viernes, 9 de enero de 2009

María Rodríguez

-Almuñecar, Granada, España-

Historias de mi mar

El mar, en toda su inmensidad se deja merced y se deja amar, como el niño recién nacido en los brazos de la madre.
Me gusta contemplarle y admirar su deleitable belleza y su infinita esencia.
Es poderoso y arrogante, como el tronco de roble que se rige hacia el cielo. Es majestuoso y placentero, como el águila imperial cuando surca los cielos. Es fiero y voraz, como el león en su trono. Pero también puede ser delicado y amoroso, como la más bella flor. Dulce y sumiso, plácido y sereno, sonriente y halagador, como el amante más tierno.
Sus olas, al descargar sobre las rocas, despliegan sus cantos y abren sus alas en armoniosas danzas, que te invitan a soñar…
Mi mar… El que siempre me escucha… El que me da paz…

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El mar sonríe a la arena… a su plácida playa. Y baila con ella valses de épocas pasadas…

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Día nubloso. El sol no tiene por donde salir, le han encerrado en su cárcel de marfil.
El mar, en calma, se conforma esperando la lluvia de besos que las nubes sonrientes le han prometido.
Día de paz, de sosiego, de tranquilidad relajada… Un día para soñar.

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El mar siente penas y nostalgias y las descarga sobre la arena fina que las recibe sedienta… para absorberlas y así aliviar al mar de su carga.
El mar sonríe… al sentirse amado.

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El cielo se partió, se abrió de un tajo, y volcó toda el agua que tenía. Llovió como si el cielo quisiera vaciarse para siempre; y toda la lluvia cayó sobre la mar.
Eduardo Galeano, del cuento Lluviazón

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Analía Pascaner