miércoles, 7 de noviembre de 2007

Rodrigo Morales

El muelle

Esa noche nos quedamos solos en el muelle, frente a la inmensidad del mar. Yo no te prestaba atención. Únicamente me interesaba la botella de tequila en mi mano, aunque cada trago me dejara más indefenso ante el peligro inmerso en tu cuerpo. Pronto te enamoraste del cielo estrellado, al extremo de empezar a bailar para la luna llena, siguiendo dócilmente el ritmo de una música inexistente. Con miedo, con los ojos húmedos y desolados, me dejé atrapar por la hermosura carnívora de tus piernas, por la sensación de estar respirando la palabra lujuria. Continuaste bailando descalza sobre la madera, torturándome con tus movimientos, como un tridente que se clavara en mí y se retorciera. Después te aproximaste, hundiste tus dedos entre mis hombros y mi camisa, y te aparté con una desesperación de ahogado. Ambos sabíamos que nunca serías mía aunque me lo pidieras. Me aferré a la botella como si fuera la última tabla de salvación de un naufragio de proporciones épicas. Traté de huir del insoportable contacto con tus piernas, ese manjar tan agridulce y tan irremediablemente ajeno a mí. Pero finalmente cedí, desvaneciéndome en un manantial de lágrimas huérfanas. Entonces te conmoviste y balbuceaste un perdón, abrazando mi cuello y susurrando incoherencias tiernas en mi oído. Asentaste tus caderas sobre mis muslos cercenados, haciendo que la silla de ruedas se estremeciera con tu peso sumado al mío. Nos fuimos dejando enredar por un espejismo deliciosamente nocivo, que paulatinamente nos cegaba y embrutecía. A uno de los dos, no puedo precisar a cuál, se le escapó un golpe que el otro contestó con una caricia. Levanté la botella sobre tu cabeza y derramé lentamente el tequila en tu pelo, tus hombros y tus pechos. Con ansiedad y desesperación, bebí los hilos del líquido que corría por tu piel. Luego arrojé la botella a un costado y escuché la bebida volcándose sobre la madera, mientras comprendía que esa pérdida no era lo peor de aquella noche. Lo peor eran tus piernas, lejanas e imposibles aunque las estaba tocando. No tuve más remedio que tragarme el llanto, oír tus declaraciones de amor eterno a la luna, escucharte jurar que eras feliz. Ojalá hubiera podido decir lo mismo, pero el muelle y el mar me hicieron sentir patético, me provocaron unos gruñidos agónicos que no te dieron miedo. Antes de deshacerme en una sucesión de jadeos rabiosos, le rogué a Dios que de una vez por todas me arrancara de este mundo. Y estrujando tus cabellos pegajosos por la bebida, te miré a los ojos antes de provocarte un grito de dolor.

Rodrigo Morales (1980) – Catamarca

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Seamos realistas, pidamos lo imposible.
Mayo del '68, París


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