domingo, 5 de julio de 2009

Cristina Villanueva

-Buenos Aires, Argentina-

Vaya usted a creer

La psicóloga en la pantalla explicaba que a los chicos hay que darles herramientas para que crezcan. La mamá le dejó al nene un martillo. Cuando regresó la psicóloga no estaba, la tele tampoco y su hijo seguía con la misma estatura.


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Me acaban de llamar para ofrecerme una tarjeta dorada, sería bueno tener una con la que se abran deseos. Una que juegue al resplandor. Una que tenga el sabor de ciertos dulces lejanos y la mullida tibieza protectora que dura tan poco y se busca incansable. No hay caso, lo dorado o lo adorado, con flecos de sol sobre lo que sentimos, no está en venta, no necesita tarjeta de crédito, se descubre o se crea.


Veranos

Entre el mar y nosotros, los libros. Abriendo el horizonte y el silencio. Policiales negros en una casa blanca. Ahora que el largo adiós a esos momentos ya fue dado. Entiendo que ese otro lado de la realidad, corrupto, sangriento, con largas rubias de largos tacos y detectives con un vaso siempre a mano, sólo podía ser leído en ese encanto, que quizá no fuera tan encantador, pero para mí lo era. Esos mundos extraños y lejanos estaban en los libros devorados mientras todos dormían y se acallaban los ecos de juegos, calesitas, y el fuego de los leños. Todo tenía las fisuras por las que luego se colarían los dolores. Ahora la violencia de la muerte y del paso del tiempo nos tocó. Un idilio derrumbado. El mar, como un gran animal furioso y bello, parece lo único cierto entre tantas carcomidas certezas. También la mano de él en el desayuno cubierta de picaflores, las niñas jugando, el perro, la receta de pan con queso, tomate y orégano, regalo de Italia al paisaje del jardín. Por suerte ya leí esos policiales, me digo ahora que el mundo parece una gran novela negra devastadora y me falta el amparo de mi ficción de arena perdida y a veces recuperada.


Sombras en colores

En el centro del Laberinto biblioteca el animal mítico furioso desgarraba sin piedad al aburrimiento.
Pronto enviaron al héroe a vencerlo, la gente que ya no tenía al aburrimiento consigo, pensaba.
El cable de las antenas de tv fue el hilo para encontrar la salida del laberinto de los libros.
El animal vencido sabía que junto con él yacía la libertad.


Lectora

La lectora sube la apuesta, escenifica el lugar, abre el libro, vuelca las palabras como una leche tibia. Él corre hacia la voz con avidez. Toma lo que ella derrama, la abre, la deletrea, la descifra, la lee, la articula, la silabea.
Alfabeto, abecedario, música, legado. Busca la piedra primera, en el pelo, como un mar oscuro de peces escondidos, ideas enlazadas, arabescos, lealtades. En el pecho, emociones del borde entre el sentir y el pensar. En las manos, en las piernas, en la piel o en la mirada.
La piedra del origen de lo inefable. Ésa, anterior a las palabras con las que ella le nombra el mundo. Él como si fuera un cachorro (las lecturas siempre son nuevas, si son ciertas) se amamanta de la voz, encuentra en la boca de ella, entre la boca y el libro, el lugar casi lecho, donde la piedra se deshace en hebras y habla.

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Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego.
Proverbio árabe

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4 comentarios:

  1. Irónicos, inteligentes, bellos, estos textos son dignos de guardar en archivo. Felicitaciones, dulce Cristina.
    Abrazos
    Alicia Perrig

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  2. Además de lo que comenta Alicia, creo que son textos en verdad encantadores, ejercen en el lector una cierta magia y nos dibujan una sonrisa agridulce y no terminan con el punto final.

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  3. Cris, me encantaron tus textos especialmente Lectora y Veranos. Felicitaciones!!
    Susana Wortman

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  4. Muchas gracias por sus palabras, queridos Alicia, Susana y Mario.
    Reciban un saludo cordial
    Analía

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Analía Pascaner