miércoles, 8 de octubre de 2008

Rosa Beatriz Valdez

-Catamarca, Argentina-

Con la vida en un hilo

La mujer de negro se levantó del sillón, dejó el tejido sobre la mesita y miró -a través de los visillos de la ventana- la calle desierta. “¿Cuánto tiempo había pasado desde que él se marchó? ¿Dieciocho años?, quizás veinte… ya no lo recordaba.” Volvió a su tarea: un derecho y un revés, un derecho y un revés…
De pronto, sintió que los dedos se le amortiguaban y las agujas cayeron en la alfombra. Un dolor impreciso se apoderó de su cuerpo; se acurrucó en el sillón y un profundo sopor la invadió. Tuvo un sueño extraño: sus brazos y piernas se multiplicaban y todo su cuerpo se cubría de una oscura vellosidad. Se despertó sobresaltada con los golpes en la puerta.
- ¡Querida, soy yo, he regresado! Penélope, ¿dónde estás?
Al entrar a la sala, Ulises sintió que un hilo invisible lo envolvía con fuerza, alzándolo hasta el cielorraso. Quiso gritar, pero la hebra de seda le oprimía la garganta. Una sombra fugaz se deslizó por el muro y en un beso de bienvenida lo devoró.


La vendedora

“¡A las lindas manzanas, aproveche señora, mire qué grandes y qué baratas! ¡Pruebe, pruebe… son una verdadera tentación!”
Cuando la mujer hincó sus dientes en la crujiente pulpa, el cuerpo de la vendedora se fue alargando, a-l-a-r-g-a-n-d-o y se enroscó en la pata de la mesa, mientras le mostraba su lengua bífida.


Los amantes

Todos dicen que son el uno para el otro. Ella, con su larga cabellera rubia cubriéndole los pechos y ese afán por la equitación; él, con la cabeza altiva, sus brazos musculosos y el andar resuelto.
Una tarde, cuando el sol se recostaba en el horizonte, la invitó a dar un paseo por el campo. Al trotecito los vieron pasar e internarse en el bosque, a Lady Godiva y a su amante, el centauro.

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Los amantes
Ellos son dos por error que la noche corrige.
Eduardo Galeano, El libro de los abrazos

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Analía Pascaner