domingo, 6 de mayo de 2007

Viviana Walczak

....................................................“Acta est fabula”
.....................................................Augusto

Adelfas en flor

Cada vez que podía, regresaba a su hogar por el camino más largo. El sendero era muy sinuoso y demoraba mucho más tiempo en recorrerlo pero lo hacía con infinito placer porque disfrutaba observando las bellísimas adelfas en flor.
La mayoría eran blancas, aunque las había también púrpura y rosadas. Las que más le atraían, eran las de tonalidad fucsia, que conformaban una subyugante fusión, entre el carmesí y el lila. No se cansaba de recorrer con la mirada los vistosos pétalos, dispersos por el extenso adelfal, que en medio de las hojas verde-grisáceas creaban un armonioso contraste.
Siempre se prometía que, algún día, las cultivaría en su propio jardín. Las decorativas flores salpicaban el paisaje con su policromía, difumándose entre los altos arbustos, hasta perderse en la lejanía de un barranco. Metros más abajo serpenteaba, cristalino y caudaloso, un río que se fundía, algunos kilómetros más adelante, con el mar.
Esa tarde, estaba particularmente excitada porque había concluido la macabra tarea de encerrar a su amante en el viejo Faro de los Cormoranes, donde solían encontrarse en épocas felices. En ese entonces, creía ser su único amor y no sabía que, en cambio, tenía mujer y varios niños pequeños. Cuando se enteró, una furia incontenible se apoderó de ella, pero simuló indiferencia para poder llevar a cabo su plan. Fue fácil hacerlo porque, en esas playas, acostumbraban encontrarse para consumar sus amores que, con el tiempo, devinieron en clandestinos. Fue sencillo llevarlo hasta el viejo faro abandonado, adormecerlo, para luego, encerrarlo, atrancando la antigua puerta con el grueso travesaño que servía para clausurar la entrada. ¡Cuántas veces, habían repetido la escena cuando se marchaban, todavía trepidantes, bajo la luz de la luna, que cómplice los escoltaba! En esta ocasión no hubo lumbre porque el encuentro fue matinal. Tampoco hubo despedida con promesa de reencuentro, tan sólo un par de pisadas, solitarias, perdiéndose entre los médanos. La noche anterior, había verificado que era imposible salir por la pequeña abertura. Se encontraba a varios metros de altura y la cruzaban gruesos barrotes de hierro. Además constató, con placer, que nadie podría haber saltado desde tamaña altura sin estrellarse sobre las puntiagudas rocas circundantes. Miró por última vez la lúgubre torre y el viejo fanal de la cúspide, roto desde tiempo inmemorial. Sin darse vuelta, emprendió el regreso mientras, a sus espaldas, las olas lamían las rocas y el mar bramaba con furia inusual.

- ¡Desgraciado! -refunfuñó, insatisfecha con su venganza… ¡No quiero imaginarme tu cara de terror al despertarte y encontrarte, solo, en medio de la nada! Te lo tienes merecido por engañarme durante tantos años. ¡Justo a mí que sacrifiqué, ingenua, mi juventud a tu lado!

Rumiando todavía su odio se detuvo, distraídamente, a recoger flores para llevarlas a su casa. Levantó su amplia pollera a modo de saco y comenzó a arrancar, con avidez, las más bellas. Lo hacía con ímpetu y, en su afán por elegir las más bonitas, se cortó con el filo de una piedra. El tajo fue grande y su sangre le salpicó la blusa. No se asustó en absoluto y deslizó, rápida, la lengua por su delicado dedo. Succionó el líquido rojo que, después de unos minutos, dejó de brotar. Reunió las adelfas que habían caído al suelo y, de nuevo, emprendió la marcha.
Le llamó la atención ver gran cantidad de loros muertos por el camino. Los había visto en otras oportunidades pero nunca tantos juntos…
El recorrido le resultaba más fatigoso que de costumbre. Supuso que se debía a la tensión acumulada en las horas precedentes. El contorno de los árboles se desdibujaba suave y sentía un gran peso en las piernas. Tenía la boca seca y le molestaba la luz intensa del sol. Desconcertada, decidió sentarse debajo de un gigantesco abedul.
Allí quedó, quieta, de cara al cielo, rodeada por vistosas aves dormidas que, como ella, habían caído en la trampa de la fatídica planta. Nunca supo que todas las partes de las adelfas son mortalmente venenosas.

Del libro Pasiones sibilinas

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Podemos escoger lo que vamos a sembrar, pero estamos obligados a cosechar aquello que plantamos.
Proverbio Chino

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Analía Pascaner