sábado, 7 de febrero de 2009

María Delia Minor

-Buenos Aires, Argentina-

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Esa mañana habían llamado de la Inmobiliaria por quinta vez en la semana para pedirle que “limpiase” la casa.
No había podido volver a ir, pero esta vez se prometió hacerlo.
Después de almorzar se vistió y salió. Fue en taxi porque aunque era otoño hacía demasiado frío y además debía llevar algunas cajas. Le dejó una nota a Jorge pidiéndole que la pasara a buscar después del trabajo.
Cuando entró, abrió las persianas para iluminar el lugar. En el ambiente se respiraba soledad. Desde hacía varios días ella se sentía tan rara.
En esa casa se había criado, de allí salió vestida de blanco para casarse con Jorge y ahora debía “limpiarla”.
Al entrar en la cocina imaginó a su mamá recibiéndola con mate y torta, esas riquísimas tortas de manzana que ella preparaba.
Vio el delantal todavía colgado, tenía dibujos de manzanas rojas, sabrosas. Lo tomó y lo olió profundamente.
Comenzó a sacar las cosas de la alacena y a colocarlas sobre la mesa, despacio, con cuidado, sentía que estaba profanando un lugar sagrado. Siguió por los cajones y al llegar al segundo encontró un cuaderno de espiral, tapas negras, gastadas y en la primera hoja leyó Recetas y reconoció la letra de su mamá, esa letra redonda y pareja, simple.
Se sentó, contuvo el aliento y lo abrió. Leyó “Panqueques: a 200 grs. de harina mezclar 2 huevos…” y se sintió transportada, estaba en la cocina, llegaba de la escuela y su mamá la esperaba con panqueques y café con leche, le pareció sentir el aroma y el sabor en su boca. Volvió al cuaderno, cada página recorrida la inundaba de sensaciones olvidadas que revivían. Buscó ansiosa otra receta “Peceto mechado” y leyó “mechar el peceto con panceta, dorar y cocinar al horno con caldo de verduras”. Cerró los ojos y la vio, con su delantal de manzanas, sonriéndole mientras cortaba la carne y el aroma invadió toda la cocina.
No pudo seguir. Dejó todo y decidió contratar a alguien para que realizara la limpieza de la casa como le había pedido la Inmobiliaria.

Esa noche le preparó la cena a Jorge, pero ella no comió. No pudo. Tenía el alma llena.
Antes de dormirse, al apagar la luz, pensó en comprar un cuaderno para anotar sus recetas, pero decidió que iba a continuar en el mismo cuaderno de su madre.
Y quién sabe -se dijo- quizás alguien, algún día, lo leyese y sintiese como ella el sabor y el aroma de las comidas de “su mamá”.
Se sintió tranquila, acarició suavemente su vientre y se durmió.

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Las almas repudian todo encierro.
Graffiti, tomado de Revista digital Ñusleter

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Analía Pascaner