lunes, 8 de junio de 2009

Robert Gurney

-St. Albans, Inglaterra-

El cuarto oscuro


Uno de mis placeres
cuando era niño
era estar
en puntas de pie
al lado de mi padre
y verlo revelar
sus placas.

Pasábamos horas
así.

Había una luz roja
en el cuarto.

Al principio
no se veía nada
luego unas manchas,
una formas,
hasta que al fin
toda la escena
aparecía:
Una vista del campo,
un río,
una fiesta de Navidad,
futbolistas de Luton Town.

Parecían
pequeños milagros.

Cuando me pongo
a escribir
el cuarto está oscuro
y no hay nada
salvo la luz azul
de la pantalla
y un rectángulo blanco
y un sentimiento,
una imagen,
la memoria de algo real
o soñado,
ideas
que poco a poco
toman forma.


La vida

Vas al colegio.
Consigues un trabajo.
Miras para otro lado
unos instantes,
así parece,
y luego,
cuando tienes un rato libre,
buscas a tus viejos compañeros,
que no quieren hablarte
porque no seguiste en contacto
o porque están muertos.

Vamos al pub,
decís,
al Cross Keys,
por ejemplo,
en Totternoe,
allí donde John Bunyan
el de Progreso del peregrino
vislumbraba el paraíso.

Quedó reducido
a cenizas,
te contestan.


Los poemas anteriores pertenecen al libro El cuarto oscuro y otros poemas (2008)

…………………* * *

Sobre la naturaleza de Dios

Recuerdo bien
esa noche cordobesa.

Larrea me dijo
que íbamos a tomar algo
en la casa de su amigo,
el escritor Luis Waysmann.

Entramos y nos sentamos.

Una botella de whisky
apareció.

Yo no había comido.

Luego arrancó
ese debate tremendo
sobre la naturaleza
de Dios.

Larrea argumentaba por aquí,
Waysmann por allá.

Presentaron sus puntos de vista
furiosamente.

Los ánimos se caldearon.

Tomamos toda la botella.

Al día siguiente
me senté tranquilamente
para apuntar
lo que había oído.

Me quedé totalmente
en blanco.

Nada.

No recordé
ni una sola palabra.

Varios años más tarde
escribí al amigo de Juan Larrea,
al escritor Don Luis,
autor de La Travesía,
catedrático jubilado
de la Universidad Nacional de Córdoba,
preguntándole si recordaba
los caminos
de aquella conversación nocturna.

Contestó,
en inglés,
que no tenía
ni siquiera la menor idea
de lo que yo hablaba.

Al leer su carta,
que cayó hoy de un libro,
la sensación de culpa
comienza a esfumarse.

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La risa inocente de un hombre es más fuerte que todos los demonios.
Luis Franco

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