lunes, 8 de junio de 2009

Rodrigo Morales

-Catamarca, Argentina-

Ruleta rusa


Sé que nunca volveré a estar con Maby, y que sus ojos no guardarán de nuevo ese fuego ansioso con que me pidió un favor. Pero deseo que después de todo este infierno exista una vida, una llama impecable y absoluta donde la abrace para siempre y me refugie de cualquiera que intente culparme de todo. Me gustaba mirarla dormir, no porque estuviera enamorado sino porque el juego de luz y sombra en su rostro me parecía sublime. Ustedes la mataron. Y si después de esta vida hay un infierno, ojalá que mi castigo no sea revivir una y otra vez el momento en que Leo me pasó el revólver. Yo elegiría volver a la noche en que navegué por la piel de Maby, mientras su respiración me agitaba el pecho y me hacía sentir más humano. Hoy, dentro del pecho sólo tengo una huella profunda para que el tiempo no desgaste lo que aprendí de mis errores. Yo sólo pretendía transformar mi vida en un sueño, abrazarla mientras ella suspiraba como el arquetipo de toda ternura. Mis pensamientos se aglutinaron en el instante eterno en que la gotera del techo nos ahogó, no porque el nivel del agua hubiera subido hasta tapar nuestras fosas nasales sino porque cada gota raspó deliciosamente nuestros cinco sentidos, permitiéndonos prolongar el placer hasta después de que las agujas del reloj se hubieran fusionado en el presente mágico de las seis horas con treinta minutos y treinta segundos.
En realidad, Maby se sentía atraída por Leo: ella sólo se acostó conmigo para recompensarme por conseguirle pastillas abortivas. Y yo se las conseguí porque nunca tuve tanta bronca como cuando ella y Leo, siempre ella y Leo. No éramos Maby y yo ni siquiera a las seis y veintinueve de esa madrugada en que le estrujé el pelo de la nuca, escuchándola gemir mi nombre en mi oído. Era yo solo, luchando contra la certeza total de que Maby lo quería a él, y ni todos los orgasmos que ella tuviera en mis brazos borrarían el recuerdo de los besos que se dieron delante mío. Ustedes la mataron. No hay pecado más terrible que apagar la vida, pero ella me lo imploró, me dijo que si no interrumpía ese embarazo sería capaz de cualquier locura.
-Sé que a veces es difícil entender lo que digo –susurré acariciando la parte baja de su espalda-. Pero es por la hora y por lo que acabamos de hacer. Dentro de un rato mis pensamientos se van a volver a estructurar, a seguir una línea coherente.
-A mí me molesta el lugar –dijo Maby, después de besarme el hombro–. No es lo mismo que si estuviéramos en una casa de familia.
No pude evitar reírme de esa expresión tan ridícula. Pero era cierto que no estábamos en una habitación soñada, tan cierto como que nos estaba empezando a dar frío. Ella dobló las piernas bajo el cuerpo, levantó el torso y se acomodó el pelo. Tenía los ojos grandes y curiosos, y una vitalidad que se percibía de inmediato, como si la carne le ardiera continuamente bajo su piel morena y suave. Aunque ya habíamos hecho el amor, su evidente intención era mostrarme detenidamente su cuerpo desnudo, ayudarme a memorizar todas sus curvas, vaya a saber por qué. A las siete caminábamos por la calle sin tocarnos, con las manos metidas en los bolsillos para protegerlas del viento helado.
“¡Esperá! No lo pasés”, me pidió Maby, en el asiento del acompañante.
-¿Qué decís? –pregunté-. No quiero perder veinte pesos.
La ruta era nuestra. El auto que mi viejo me había prestado corría a la izquierda del coche de Leo. Ni medio metro adelante, ni medio metro atrás: a la par. Leo se dio cuenta de que yo no iba a pasarlo aunque pudiera. Me miró intrigado, pero sus ojos se desbordaron cuando vio que Maby empezaba a sacar el cuerpo por la ventanilla de mi auto.
-¿Estás loca? –grité-. ¿Qué hacés?
Maby tuvo que estirarse mucho para apoyar la mano en el coche de Leo. Como una trapecista en su acto principal, mantuvo el equilibrio en medio de la nada, a cien kilómetros por hora. Aprovechó la proximidad de los dos vehículos y metió un pie por la ventanilla de Leo, mientras su otro pie continuaba en el asiento del acompañante de mi auto. “Debe sentirse bien lo que está haciendo”, pensé, con una mezcla de admiración y temor, imaginando el aire que estaría alborotándole el pelo, el rostro y la ropa. Entonces se me ocurrió pensar que, tal vez, las pastillas abortivas no habían dado resultado.
-¡Basta! –grité-. ¡Volvé a meterte!
No contestó, no debía poder escucharme. La adrenalina que yo sentía quizás no valía nada comparada con la que ella debía estar sintiendo. Desde mi derecha, un aterrorizado Leo me pedía a gritos disminuir la velocidad. Pero no había modo de bajar la velocidad sin hacerla perder el equilibrio. Ahora me pregunto –pero ya nunca lo sabré– si las pastillas abortivas habrían hecho efecto.
-Ustedes la mataron –repetía una voz, tan áspera y acariciante que me cosquilleaba la nuca con sólo oírla-. Háganse cargo.
Había tres hombres parados alrededor del escritorio ante el cual Leo y yo estábamos sentados. Tenían armas y nos apuntaban indistintamente a ambos, amenazando con disparar apenas hiciéramos cualquier movimiento imprevisto. Leo estaba pálido como un papel, y supongo que su cara reflejaba mi propio miedo.
-Una vez fui pendejo como ustedes –continuó el que había hablado–, y me metí en cada una que no me explico cómo sigo aquí. Pero a todos nos toca enfrentarnos con las consecuencias de nuestros actos. Peor todavía si hay un hombre destruido por la pérdida de su hija.
Abrió el tambor de su revólver y dejó caer todas las balas en un cajón del escritorio, salvo una que recibió en la palma de la mano. Volvió a colocar la bala en el tambor, lo hizo girar y lo colocó. Recuerdo que pensé que iban a matarnos a los dos de todas formas. “Al que quede vivo, igual le van a volar la cabeza”.
Remontó el martillo con el dedo pulgar. Luego dejó el revólver en el escritorio, a mitad de la distancia que había entre Leo y yo. Entonces dijo:
-El morocho primero –y como tardaba en ser obedecido, añadió:-. Rápido, ¿o querés un tiro en el estómago?
Leo estaba naturalmente muerto de miedo: temblaba y creí que iba a desmayarse. Con el rostro contraído y la vista fija en mis pupilas, agarró el mango del revólver. Se apuntó a la sien, cerró los ojos y, al borde del llanto, apretó el gatillo. El clic y las risas burlonas que se escucharon me congelaron la sangre, me estremecieron tanto que creí que el corazón me saltaría del pecho.
-Dejá el revólver en la mesa –dijo el hombre-. Te toca, flaco.
Mi mano temblorosa aferró el arma, dirigiéndola lentamente a mi sien y pensando que nunca volvería a levantarme de esa silla. El estómago me daba vueltas y un temblor insano me recorrió cuando mi dedo rozó el gatillo. Cerré los ojos para no pensar en nada, para combatir el recuerdo del cuerpo de Maby tristemente hecho añicos sobre el asfalto cuando ay, mierda frené el auto y bajé sintiendo las piernas de gelatina. Creí que Leo huiría, que no detendría su auto ni se acercaría a ver el resultado, a verla todavía viva y todavía caliente y comprender que la habíamos cagado, le habíamos quitado todo lo que tuvo y lo que pudo haber tenido. Ay, mierda. Pero fue ella quien nos pidió acelerar, contagiándonos su furia y llevándonos al límite. Simplemente le hicimos caso y picamos, un auto en cada carril, mientras escuchábamos sus gritos de euforia. Ay, mierda.
Sentimos un ruido seco cuando la vimos desaparecer hacia abajo. Antes de frenar y bajar de nuestros autos ya habíamos adivinado que tenía la cabeza partida en dos.
Clic.
Llorando le entregué el revólver a Leo. Lo último que hizo fue mirarme mientras se apuntaba, porque la tercera fue la vencida. El estruendo más horrible que escuché en mi vida pulverizó su cráneo, escupió su sangre y sus sesos sobre la pared, desplomó su cuerpo como un muñeco de trapo. A veces, los gritos que entonces solté me despiertan.
Sé que nunca volveré a estar con Maby.


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Poeta

Un ladrón te roba
un estafador te esquilma
como un comerciante o un banquero.
Un poeta escribe para vos
como una prostituta.
.........Andrés Bohoslavsky, de El pianista del Black Cat y otros poemas

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