lunes, 29 de agosto de 2016

Norma Costanzo


Esto me sucedió

Cuando cuento esta historia, nadie me cree, piensan que lo soñé o divagué en uno esos momentos de ausentismo que suelo tener.
Sí, siempre fui una soñadora y me gusta sentarme en lugares solitarios a contemplar todo en el más estricto silencio dejando correr la imaginación con todas las de la ley.
El mundo, para mí, es así, super maravilloso, porque veo lo que no se ve; siento lo que no se siente y vivo momentos maravillosos que en la realidad no vivo.
Siempre me resulta fácil evadirme de la realidad; No existe en esos momentos nada más que mis pensamientos, la naturaleza y Dios.
Cierta tarde, una de esas más desoladas y frías de la temporada, sentí deseos de ver el mundo silencioso de la noche, más que verlo, quería vivirlo.
Con decisión, tomé un abrigo, busqué la llave de mi fitito, cargué un termo con café y me lancé a la aventura.
Realmente no había pensado hacia qué dirección quería ir, así que cerré los ojos mientras calentaba el motor del autito, y sin pensarlo me dirigí al sur.
Brrr, más frío sentía al saber que por momentos patinaba sobre la escarcha blanquecina con las cubiertas semi lisas, ¡qué coraje!, bueno, así soy a veces cuando de aventuras se trata.
Las tinieblas caían apresuradamente, aún se distinguían bultos en la penumbra, eran árboles en los costados del camino. Yo no sé porqué pero estos se agrandan y desfiguran cuando los cubre el manto nocturno, de tal forma que no parecen lo que son, sino que se vuelven figuras fantasmales con sus brazos extendidos como queriendo atrapar a los viajeros solitarios y temerarios que deambulan en horas inusuales por esos caminos de Dios.
Así anduve con la mente perdida de fantasía en fantasía.
Miraba de vez en cuando el intenso cielo tachonado de estrellas donde tímidamente asomaba la carota gigante y plateada de la luna.
Seguí mi camino como si nada.
En ese momento desconocí totalmente el lugar a pesar que me parecía que no me había alejado tanto. No me preocupé demasiado, ¿acaso no estaba llevando a cabo una maravillosa aventura?
Creo que ni sentía el frío que se filtraba por las hendijas de mi viejo auto.
De pronto, ¡oh! ¡sorpresa!, ante mí estaba un pueblo antiguo, solitario, abandonado.
Sentí una profunda curiosidad y me metí entre sus calles oscuras y silenciosas. Bajé del auto.
No escuchaba nada, ni voces, ni ladridos de perros, ni el canto melancólico de grillos, tampoco el llanto de algún niño, ni silbidos de de pájaros nocturnos.
Bah! No hice caso de ello, seguí mi instinto aventurero y entré a una casa que tenía la puerta entreabierta.
Allí no había nadie. La casa estaba en orden y tenía ese dejo romántico de las películas del oeste.
Las cortinas bellísimas tejidas al crochet en tono crudo, cubrían las ventanas. Había floreros de brillante porcelana llenos de rosas pálidas y perfumadas. Yo sentía el aroma sutil. Bellos cuadros colgaban de las paredes empapeladas. Todo era de un maravilloso buen gusto.
A pesar de la noche y de no haber luz, distinguía todo en todos los detalles.
Seguí recorriendo la casa. Una alfombra preciosa hecha de retazos, cubría el piso de la sala. La cocina era amplia, limpia y ordenada.
Tomé un pocillo y me serví del café que llevaba en el termo. Llegué al dormitorio con piso de madera que crujía bajo mis pies.
La cama con dosel de terciopelo rosa pálido, tenía un mullido colchón cubierto de sábanas bordadas, almohadones blancos y empuntillados, y encima un cobertor suavísimo y tibio.
Me venció la tentación y me recliné sobre la cama que invitaba al descanso.
Muy pronto quedé profundamente dormida. No sé cuánto tiempo estuve allí, porque desperté al escuchar movimientos, ruidos y susurros.
Sólo veía como se sacudían las cortinas del dosel, las ventanas temblaban bajo un influjo muy raro y oía pasos disimulados. Un susurro aterrador se enganchó en mis oídos y alcancé a escuchar que me decían ¡intrusa! ¡vete de aquí! Este lugar es nuestro y nadie lo puede profanar.
¡Ay! ¡Dios! ¡Qué susto me llevé! Di un salto volcando el café del termo.
De repente, el pueblo desapareció de mi vista y yo estaba a unos cuantos metros del autito, lo que significaba que estuve en esa casa, percibí el aroma de las rosas, me acosté en la blanca cama y me dormí profundamente hasta que los espíritus, dueños del lugar, me sacudieron del sopor. Yo sé que lo viví, aún hoy siento en la piel aquella sensación rara que se apoderó de mí.
Cuando volví, hice averiguaciones y me confirmaron que en ese páramo, había un pueblo que sufrió una gran catástrofe donde murieron todos sus habitantes. Después de la devastación, sólo quedó un descampado y seguramente enterrados allí los huesos de sus habitantes.
Nadie me cree, pero yo vi ese pueblo, las casas, estuve dentro de una de ellas y escuché el lamento angustiado de los muertos que alguna vez habitaron ese lugar.


Norma Costanzo
Villa Ocampo, Santa Fe, Argentina

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