domingo, 6 de mayo de 2007

Estela Parodi

Las Cuatro Estrellas

Adela llegó a la ciudad al atardecer de un caluroso día de fines de agosto. Los 700 kilómetros en colectivo la habían agotado. Sus sesenta años le dolían todos juntos en las articulaciones y sentía la ropa pegajosa, sobre todo por el primer trayecto en el camino de tierra. No veía la hora de tomar un baño y descansar un poco. Pero a pesar de eso, cuando pisó la primera vereda de Buenos Aires, se sintió feliz de saber que al fin cumpliría un viejo deseo. Ni las nubes tormentosas que se agolpaban en el fondo del horizonte, ni el gentío que ajeno a su propósito caminaba apurado por Retiro, ni siquiera la molestia de los huesos o de la ropa chapuceada, podrían hacerle desistir de su propósito. La enfermedad de su Alfonso le había obligado a postergar el viaje durante veinte años pero él ya no estaba. Ahora quedaban ella y el Guaco, que podía extrañarla un poco. La Romilda seguro le daría cobijo y algo de comida. Cruzó la calle y tomó un taxi directo al Hotel. Julio estuvo meses buscando en Internet el lugar que ella le pidiera, hasta que al fin lo habían logrado: “Hospedaje Las Cuatro Estrellas”. Sin lujos, pero bien ubicado, justo frente a ese departamento. ¿Qué haría él a esas horas? Sonrió mientras le pagaba al taxista. Seguramente no pensaba en ella, un ser anónimo, cualquiera de las tantas personas que caminan por ahí, ignorante a su vida y sin embargo tan ligado. Ya sabría de ella en su momento. Muchas cosas se decían en los diarios, aunque nadie había tomado su determinación.
Apenas instalada en la pieza, pidió al conserje que le enviara un té de manzanilla. A su Alfonso también le gustaba el té de manzanilla, que en paz descanse. A Ricardito, no, qué va, le gustaba el café fuerte. Seguro allá ni lo habría probado. ¿Qué le iban a dar café caliente? Gracias que le habrían tirado un poco de mate cocido en el jarro y algún pedazo de pan duro. Esos hijos de mala madre, qué café caliente ni ocho cuartos, tomá esto si querés y si no, aguantate. Le pareció ver los ojos de Ricardito cuando se acercó a la ventana y disfrutó con la primera visión del departamento que, más allá de la calle, se presentaba. Grandes las ventanas; grandes seguro, los ambientes, maldito rata, tendría que haberse muerto allá él también.
Comenzó a sacar la ropa y la acomodó en el placard. También el bolso alargado, el especial, el que había esperado tanto tiempo para llegar hasta allí. Después se dio un baño y se recostó en silencio. Miró el techo unos segundos y apenas le trajeron el té, se acomodó en la ventana para tomarlo. Lo sintió caliente, bajarle despacio por la garganta. También, el rencor. Después se acostó otra vez e intentó dormirse un rato hasta la hora de cenar, pero no pudo. Tenía siempre una imagen delante que no la dejaba en paz. ¿Cómo olvidar los ojos llorosos de Ricardito?
Al otro día se levantó temprano y fue al bar de la esquina. Buscó una ventana que le diera la posibilidad de no perder detalles de la entrada al edificio. Quería ver todos los movimientos, saber de él, estar segura de que lograría su propósito. Si era necesario se quedaría una semana, un mes o toda la vida, pero sin hacerlo, no se iba. Muchas veces pensó que ese hombre merecía otra cosa, más bochornosa, menos rápida, pero no estaba a su alcance. Tenía que conformarse con sus limitaciones, al menos algo era algo. Y en esos pensamientos estaba cuando lo vio. Salió apoyándose en un bastón pero a pesar de eso, su andar era bastante bueno. Lo vio ir hasta la esquina y luego perderse entre la gente. Sintió como una atroz punzada en el pecho.
Lo había visto en fotos, o en la televisión, pero ahora aparecía allí, casi frente a ella, con la única distancia del odio y apenas unas veredas separándolos. Era poco. Pronto, esa distancia se acortaría.
Adela se mantuvo seis días sentada en ese bar mirando cada aparición del hombre del bastón por la puerta del edificio. Durante ese tiempo, atravesó miles de sensaciones diferentes. El dolor en la boca del estómago, los puños apretados por antiguas impotencias, la angustia aprisionándole el pecho, el desprecio por ese ser gris mostrando una imagen decente, casi cándida para el que no sabía, para aquél a quien podría engañar, para el que acaso desconocía ese otro perfil fuerte y lleno de soberbia del pasado. Y otra vez los ojos de Ricardito y el frío sentido entre la carne a pesar de que agosto seguía denso, ardiente, amenazado por tormentosas nubes. Debía llegar hasta el fin porque si no, jamás lograría que en su interior la paz se le quedara quieta. Y entonces supo que ya había mirado bastante, que era la hora.
Al día siguiente no bajó. Pidió el desayuno en la habitación y cuando el mozo se fue, sacó el bolso del placard. De allí extrajo el rifle y armó la mirilla. Se colocó delante de la ventana y esperó. Calculó distancias y sin quererlo, se le cruzaron delante de los ojos, algunas otras muertes, demasiadas. Prensó el gatillo con su dedo y cuando el hombre del bastón salió a dar su acostumbrado paseo matutino, apuntó y sin pestañear, disparó tres tiros. Desde la ventana lo vio derrumbarse en un manto de sangre. Algunas personas escaparon al escuchar los estampidos. Otras se acercaron. Pero ella ya no miró hacia afuera. Guardó todo en el bolso y bajó para pagar su hospedaje. El conserje, desencajado, le contó que desde alguna ventana habían baleado a un hombre afuera, a un famoso General que había muerto. Pero nadie podía sospechar nada de esa mujer de ropas humildes, cabellos canosos y manos arrugadas menos por el tiempo que por la espera.
Salió enseguida después de pagar sin hacer un solo comentario. Tomó un taxi en la esquina mientras la policía comenzaba a llegar en varios móviles. Dio una última mirada, cargó los bolsos y le pidió al taxista que la llevara a Retiro.
Adela llegó al pueblo de noche. Tarde para retirar al Guaco que la olió en el viento y no paró de ladrar hasta la madrugada. A la mañana siguiente preparó el mate y fue a juntar unas rosas al jardín. Ya el perro andaba husmeado la puerta cuando la abrió y apenas le movió la cola le dijo que lo había extrañado.
-Vamos, Guaco, vamos a poner unas flores al lado de las fotos. El Alfonso descansa en paz y Ricardito… Ahora puedo estar tranquila. Mirá, Guaco, qué lindo que está con ese uniforme. Fue el día que se fue a las Malvinas. Sus ojos están más tranquilos ahora. Sí, ya sé que me extrañaste. Yo también. Ahora me voy a tomar unos mates y bueno, la vida sigue. Tenemos que alcanzar el final. Nos llega a todos sin remedio.
Mientras acomodaba el bolso alargado en el ropero, pensó que todo lo que uno aprende en la vida, sirve alguna vez. Con cierta nostalgia, recordó a su padre poniéndole la escopeta en la mano y ordenándole que tirara. Seis meses la tuvo así hasta que dio en el blanco. “Toda persona que vive en el campo, debe saber tirar, Adelita, cualquier día de estos lo podés necesitar”.
Una lágrima se le derramó. La secó y cerró el ropero con doble llave. Iría a comprar el diario. En un rato llovería. Sería una buena mañana para tomar mate y leer noticias.
.........................................................(Funes, 27 de agosto - 2006)

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Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes.
Napoleón Bonaparte

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Analía Pascaner