bien.

Cuando el polvo se disipa,
veo una señorita,
la “head girl”,
la primera alumna
de un colegio del barrio,
que andaba con mucho cuidado
por los escombros.

Ella ve a un hombre uniformado
sentado, silencioso,
bebiendo a sorbos.

“¡Lo viste también!”
le dijo a ella más tarde la patrona.
“Es el fantasma del bar.
Lleva años aquí”.

Parece que él estaba ajeno
a lo que le rodeaba,
tanto como lo era yo.

The Dream

It’s the end of August,
nineteen forty.

I am sitting at a table
having a beer
in a place called
‘The Salisbury Arms’
which once stood on the corner
of Windsor and Wellington Street.

All I can hear
is the loud tick-tock
of the landlady’s clock.

There is a terrible roar:
a direct hit
from a Luftwaffe bomb.
The pub lies in ruins around me
but, somehow,
I am all right.

When the dust clears,
I see a young lady,
the head girl
of a local school,
picking her way
through the debris.

She sees a man in uniform
sitting quietly,
sipping his drink.

“You saw him too!”
the landlady of the pub
says to her later.
“He’s the pub ghost.
He’s been here for years.”

It seems
that he was oblivious to it all,
as was I.


1940

Un niño se detiene
en el umbral de la tienda
que vende diarios
en la Calle Langley,
en la parte antigua
de Luton.

Mira el cielo
por encima de los techos de tejas
de las casas aledañas.

Las trayectorias de estelas de humo,
serpenteando como spaghetti
marcan el combate aéreo
que se libra allá en el horizonte
sobre Luton Hoo.

Ese mismo día
ve una línea de humo negro
extenderse cada vez más larga
hacia el sur y el este.

“Un bombardero alemán,
quizás”, alguien dice,
“tratando de escaparse”.

1940

A child pauses on the doorstep
of the newsagent’s shop
in Langley Street,
old Luton.

He looks up at the sky
above the slate roofs
of the terraced houses.

The trajectories of vapour trails,
curling spaghetti-like,
mark the dog fight taking place,
low on the horizon
over Luton Hoo.

That same day
he sees a trail of black smoke
growing longer and longer,
as it heads south and east.

“A burning German bomber,
perhaps,” someone says,
“trying to get away”.


La horma de sombrero 

Miro a menudo 
el bloque de madera 
que tiene forma de cabeza
que mi padre trajo a casa
hace mucho tiempo.

No tiene ojos, ni orejas, 
ni nariz, ni boca. 

Parece que 
la cara ha sido borrada 
aunque, claro, 
nunca la tuvo.

A pesar de esto, 
al tocarlo, 
el molde liso y redondo 
parece inteligente.

De niño, me encantaba 
pasar la mano por él. 

Aún sigue siendo así.
Tengo la sensación 
de que es él.

Está ahora en el cobertizo, 
al fondo del jardín, 
mirándome. 

The Hat Block

I often look 
at the block of wood 
shaped like a head
that my father brought home 
a long time ago now.

It has no eyes, no ears, 
no nose, no mouth.

It seems as if the face
has been erased 
although, of course,
it never had one.

In spite of all that, 
the smooth round block 
feels intelligent.

As a child, I loved 
running my hand over it. 
I still do.

It feels like him.

It is now in the garden shed, 
at the top of the garden, 
looking down at me. 


El Hombre Sandeman

‘¡El coco te va a agarrar!’
es lo que nos decían,
cuando hacíamos algo malo,
el único problema consistía
en no saber qué cosa era 
o quién era el coco.

No podíamos imaginar 
cómo era.

Por la ventana 
de la Sala de Lectura 
de la antigua biblioteca Carnegie 
podías oír, si te esforzabas,
los gritos del vendedor de periódicos 
y el taconeo de los zapatos
que entraban y salían 
del Midland.

Nosotros, los niños, 
no entrábamos más allá del póster
en la pared del vestíbulo.

Representaba el Hombre Sandeman 
dándonos la espalda
con el sombrero de anarquista
y la capa negra 
que bajaba hasta el suelo, 
el vaso de jerez seco levantado,
(¿o era vino de Oporto?) 
mientras contemplaba 
lo que parecía 
un veneno peligroso.

Para nosotros, 
él era el coco. 

The Sandeman Man

‘The bogeyman will get you!’ 
That’s what we were told, 
when we did something wrong.

The only problem was 
that we didn’t know 
what a bogeyman was.

We couldn’t imagine 
what one looked like.

Through the Reading Room window
of the old Carnegie Library
you could sometimes hear, 
if you really tried, 
the cries of the newsvendor,
and the click of high heels
going in and out of The Midland.

As children, 
we got no further 
than the poster on the wall 
just inside the hall.

It showed the Sandeman Man,
with his anarchist’s hat
and his back towards us,
his black cloak down the ground, 
his sherry glass raised
(or was it port?),
as he contemplated
what looked like 
a dangerous potion.

For us, 
he was the bogeyman. 


Poemas del libro bilingüe La Libélula y otros poemas. The Dragonfly and Other PoemsLord Byron Ediciones, Colección Prometeo Desencadenado. 2013
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No tengamos temor de los que están encaramados, porque lo que nos parece altura es despeñadero.
Séneca
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Analía Pascaner

-Nació en Buenos Aires. Reside en Catamarca, Argentina-


El amor de mi mamá

                 Por los niños que no superaron “la próxima vez”

-Te lo tengo que contar… Disculpá pero te lo tengo que contar…
Hay angustia en la voz masculina. Se interrumpe. Se escuchan murmullos del otro lado de la línea telefónica y de pronto la mujer oye esa voz suave, tierna, amada, esperada:
-Tía, te cuento algo pero no te pongas mal, si? Mamá me empujó por la escalera y…
-Ppero… ¡¿cómo?! ¡qué locura! Ay querido… Pero… ¡¿cómo pudo…?!
Necesita abrazarlo, protegerlo. Desea borrar los mil kilómetros que la separan de ese niño. Necesita envolverlo con su amor, por el niño, por ella misma. Su corazón se detiene en el dolor. Las palabras desaparecen. Una piedra se instala en su abdomen.
-Te… te lastimaste…? Te duele?
¿Cómo preguntar si se lastimó? ¿Acaso importa si siente o no dolor? La mujer se postra y suplica a Dios por alivio para el pequeño, para su alma atormentada y su cuerpito sufriente. ¿Qué señal necesita para cruzar la línea, para interceder, para proteger? Se promete que la próxima vez irá a la policía o al juzgado, o a ambos. Sí… será cuando suceda la próxima vez.
-Un juez de menores te escuchará. Viajo allá y te llevo al Juzgado para que cuentes lo que te ocurre -le explicó la tía dos semanas atrás, cuando comenzó este camino de horror y pidió al pequeño que fuera a vivir con ella. El niño mostró su dolorosa realidad: se siente responsable por sus hermanos menores, prefiere exponer su cuerpo y su alma antes que entregar a sus hermanitos al descontrol materno.
La mujer no tiene fundamentos para rescatarlo. Vive lejos. En su provincia todas las puertas se cierran, algunas ni siquiera se abren. Los menores deben vivir con su madre. No reciben su denuncia porque usted no vive con ellos.
A la mañana siguiente recibe otro llamado del padre adoptivo:
-Te lo tengo que contar… disculpá pero te lo tengo que contar… Hoy mi esposa obligó al nene a prometerle que no regresará de la escuela porque si vuelve a casa lo matará…
-Por favor… hacé algo por favor. No es tu hijo pero debés hacer algo. Si esto les pasara a tus propios hijos realizarías la denuncia y los sacarías de la casa. -Y repitiendo las palabras del día anterior: -Llevalo al hospital, hablá con algún vecino, con la maestra. Por favor reaccioná antes que sea tarde, vos vivís allí, tomá conciencia. Por favor hacé algo… te lo ruego por favor… Yo ya estoy viajando y voy directamente al Juzgado esperando puedas respaldar mi denuncia.
-Y… pero… no sé… es que… ¿sabés…? yo creo que no deberías meterte, yo sólo te cuento para que lo sepas…
Los pensamientos de la mujer se dispersan recordando situaciones referidas por la criatura. Deditos machucados por la puerta. Su ropa cortajeada con tijeras. La hebilla del cinturón estampada en sus brazos. Los padres golpeadores pegan donde no se ve, señora, en esa casa no pasa nada. Rehacer tarea escolar por encontrarla despedazada en la basura. Permanecer de pie en el patio “hasta que el frío te enseñe a respetarme”. Insultos, amenazas. Desprecio, indiferencia. Cargar culpas y miserias ajenas. Parece que hubieran pasado años en esas semanas. La infancia del chiquitín librada a la ira de su madre. Vivir con miedo. ¿Vivir…?
-Sí… voy directamente al Juzgado y también haré la denuncia en la Policía. No importa que esté sola en esto, rescataré a ese niño. El sonido del teléfono la sobresalta. Escucha unos segundos. El móvil cae. La mujer se derrumba. Su mundo se desmorona. Su alma se desgarra.

Los testigos coincidieron. El niño con guardapolvo blanco avanzó hacia la ruta provincial, caminando lenta y pesadamente, sin detenerse, ni siquiera parecía escuchar las advertencias de la gente.
Una joven levantó del suelo un cuaderno escolar y en la última hoja, escrito con roja prolijidad, leyó luego de letras infantiles: ¡Otra vez no has hecho la tarea! Mañana debes venir con tu madre a clase. La muchacha volvió sus ojos al fatídico título: “Dibujar” -y en la línea siguiente- “El amor de mi mamá”. La misma joven se estremeció cuando percibió una dulce sonrisa dando serenidad al rostro de ese angelito. Las autoridades consideraron irrelevante esta información.


                                                                 Otoño 2013

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Muévete y el camino aparecerá.
Proverbio Zen
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Raúl Feroglio

-Las Parejas, Santa Fe, Argentina-


Hacer la cuenta

                   “dividido vos…” Katia Phous

Uno dividido vos es tanto
¡Tanto he dividido en vos!
¡Cuánto!
En cada muslo tuyo puse mi interés
multiplicamos los indicios donde bailan
los unánimes deseos cada día
cada día
Uno dividido dos es medio
y yo, es decir Uno
dividido vos soy medio
Cálculos infinitesimales de la llaga
resultantes de unas suelas reventadas por los años
entretanto siguen:
el mundo, el universo, Stephen Hawking,
dividiendo en vos como si nada.
Ocasiones hay donde conviene
y otras donde más nos vale
no hacer la cuenta.


Argumentos

El vino curvándose en la boca
el cine, las playas y lo picante del ají
la pasión del fútbol con derrota y todo
la gloria de los goles y un color infancia
El recuerdo de esa calle, y empeñarse con los hijos
impregnarse de sus fiebres, su futuro
Anhelar y andar, rondar y volver no habiendo ido
El vino, todo el vino y su arrabal de insomnio
el golpe turbador de los azahares
Cultivar jardines inocentes,
cosechar tomates,
soñar horizontes tan lejanos, perseguirlos,
viajar…
Las noches de sudor en sombras palpitantes…

Argumentaciones heroicas,
desesperadas
inútiles,
contra universal, inexorable
soledad.


Mañana

Cuando divida la risa en cuatro partes
y te encuentre
camino
luz y madrugada
cuando suspenda la aguja y el zapato
y te vea
mirada
silencio y rebelión
fresnos y benteveos
engendrarán
de sabios
la mañana.


El recuerdo

El recuerdo del éxtasis
no se parece al éxtasis

La mano que se hunde
la que trepaba lo profundo, es y no es
la mano
que en la memoria ya saciada
perfumaba de certezas el corazón ansioso.
El momento que
fuego de artificio
y noche ciega a la vez
en explosión marina
salpicaba labios
ha desaparecido del estante
ahí donde brillaba
oscuro
junto a un frasco vacío
la colección incompleta de autitos de carrera
y el latigazo de pena
que volvió
cuando pensaba que los planetas
ya no giraban como antes.

El recuerdo de la pena
se parece a la pena
en cierto olor a muerto querido
a una cuerda cortándose
hasta que aparezcan ellos
brillando en superficie
con destellitos de risa entre
la luz salvaje
despertándonos.


Poemas del libro Sueño de agua. Ediciones El Mono Armado. Buenos Aires, Argentina. Septiembre 2013
  
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Camina lento… no te apresures que al único lugar a donde tienes que llegar es a ti mismo.
José Ortega y Gasset
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Julio Bepré

-Poeta de Córdoba. Reside en Buenos Aires, Argentina-


¿Qué es?

Miraba desde lejos tu figura
asomada con cuidado en el balcón.

Luego arribó hasta mí
un canto atrayente 
no escuchado hasta hoy.

Es su voz me dije ensimismado.
Es tu voz resuelto te grité.

Tus ojos fulguraban en mis ojos
mas nada recompuso
la ruinosa demanda
de este incauto y mísero
fervor de la memoria.    

Confuso en este azar ambiguo
no concluyo. Sólo intento esclarecer
si este amor es súbito prodigio 
o un infierno sin ninguna causa.      

 
Estos días
 
Me retiene y acerca el presuroso cauce
de este vívido amor
al no negar jamás el motivo de un llanto.

Y en un país como éste al arribar otoño
los árboles se amañan con un rumor sombrío
cuando una tibia hora sus hojas arrebata.  

Contengo mi extrañeza y oculto varias veces
el hecho que motiva el ansia de partir
y la confusa suerte que atrae cada sueño.

Me veo ausente de todo este destierro
y me deshago pronto de un viejo balbuceo
y acojo de una vez la suerte que demora
la calma inesperada de todos estos días.


Poemas del libro inédito Anteúltima ocasión

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No conocemos a los hombres cuando vienen a vernos; tenemos que visitarlos a ellos para averiguar cómo son.
Johann Wolfgang von Goethe
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Gustavo Vaca Narvaja

-Córdoba, Argentina-


Aún

Cuando no te encuentre, segura estarás en esa comarca de privilegio. No sé cuánta es la distancia, ni cuántas nubes te acompañan hoy, o ayer, o mañana, en esos trayectos silenciosos. No lo sé, pero curiosamente la distancia se hace corta y musical. ¿Será que el espacio es un mar? ¿O una larga meseta infinita? No lo sé, pero hay un lazo de seda, un lazo de recuerdos intactos que hacen despertar alboradas. No lo sé, pero allí estabas con una sonrisa premiada de pudor y la pureza de tus palabras.


¿Eres tú acaso?

Eres… tú, acaso, esa mujer engalanada de tules? ¿La misma? Me pregunto qué pasaría si esa delicada seda cae y desnuda tu cuerpo, y reapareces… ¡como Betsabé!, la ingenua y bella pálida de Memling, con su desafiante postura, o con el desafío voluptuoso de la ¡Olimpia!, o ¡Magdalena!, o tal vez la Venus dormida, Venus de Urbino, ¡todas!, todas ellas, reclinadas en ensueños y delicadas manos izquierdas cubriendo ingenuamente el deseo. ¡Oh!, esa piel cuya pátina se ignora, embelesa tu cuerpo delicado; me lleva enceguecido a besar tu cuello desnudo, quedando luego desmayado entre tus dos pechos mellizos, con sus fresas punzantes, señalando el sendero que lleva a buscar tu Venus y encontrar el misterio amoroso, deslizado de tus muslos. ¡Ah!, me desmorono humildemente, despeñado sin protesta a tu miel, avivando la caldera que emerge inquieta en dos cuerpos encendidos a extrañas formas. Y si esa delicada seda cae y desnuda tu cuerpo, y reapareces inquieta desde un peñasco de sombras, segura del camino que bajas a recorrer, clamo: “¡Regresa!, ¡ve al camino del reencuentro, engalanada de tules y sedas!”. Y reapareces… ¡como Betsabé!, la ingenua y bella pálida de Memling.


Ojos

Ah, tus ojos!, revelación de la dama con armiño que Leonardo da Vinci plasmó en tela… ¡Quién diría! ¡Quién se atreve a desmentir que de esas esferas sin lágrimas, llegan magnificencias de primaveras de colores, y floraciones de sensaciones renaciendo de vida! ¡Qué interesa que haya heridas! Heridas…, heridas aún abiertas por dagas de errores mansos, si en tu lenguaje silencioso cobijas tanta ternura. ¿Es acaso la palabra, la palabra muda nacida de tus labios, la que despierta fuego? Un fuego deslizado inerte, indolente que quema, como si la roja lava de volcanes rugientes escapara al encierro. ¡Ah, tu boca! ¡Quién diría! ¡Quién…, quién se atreve a impugnar que esos dos belfos cantan!


Nubes

Y…sí. He visto dos ciclópeas nubes albas, níveas, desfilar frente mío. Parecen dos barcos sin rumbo; dos navíos abrazados, sólo dos muy cerca, muy bajas; casi logro acariciarlas sobre un olimpo gris…, gris vaporoso. No era mar, sólo un vacío taciturno, lánguido de borrascosos relámpagos, zigzagueando incandescentes y veloces en un limbo gris. Dos nubes muy blancas se licuaron en un hálito de viento que las multó a perder su forma mágica. Ya no son dos bardas blancas; son pequeños nimbos, deambulando en un edén gris.


No me despierten 

No me despierten… Mis ojos descansan evocando un pasado de imágenes gráciles, semejando hojarascas húmedas que flotan, deshojadas de sus ramas en un espacio cuantioso, iluminado con fulgores de sueños, enervados de trajinar espacios oscuros que, liberados en frenesí de danzas errantes, emergen alborozados, mientras que el aturdido y ambulante camino, en una febril claridad vacilante el cielo falsifica, con pasmosa solemnidad, el asedio del tiempo y la fiereza de la espera. No me despierten… si no tienen una excusa válida y novedosa que justifique hurtarme este sopor de armonía.


Del libro Sueños Calmos. Poesía en prosa. Colección Sur de Poesía, Ediciones de La iguana, 2012
  
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Logro resistirlo todo, salvo la tentación.
Oscar Wilde
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Alfredo Luna

-Poeta nacido en Catamarca. Reside en Buenos Aires, Argentina-



pastor de mariposas

Tú, árbol de luz, ahí arriba exageras el abrazo
porque el aire es duro y no se puede tragar

porque la asfixia no da tregua,
de tu costado brota un vino lerdo y lo devoro
como si fuese un manjar espléndido

estoy aquí, desconsolada Casandra, vacía de amor y de pálpitos,
soy el Juan que te unta con el agua jordana que no moja,
no se parte, ni entiende idolatrías;
y Magdalena, la más pura de todas tus marías,
abandonada a su mala suerte, pariendo soledades

bajo este cielo, sorbo amargo, me hinco de rabia
cuando tu nombre naufraga en el aire

Tú, pequeño ser, ráfaga de bruma, gigante pequeño,
rehén de mis encantos, no vuelvas.     me fui


           *  *  *


¿has de atreverte a renunciarme?

salta desde la cruz a mi regazo
y ofréndate entero como el aire
porque el mundo es infinito bajo tu sábana.

soy tu virgen y otra vez abro los tajos,
Príapo impalpable: levita como luz agria.

niego que ese cáliz rebase
con dos gotas de semen maldito.

soy tu virgen. devástate en mí como si fuese tu sacramento
y dímelo en la boca:
no hay pecado más grande que morir sin mí.

bienaventurado este tierno llorío por el destino incierto de tu sexo.


           *  *  *


naufrago en tu nombre

amor: soy digno de recibirte en el atrio de mi cuerpo
y una gota de pan ácimo no basta para saciarme.

vacíame de ti
y sálvame de la eternidad del deseo.
te has castigado: soy una herida de luz en tu boca
y el viento reprocha esta retahíla de súplicas.

ámame, animal!

hosanna!   hosanna!   hosanna!


            *  *  *


un arrebato de luz

era tu cuerpo una tropa de luciérnagas
era el amor un carnaval de ajenjo y lágrimas,
cuando fabulamos la caída del cielo

insolente, dios castiga
este milagroso goce maldito.

movediza, como la alta bajamar de los sueños
aquí hay, todavía, esta noble manera de mirar
el cadáver de tu ausencia.


           *  *  *


no presagiaban mis entrañas esta ración de dolor

sean para mí la música de tus ojos
y todo lo que oyen mis labios,
úngeme en tu lecho manantial y sacíame

apártame de las bienaventuranzas
y líbrame de tu mal sin reposo
porque la muerte es más grande que nosotros
y no hay regreso posible.

aleluya   aleluya   aleluya



Poemas de vigilia hereje. Ediciones Último Reino, Buenos Aires, Argentina. Enero 2013

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De nada sirve morir. Hay que hacerlo a tiempo.
Jules Renard
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José Antonio Cedrón

-Argentina-México-


Homenaje a las lluvias del verano

Yo empezaría hablando de Lluís Llach
mirándote la frente/ y seguiría diciendo
que tenés un lunar sobre tu cuello
“una mancha de sol” -me corregís-
y esto haría que lo pensáramos dos veces
sin dejar de mirarnos/ podrías encender
una lámpara azul y un Carmencita suave
y yo darte la mano y rozar tu collar
hecho de cuentas simples: vidrio, piedra, cordel.
Balbuceamos el día y ya pasaron horas/
Anderson girará por la tercera vez sin darnos cuenta
podrá llover, total, estamos en verano.
A la segunda taza de café me detendré en los hombros
y volveré a tus manos 
entonces distraerás tus ojos en los vidrios
me dices de las flores que plantaste en la tierra nueva
del jardín/ seré torpe, tal vez, y no hablaré del agua/
recordaré un tranvía/ te contaré cómo eran mis zapatos/
nos cruzará una infancia por la espalda del patio/
me mostrarás la foto de tus padres/ leeremos una carta/
imitaré a mi tía/ sonreiremos.
Vos pondrás algún pueblo de Turquía en mi imaginación/
también alguna casa/ y pasearé en sus calles fugazmente
a tu lado/ te contaré qué fueron de mis últimos tiempos/
y vos de un barco griego de nombre impronunciable
donde viajaste un día en otra intimidad.
Veré que te descalzas sin llamar la atención/
y volveré de nuevo a tu lunar/ a tu “mancha de sol”/
a tu collar de cuentas/ sin dejar de mirarnos.
Harold Budd-Brian Eno nos cambiará el sonido levemente
ambos sabemos que esto (mucho antes) lo hemos oído juntos
pero entonces sin vernos (estábamos ausentes).
Después de “Steal Hawai” hablará un amor tuyo en el casete/
esta vez dejarás correr hasta el final el mensaje en la cinta:
sonríes tibiamente/ te acaricio la lágrima que atravesó los vidrios/
nos atará los labios su humedad/ besaremos temblando/
nos daremos/ y pasarán los días.
Ahora tu perra juega con la mancha de sol que se aleja del día/
se asusta con las sombras/ mira seria a las moscas.
Te esperaré con cenas naturistas: calabazas al horno
verduras al gratén (“con poco aceite”)/ duraznos, piñas,
uvas con granola. Diría que seremos comúnmente domésticos
también/ probaremos conductas:
moverás un alfil desnudando mis torres
arriesgarás la reina en todas las partidas
(su porvenir nos tiene sin cuidado)
llegaremos a tablas la mayor de las veces.
Aprenderé tus ruidos meticulosamente como las religiones
(desconfiando de todo mandamiento)
la forma de pisar/ la inclinación que dejas en las sandalias/
qué miradas enseñan dónde empieza la noche.
Viajaremos seguido hasta la madrugada/ tus sábanas
son amplias/ confortable tu auto/ la arena de Casitas/
las palapas humildes del Pacífico Sur/ tu blusa en los caminos.
Tendremos ocurrencias recurrencias miradas clandestinas
complicidades varias/ caricias sol arena en los cabellos/
ojeras brillantes como espadas/ nunca promesas/
ni árbol navideño/ mucho menos tarjetas con trineo/
cortinas transparentes/naturalezas muertas/ bodegones/
ni muñecas sentadas “para adornar la cama”/ ni casa compartida/
sillas Luis XV/ guantes/ ni tampoco vejez.
Sabré dónde te alejas y porqué a instantes conocidos
y misteriosamente -como un ciego- pensaré en el futuro.
Oiré tus manos lejos improvisar la noche
volverás con galletas y caramelos Brinnen
o mejor con tostadas y canela/
morderemos y el cuerpo se sentirá en el ruido/
diremos es un lujo la noche que nos damos.
Esas mismas palabras nos van a despedir/
te irás a Barcelona/ y no publicaremos este adiós
será una ceremonia sin editor ni amigos/
no nos veremos nunca/ nunca más/
haremos que la muerte jamás llegue a enterarnos
y no seremos pérdida ni engaño.
Tu foto a contraluz se quedará mirando el mar
como los fuertes/ solamente las lluvias regresarán
cada año en el verano/ le mojarán la tierra a la memoria/
tu rostro será eterno/ irrompibles las cuentas del collar. 


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Todo depende de cómo vemos las cosas y no de como son en realidad.
Carl Jung
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Eduardo Coiro

-Temperley, Buenos Aires, Argentina-


Entre cenizas del aire

Heredo de mi padre ojos entre cielo y mar nublado, como los suyos entrenados para mirar más allá en detalles de naturaleza y lejanía. También de él aprendí la capacidad irreversible de amar a distancia. Un amor humilde guardado en cofres de silencio. Amor postergado de piel y abrazo.
Amor para siempre sostenido en imágenes sin tempo ni baciare. En un día del pasado breve, en un cumpleaños de abril, él me dijo que veía a su finada madre tal cual, viva y bella, como si todavía estuviera en Paterno, como la última vez en ese puerto, antes de salir y no volver. Ahí estaba su arcón de memoria, y entendí que vivía para sostener desde su vida esa imagen amada. Era su llamita interior. La veía amasando, cocinando pan en horno de ladrillo. Preparando la “sopresatta”, guardando pan y jamón de estación a año. Atesoraba cada rincón de recuerdo en esa casa, con su madre despertándolo con un racimo de uva negra en la boca.
Mi padre partió de Nápoles en el último día de primavera y llegó aquí en invierno, para siempre perdió un verano en la montaña. Su sobrina Silvana, nacida poco antes que yo, había captado ese misterio mágico. Desde pequeña se dedicó a traducir de sueño a sueño y de alma a alma. Sin distancia ni olvido.
Ella escribía para nosotros en castellano o italiano, pero también escribía en inglés, francés y hasta en chino. Tenía amigos en todo el mundo y su pasión era escribirles en su propio idioma. Cuando recibía las cartas de mi padre se las leía a su madre cegada por la diabetes.
Dos décadas atrás cuando preparaba su viaje del próximo verano. A la Argentina. A conocernos, Silvana dejó de escribir, se enfermó de leucemia y murió en pocos meses.
Sin saber de su destino, sin saber que la muerte le iba a sacar el verano y la vida misma, yo imaginaba ese abrazo en el aeropuerto, ese reencuentro imposible.
Mi padre no quiso tomar más la lapicera para escribir cartas. Trickster, mediadora entre el dolor y la distancia, Silvana no cumplió su sueño y una parte de los nuestros de padre a hijo quizás murieron con ella. El puente fantástico de ilusión y arco iris se pulverizó, voló en cenizas y en alas de golondrina cayó en cada lágrima inexplicable.
Cuando mi padre murió, al poco tiempo el Etna estalló en furia de lava y fuego, y yo sentí que ese reencuentro perdido sería entre cenizas del aire.


Haciendo memorias

Estamos en el bar. Me han invitado a presenciar la prodigiosa memoria de Don Joaquín.
Don Joaquín está orgulloso de sus 93 años, se nota cuando me da la mano y dice:
-Lo felicito por conocerme.
Tan pintoresco el hombre con su sombrero negro de alpino.
Juega en su patio de la memoria y deja con la boca abierta a quien lo escuche:
- ¿Quién recuerda publicidades de mi época?
Y sin esperar respuesta recita:
- “5 de pan, 5 de vino y 20 de queso El Peregrino”.
- “Casa Muñoz, donde un peso vale dos”.
- “Sastrerías Braudo, la casa de los dos pantalones”.
- “Casa La Mota... Donde se viste Carlota”.
- Este es mi barrio -sigue-. Soy el único mayor de 90 años sobreviviente. Lo que ya no está se extinguirá cuando mi memoria se hunda al olvido, o -aunque no quiero- muera.
(....)

Mi primera bicicleta fue una Cycle Zucca y la hacían a dos cuadras de acá.
Nadie en la mesa recordaba ni de nombre a esas bicicletas.
Don Joaquín recorría las caras de las personas que estábamos allí tratando de confirmar que esa era una perla única de sus recuerdos.
-Yo sí conozco a las bicicletas Cycle Zucca -dije con timidez.
Antes que siga un silencio que me pareció similar a la incredulidad, me expliqué:
-Las fabricaba mi abuelo materno. Tiempo atrás encontré una foto perdida en el cajón de las fotos antiguas.
Y allí se veía a dos ciclistas con la remera de “Cycle Zucca”. Explorando con cuidado descubrí el rostro de mi abuelo. Por allí atrás del hombro de un ciclista se asoma la cabecita curiosa de una beba que a su tiempo será mi madre. Mi madre vive. Tiene 83 años y sigue memoriosa.


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Ser completamente honrados consigo mismo es un buen ejercicio.
Sigmund Freud
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Gerardo Molina

-Canelones, Uruguay-


De Provincia

Las ciudades provincianas:
lento andar por las vidrieras
dulce ensoñar en las plazas,
samaritanos silencios
reinando en las siestas plácidas.

Aula, oficina, mercado:
ajetreo en la mañana;
por la tarde, tocador,
tertulia, visitas, charlas
de comadres y vecinos,
citas en las noches altas,
a la luz de las estrellas
en la ciudad provinciana.


Cuento

Había una vez… claro está,
así comienzan los cuentos:
ella y él, adolescentes,
jurábanse amor eterno.

Pero la vida impiadosa
al joven llevóse lejos…
- ¿Y después?... ¿Después, abuela?
- Sabes… que ya… no me acuerdo…

Y dos lágrimas rodaron
sobre la frente del nieto.


Plegaria

Por este camino un día
me vio pasar el amor:
mocetón de barba en cierne,
noviado de la ilusión.

Ella no está. Ni en mi pecho
arde la misma pasión,
hilito de la esperanza,
del olvido, salvanós.


Constancia

El prodigarse con fe
a su tiempo, da su fruto.
Ten la constancia del sol
que nunca olvida su rumbo.


Gratitud

Un madero carcomido
por la sal, en el palacio.
-Este es mi mejor trofeo-
dijo, agradecido, el náufrago.
  

Interrogante

Camino las calles idas
de mi pueblo y de mi infancia.
Maduro, al fin, me pregunto:
¿fue un ayer o fue un mañana?


Caminitos de latidos

Caminitos de latidos
de mi pueblo hasta tu pueblo
tan fuerte que no lo borran
ni tempestad ni aguaceros.


Sólo una vez

Ayer todo el amor, hoy sólo pálida
memoria de la dicha compartida.
Sólo una vez, amor, así se ama:
con sangre y huesos, amor, con alma y vida.


Del libro Breverías. Uruguay, febrero 2009

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Vive de instante en instante, porque eso es la vida.
Facundo Cabral
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