jueves, 20 de noviembre de 2025

Editorial


con voz propia Nº 146 

Revista literaria 

Noviembre 2025

- Mes aniversario - 
19 años difundiendo literatura contemporánea

Propietaria – Editora – Directora: Analía Pascaner 
Publicación creada en noviembre de 2006 
Distribución y publicación gratuitas 
ISSN 2314-0275



Solamente los que arriesgan llegar demasiado lejos son los que descubren hasta dónde pueden llegar. 
T.S. Eliot 




Un día cualquiera decidí seguir adelante. Decidí salir yo mismo a buscar las oportunidades. Y acepté que cada problema es un obstáculo que sólo invita a crecer. 
Un día cualquiera aprendí que lo difícil no es soñar, sino jamás cumplir los sueños. 
Un día cualquiera comprendí que de nada sirve ser luz, si esa luz no ilumina el camino de los demás. 
Un día cualquiera decidí, aprendí, comprendí. 
Y un día como hoy agradecí.* 


Queridos amigos: 
Me siento agradecida y feliz por estos 19 años de difusión literaria. Es mucho tiempo sosteniendo de manera personal esta tarea que realizo con pasión y dedicación, con respeto y responsabilidad. 
Hoy sólo quiero agradecer a cada uno de ustedes por enviarme sus colaboraciones, por sus e-mails, por sus palabras elogiosas y alentadoras. Miles de gracias por estar allí… del otro lado de la pantalla, ustedes son el motivo por el cual estoy aquí, intentando brindar lo mejor de mí. 
Deseo que seamos buenas personas. Que estemos todos bien. 
Reciban mi abrazo cálido 
Analía Pascaner 

* Fragmento tomado de un texto de FM Milenium, Argentina 




Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano. 
Martin Luther King 



Revista literaria con voz propia 
ISSN 2314-0275 
Propietaria: Analía Pascaner 
San Fernando del Valle de Catamarca
Catamarca – Argentina 
Las expresiones derivadas del material literario aquí publicado, son de exclusiva responsabilidad de cada autor. Analía Pascaner 



No eres una gota del océano. Eres el océano entero contenido en una gota. 
Rumi


Autores publicados


Nuestros miedos no detienen a la muerte, sino a la vida. 
Elisabeth Kübler-Ross 

con voz propia Nº 146 
Revista literaria 
- 19º aniversario -
Noviembre 2025 

Autores publicados en esta edición


Autores publicados desde inicios de la revista con voz propia
Las expresiones derivadas del material literario aquí publicado, son de exclusiva responsabilidad de cada autor. Analía Pascaner 


Revista literaria con voz propia 
Publicación y distribución gratuitas 
ISSN 2314-0275 
Propiedad, dirección y edición: Analía Pascaner

Eduardo Dalter

Poema para abrazar a Discepolín 

Buenos Aires es la mejor ciudad del mundo, 
si a nadie le importa salir a tomar aire toda vez que pueda. 
No obstante, su historia es tremebunda, con sus remates 
de esclavos y su entrega de indios a las dignas 
familias de la patria. Es que siempre surge 
algún hijo silvestre y bravío que la deja en evidencia 
y le sacude las tripas como un fleje. Desde muy abajo 
la vida le crece cierta como un cardo o un tango
que no cesan, y eso la rehace más creíble y natural, 
aunque la historia oficiosa se resista a hablar de eso, 
también sus zurcidos, sus bordados naif y sus remiendos. 


Productores capitalinos 
de antologías nacionales 

         A María Adela Agudo, en memoria 

Se podrá afirmar o no que fueron 
acérrimos o distraídos unitarios, 
pero ellos sólo se subieron 
al terraplén de la avenida Gral Paz 
y usando una mano de visera 
otearon el horizonte así como lucía 
y teorizaron en torno de eso mismo, 
que no fue poco, o fue lo que fue,
para esa usual idea ovni de país.


Baladita irlandesa 

Yo también anduve en la noche a tientas 
por ese callejón casi exclusivo 
para los inspirados bebedores de cerveza 
y miré las estrellas en cercanías del río 
mientras el brillante orín murmuraba sobre el pasto 
y mi cabeza en despedida ensoñaba una canción 
de amor, de neblinas, de distancias. 
Cork, junio, 2024 


Epigrama sobre la felicidad 

Las felicidades duran para siempre; 
sin aviso vuelven y revuelven, como aquellas 
que atravesaron décadas y recorrieron mi cuerpo, 
vibrando, abrazándome siempre, en la fría cama 2 
de la quejumbrosa sala de terapia o de partida,
de donde salí finalmente con dos recetas 
en la mano, un bolso con ropa y diciendo “gracias, 
gracias amores por todo”, con la mirada aún nublada 
pero bajo un cielo soleado y difícil de creer. 


De las leyendas del bosque 

Entre malezas crecidas, pozos, y trochas anegadas, 
los lobos hambrientos fueron llegando finalmente, 
y los llamados guardabosques siguen sin aparecer, 
o en verdad están ocultos, y cuidando de lo suyo, 
bajo el desencanto y un desasimiento ya crecido; 
lo demás, así, no puede hallar piso fiable ni cobijo, 
por no decir más del bosque hundido y de rapiña. 


Versos de amanecer 

Y si nos damos una oportunidad, 
y si trabajamos para darnos una oportunidad, 
y si a toda hora del vivir, entre la abundante maleza, 
elegimos sin concesiones y sin yuyos menores 
(siempre siempre yuyos menores), 
y tratamos de hacer un camino, pero antes 
soñamos e ideamos hacer un camino, 
donde, paso a paso, el aire limpio tenga morada. 
Y si nos damos una oportunidad, 
aunque hoy estemos lejos (cada hora más lejos), 
y si trabajamos para darnos una oportunidad, 
aunque el mal tiempo siempre se cruce, 
para no ser los desafortunados que somos 
de toda buena razón y toda fortuna. 


Amanecer de navidad 

Quieto el jardín y desierta la calle, 
         bajo un silencio de pájaros; 
todo reposa bajo el cielo nublado; 
y ahí entonces uno presiente, 
        en íntima quietud, 
a las sentidas ausencias que crecen. 


Poemas del libro del autor: Luces de la orilla, textos escritos en Buenos Aires en 2024, a excepción del que lleva data al pie. Poemario a editarse en breve. 

Eduardo Dalter 
Buenos Aires, Argentina

Aunque te escondas de los demás cuando haces algo indebido, siempre estarás tú allí siendo testigo de lo que haces. 
Ajahn Chah

Haidé Daiban

Otro día en que el viento... 

Otro día en que el viento pasa 
Rozándome como una bendición 
con su caudal de risas, 
risas de fantasma volador 
que montó sobre su corcel desbocado. 
Pasa el viento y me sacude, 
     ¿me contamina? 
     ¿me limpia?
Enrolla mi silueta 
para que ruede junto a mis pensamientos, 
para que abandone los lugares 
      y las cosas, 
para que mis pies dancen, bailen, corran 
y mi nostalgia se desvanezca 
en espirales y estertores. 


Emergencias 

En medio de la noche, impaciencia: 
La sirena que lo invade todo,
espacio y tiempo. 
Paz triturada a dentelladas 
y el frío de un temor extraño, 
como alud, como sismo, 
nos habita. 
Se hace un hueco 
en el filo de la noche 
y es oscuro el pensamiento 
y hasta los pasos. 
Se despliega la estela de aullidos 
y se rasga la vigilia. 
El cielo quedó herido,
rota la luna. 


Salida 

Dinteles herrumbrados. 
La puerta no abre. 
Se crean pasadizos en afán de salir, 
Y secretas sendas. 
En la caverna (pequeña noche) 
Ya no caben los pensamientos, 
Y la lumbre que en rajas ilumina 
Marca hendijas de sol, 
Mas no cielos. 
Orfandad del azul. 
La puerta, hermética respuesta, 
No tiene llamador. 
La paciencia o el empeño 
en conjuro de noches 
o supuestos días, inventará la salida. 
Y un fino sendero de luz, 
dejará transitar al alma. 


Sensaciones 

El canto de la cascada 
en el rasgueo de la guitarra. 
La fuerza de mi tierra roja 
al norte, siempre preñada. 
Y entre las luces 
de mi ciudad, 
tras las techumbres 
de casas 
y sobre cada rascacielos, 
atrapé la mirada 
de la Cruz del Sur 
titilando un guiño cómplice. 


Haidé Daiban 
Buenos Aires, Argentina

¿Sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie? 
Pablo Neruda

Andrés Bohoslavsky

El blues de los pájaros 

Sobre el río flotaba el piano 
y sobre el piano, sin rostros, 
dos personas cruzadas de piernas 
hablaban en voz baja 
la charla giraba en torno a un poeta chino 
que leía sus textos a los pájaros 
si no volaban el poema era posible 
atrás, el piano ardía sin extenderse al resto
últimamente recuerdo este sueño, esos detalles 
y a ese extraño poeta chino 
ahora sé quiénes son 
los rostros aparecen sobre el piano 
sin los cuerpos, los pájaros tocan blues

y yo estoy quieto, extasiado 
sin poder volar. 

Del libro del autor: Una noche en bosque-poesía y otros poemas
Editorial Leviatán, 2014 
                   *   *   *

El río de mi padre 

Hace poco estuve en el río, ancho y furioso 
leyendo y tomando cerveza 
en la otra orilla, un viejo con su caña de bambú 
esperaba atrapar algún pez 
y pensé en mi padre y en mí pescando juntos
si hubiéramos tenido tiempo, si esa ráfaga de muerte 
no hubiese existido 
luego, cuando volví caminando, me pareció verlo 
apuré el paso, pero algo sucedió
lo vi correr y desaparecer en una esquina 
ahora escribo sobre mi padre y sobre mí 
y lo que pienso sobre ambos, lo que hubiéramos hecho 
esas cosas entre padre e hijo 
por la noche, reabrí el libro para continuar con la lectura 
que había postergado aquella tarde en el río 
el siguiente relato era un cuento breve 
de un tipo que pescaba en una orilla y su hijo en la otra.

Del libro del autor: Margot, la prostituta que leyó a Bakunin
Editorial Leviatán, 2017 
                 *   *   * 

Latkes 

Cuando llegué del colegio, mamá estaba preparando la comida rusa que tanto me gustaba. 
Le pregunté si había alguna novedad. Me miró por arriba de los lentes y me dijo: 
No hijo, salvo el militar de la esquina que cuando le pregunté si sabía algo de tu hermano, 
me dijo que agradezca que no los desaparecimos a usted y su hijo más chico. 
Luego volvió sobre la sartén y siguió cocinando las croquetas de papas. 

Texto inédito 
               *   *   * 

El fuego 

La explicación que encontró la ciencia a la aparición del fuego 
consiste en el impacto de un rayo sobre restos de elementos
de la naturaleza que combustionaron luego de la ignición 
y todo eso que ya sabemos 

Por la noche me abrigó del frío 
y me protegió de las bestias que merodeaban la cueva 

pero algo más profundo se instaló con fuerza dentro de mí: 
el fuego es transformación 
como las palabras que incendian en tu interior. 

Del libro del autor: El mundo es un poema inconcluso y otros fragmentos oníricos.
Editorial Leviatán, 2023 

             *   *  * 

El acta 

      a mi madre Sara 

Yo, que estoy en el medio del mar 
leo el acta, que con unos cuadraditos marcados con una x 
deja constancia de la muerte de mi madre 
mientras la rompo y el viento se la lleva 
depositándola en unas olas gigantes 
pienso en ella con sus lentes viejos, leyendo a Chejov 
o las cartas de familiares de Rusia 
y en aquellos años en que era feliz, paseando con mi padre 
por la playa, mientras yo corría detrás de ellos 
me doy vuelta y la veo sentada en una silla en la proa 
rodeada por unos albatros que picotean restos de comida 
me llama y me siento junto a ella 
mientras saca unas fotos viejas
en paisajes extraños, junto a sus padres 
y luego otras y otras, como un repaso de su vida 
mientras hablamos de las cosas que quedaron sin hacer 
de esos planes simples que teníamos y no pudimos realizar 
giro la vista al mar y cuando me doy vuelta para abrazarla 
ya no está
a mis pies, veo la foto en que ella está delante 
de la casa de sus padres 
en la calle de la revolución 
la llevo al camarote, la pego en la pared y me acuesto a dormir 
en el sueño escucho su voz, casi imperceptible, que me dice: 
- No estés triste, hijo, ya nos veremos 
me despierto, me sirvo un vaso de vodka 
y miro por el ojo de buey la tormenta que se avecina 
voy a la sala de máquinas, a cumplir mi turno 
y la escucho nuevamente: 
- Hijo, el hombre es lobo del hombre 
Entonces pienso en ella, en esos viejos tiempos
donde soñaba un mundo más justo 
sin imaginar que nos convertiríamos en bestias. 

Del libro del autor: Los ojos de Sasha o el fin de un sueño rojo
Editorial Leviatán, 2017 

Andrés Bohoslavsky 
Río Negro, Argentina 

Aunque supere todo lo que me duele, ya no soy el mismo.
Fiodor Dostoievski

Analía Pascaner

Un paseo cotidiano 

Luciana deambulaba por calles desiertas. La joven sabía que nadie se asomaba en aquella hora del crepúsculo y ese día menos aún con la mansa llovizna que cubría al pueblo desde la noche anterior. Caminaba tarareando una canción, sin recibir miradas curiosas ni esquivar conversaciones inoportunas ni responder preguntas triviales. Ella ya conocía la soledad que se esparcía por las calles, por eso elegía ese momento del día para dirigirse hacia el campo de lavanda ubicado detrás de la estación de tren, como todas las tardes desde que descubriera esa magia celeste. 
Sus padres habían decidido mudarse a ese pueblo para alejarla de su primer amor, para desintegrarle el dolor de la traición, para apartarla de la jungla de cemento, para arrancarle sus propios fantasmas. Sin embargo los fantasmas de la joven no poseían la forma de ese primer amor ni se hallaban escondidos en la ciudad: los demonios dibujaban su rostro reservado, humedecían sus ojos apagados, latían al mismo ritmo de su corazón desilusionado, se los palpaba en su piel desganada. 
Luciana caminaba hacia el campo de lavanda como todas las tardes anteriores. Un sonido lejano acarició sus oídos. Se detuvo y cerró sus ojos disfrutando de ese sonido tan misterioso como conocido, tan ajeno como propio. Escuchó levemente el rechinar de las ruedas del tren y lo imaginó en su recorrido entre los campos y las montañas, absorbiendo plenamente cada paisaje y depositándolo en los parajes que recorría. La joven se apresuró para llegar al terraplén y su corazón galopante la preparó para efectuar su inocente carrera cotidiana: cruzar las vías cuando el tren estuviera cerca y luego, ya desde el otro lado, observar a esa mole de hierro cortando el aire. Se detuvo en la pequeña lomada que contenía las cintas relucientes y grises, filosas y amenazadoras, su cuerpo mojado oscilaba liviano como un junco. Cerró sus ojos nuevamente y reconoció el sonido cada vez más cercano, invadiéndola, acallándola, invitándola. 
Su destino se hallaba cerca: encontraría la libertad momentánea en el campo de lavanda detrás de las vías del tren. El tren se aproximaba raudamente y sus reflectores rasgaban la penumbra con insolencia. Observó con precaución: debía permanecer atenta pues en cuanto las luces se acercaran, ella daría los dos pequeños saltos que ahora la separaban de su sitio predilecto. 
Sin embargo esa tarde no fue igual a todas las otras. Esa tarde sus quince años se deslucían, su sangre bullía con furia, su respiración se dificultaba, su corazón procuraba encontrar el ritmo de la inocencia, sus brazos colgaban como plomadas, sus piernas eran de acero, todo su cuerpo semejaba un pilar enclavado en ese terraplén. En ese atardecer, un dolor desconocido crecía dentro de sí, un dulce dolor se adueñaba de su existencia. La llovizna del crepúsculo mitigaba ese dolor ardiente que soportara desde que saliera de su casa. 
Luciana observó al tren, sus párpados cedieron ante las luces que reventaron en diminutas partículas. Los demonios se reubicaron en su vida: el contorno preciso de su cuerpo, el recorrido exacto de sus venas, los laberintos implacables de su mente. 
Supo que ése era el momento de cruzar e intentó correr. Los reflectores se acercaron, el piso rugió, las vías se sacudieron, los pastizales se agitaron y todo su cuerpo tembló. Luciana alcanzó a mirar el campo de lavanda apenas visible en ese gris atardecer. Percibió el aroma y se regocijó con el contraste de los colores. Los recuerdos de su vida se agolparon inquietos, las imágenes de su vida se sucedieron difusas. Su sangre corría más despacio y su alma despegaba de su cuerpo. Las ruedas de acero sacaron chispas a un destino que no estaba escrito pero que era inevitable. El tiempo se detuvo y sus sueños se desvanecieron en esos rieles. Sus ojos lloraron sin saber dónde mirar y el intrépido metal se hundió en su piel sellando las puertas de su vida. 
A pocos metros de allí, un impertinente camino sinuoso se abría paso entre el celeste embriagante. Luciana comenzó a transitar ese sendero como si flotara, con sus ojos vivaces y su rostro sonriente; luego se apartó del camino y desapareció dentro del campo de lavanda. 
En ese instante, un grito recorrió las calles solitarias del pueblo. En el cuarto de Luciana, su madre se hallaba de pie frente a la ventana abierta, observando un frasco y una jeringa tirados en el piso. 
Nadie en el pueblo conoció jamás los senderos deambulados ni los aromas percibidos por Luciana. Nadie imaginó jamás las imágenes aprisionadas en la mente de Luciana. Nadie se enteró jamás cuáles fueron sus sueños adolescentes. Sólo se supo lo que la autopsia mostró. 

Septiembre 2004
Analía Pascaner 
Buenos Aires – Catamarca, Argentina 

Tú crees que tu alivio vendrá cuando ellos reconozcan lo que te hicieron pasar. No puedes esperar que la persona que te rompe en cachitos, los tome y te diga: te voy a pegar de nuevo. Alguien que tiene el poder de destruirte y usa ese poder, ¿por qué le confiarías que te reconstruya? 
Daniela Rivera

Ana Romano

En la orilla 

Descalzos se observan 
(en la orilla) 

Apuradas 
asoman las estrellas 

cuando 
abrazados, se desnudan. 


Distracción 

Desgaja
la luna 
el deseo 

La vanidad se atrinchera 
en los manzaneros 

Distrae la ficción 
un balido mortecino. 


Avispas 

Subyacen en las celdas 

Mientras
desmenuza gardenias 
Darío 

les canturrea. 


Hilachas 

Aciagos murmullos 
alfombran las hojas 

En el barro
desplumados recuerdos 

Entre tules
sucumben 
las hilachas. 


Leontina 

Panaderos 
en los libros y su quietud 

Leontina parpadea
frente a los nardos 
y sucumbe 
ante unas mariposas. 


Lucas 

Crepita
en la moribunda noche 
de Lucas 

esa risita. 

              *   *   * 

Te descubro en las quietudes 
en los insomnios acordonados 
y cuando se agitan las cenizas 

Poemas

misterios 

¿voraces? 

empujan 
y me provocan. 

           *   *   * 

Un ingenioso tajo 
abre los postigos 
de un alma encerrada.


Poemas inéditos 

Ana Romano 
Poeta nacida en Córdoba. Reside en Capital Federal, Argentina

La mano que te da una rosa siempre conserva una parte de su fragancia. 
Proverbio chino

Damián Andreñuk

Versos por Vincent Van Gogh 

Con una paz de corderos de ojos santos 
sirven el café, todo harapos y renuncia 
en una comunión azul 
que abriga de la noche que se extiende. 
Con las manos gastadas comparten luminosamente. 
Las caras neblinosas, dignas en la aceptación 
                           como pájaros enfermos. 
Creciendo en un altar de miseria. 
Salvándose de absurdos apetitos de animalidad desbocada. 
¿Una isla de ceniza? 
¿Una caverna gangrenosa en continuo declive? 
¿Un rancho humilde con ángeles de labios tibios?
¿Quién puede señalarles bendición o naufragio? 
¿Están de pie en los escombros de sus sueños arrasados?
¿Hay un alba de diamante escondida en su pobreza? 

Poema inspirado en la obra “Los comedores de papas”, 
 de Vincent Van Gogh, 1885 
         *  *  * 

Versos por Rafael Sanzio 

Un arcángel venciendo a la crueldad. 
Al príncipe del crimen. 
A los ejércitos de las tinieblas 
y sus ojos predadores. 
A quienes bailan al son de una música siniestra. 
A gusanos extraviados en la concupiscencia mediocre.
A los reptiles que esparcen humo negro 
y cascadas de un odio interminable. 
A los ligados a cielos malignos. 
A los que escupen lo bello y lo sagrado. 

Un arcángel audaz y redentor 
en la hermosa gloria del combate 
con un pie sobre la espalda de la oscuridad 
y la luz de la justicia en la punta de su arma. 

Un arcángel con un lirio bendecido 
contra el hambre del dragón. 

Un arcángel instaurando un nuevo Edén. 

Un arcángel que ennoblece cualquier noche. 

Poema inspirado en la obra “San Miguel”, 
 de Rafael Sanzio, 1518 
         *  *  * 

A lo Oliverio 

En 
el rigor 
de múltiples 
pobrezas y una lucidez 
corrosiva un exilio un despertar 
un mazazo violento en la conciencia 
el silencio de la comprensión más terrible 
la época feliz en los brazos de una madre 
el deterioro imparable de la carne 
el calor de palabras con afecto 
la vejez acercándose 
al extraño sol 
del otro 
reino. 


Desdecir la muerte 

Vamos sin miedo a desdecir la muerte 
quienes forjamos zafiros con el sufrimiento 
y lanzamos delirios como rayos
desvariamos al cruzar la lucidez 
expresamos claramente lo terrible 
ponemos arcoíris en el aire 
bajamos la sabiduría de los astros 
arrancamos las máscaras opacas 
celebramos la música y el fuego 
adoramos el vino y la inocencia. 

Vamos con verdad a desdecir la muerte 
a nombrarla con simpleza “mutación” 
a recordar las maravillas que merecen un brindis
a despedir sin culpa 
lo que queda en la piel seca 
de niveles anteriores de conciencia 
extraigamos bendiciones de la sombra 
comulguemos con el éxtasis con el amor sin desenlace 
cuidemos el rubí de las pequeñas alegrías 
hagamos frecuentes las invocaciones a los antepasados 
hagamos una fiesta escandalosa 
por cada carcajada que obsequia la niñez 
bebamos el licor santificado 
de todo lo que aviva 
desentumece 
o despierta. 


Damián Andreñuk 
La Plata, Buenos Aires, Argentina

Lo mejor para las turbulencias del espíritu es aprender. Es lo único que jamás se malogra. 
Marguerite Youcenar

Rolando Revagliatti

Ambas con la vigilia 

Ambas con la vigilia 
                               a hombros 
y un airecillo insondable 

¡No te nos escaparás!

con nuestros corazones 
en tu fibroso trinchante. 


Rengueando 

Amanecí ardua
(escasa por el insomnio) 
rengueando de la equidad 
(mis patitas 
del medio). 


Ya casi 

Ya casi no vivo: 
estoy atrapada 

Atrapada en una familia: 
la mía. 


Enamorada 

Enamorada de mi miedo 
es mucho el frío que hace 
donde me interno:

la tapa de mis sesos. 


A un país 

A un país
súbitamente lejano 

se me van 
espantadas 

la senectud de mi amado 
y mi niñez. 


Seré, si no 

Seré dichosa si no 
te decepciono 

Deberé trasuntar que no sé 
lo que aprendí 
lo que siempre intuí 
y luego confirmé 

Seré dichosa si no 
te decepciono. 


¿Amenazada? 

Erra en mí 
que lo construyo 

Oficioso 
            sobre mis restos 

Amenazada por su imprecisa seducción 
mi abstinencia 
                      lo dota.


Finó 

Soy la mujercita 
que se iba a casar 

Finó mi prometido 

y de momento
dicha circunstancia 
me empobrece. 


Usualmente

Él me dice usualmente esas cosas extrañas 
y me abraza 

Termino casi siempre sabiendo qué soy 

Después 
             huye. 


Poemas del libro del autor: Ardua. 4ª edición e-corregida 

Rolando Revagliatti 
Buenos Aires, Argentina

He tenido un instante de inmensa paz. Quizá esto sea la felicidad. 
Virginia Woolf

Sergio Borao Llop

No mires a los ojos de los maniquíes 

No mires a los ojos de los maniquíes. 
Sus ojos son la senda incomprensible 
hacia mundos terribles nunca presentidos. 

Todo en el aire parece agazapado 
como en espera de un único movimiento en falso 
para saltar definitivamente sobre tus últimas moradas. 

Los maniquíes no saben hablar. 
No es probable que uno de ellos se decida a amar. 
Nunca podrás sembrar la dulzura en sus almas
porque sus almas están hechas de plástico. 

Sus frías manos nada harán renacer.
El coágulo incoloro de sus rostros, 
la rigidez enfermiza de sus miembros, 
la quietud infinitamente repetida, 
pueden causar lesiones en el corazón poco habituado 
del incansable espectador de platea. 

Pero no mires jamás a los ojos de los maniquíes 
o tu alma podría hundirse en el fondo sin fe de los espejos
o peor, diluirse 
en el cosmos sin fin de las regiones quietas. 


Tu cuerpo yace en el camino 

Tu cuerpo yace en el camino 
y yo lo miro y me atenaza el dolor.

Un nudo aprieta mi garganta; 
hay en mis ojos una estrella fugaz 
que se desborda y cae 
junto al mar de tu cuerpo inanimado.

Negro foso en tu pecho se abrió 
y ahora la sangre te abandona cruel. 

Y no puedo gritar, 
sólo un sollozo mudo ahoga mi labio, 
un sollozo que no puedes oír. 

Ya nunca soñarás, 
ni mirarás los campos y el sol. 
Ya nunca, nunca más podrás despertar 
y disfrutar de las praderas en flor. 

Sonriente viene caminando 
a recoger tu cuerpo ya sin vida y sin luz, 
con el arma en la mano despiadada 
y en los ojos la muerte, 
                                    el cazador. 


Navidades blancas, negras 

Navidades blancas, negras. 
De insoportables ausencias. 

Húmedas sombras de niebla, 
amortajadas, me acechan. 

Nevados cerros de antaño, 
pirenaicas soledades 
ensangrentadas de olvido. 

Navidades blancas, negras. 
Los caminos de mi tierra 
sobre mis pasos se cierran. 

Hoy preguntaron los lirios 
por tu risa. Sin respuesta 
quedaron las flores, muertas. 

Navidades blancas, negras. 
Cristales de hielo nievan 
desdibujando tus huellas. 

Entre los abetos verdes, 
bajo las copas nevadas, 
yace un alma atormentada, 
un corazón que recuerda 
otras navidades blancas. 

Navidades blancas, negras, 
sin villancico ni estrella; 
en los copos que destellan 
se adivina la sentencia: 
Nadie traerá hasta mi celda 
una brisa de esperanza 
estas navidades negras. 


La paloma fue viento 

La paloma fue viento 
en el sueño del niño que interroga 
del niño que medita… 

Que recuerda fue piedra, que fue tumba, 
y hoy es niño y mañana... 

¡Niño prematuro de blancos aladares! 
Soñaba que viviría 
en un país tal vez virgen quimera, 
entretejida selva de asfaltos imaginarios, 
o de naipes concéntricos o coloridas lluvias. 

No sabe, no supo, quizá no sabrá nunca 
calcular el tiempo real de un viaje por los mares, 
pero sus manos arrugadas 
conocieron el significado de una caricia 
                                    que aún recuerda. 


Poemas inéditos 

Sergio Borao Llop 
Zaragoza, España

Cuando alguien de una época que queremos olvidar se nos presenta en un momento reconfortante, entonces es como si una pesadilla nos persiguiera en el mundo real. Y lo real y los sueños nunca se deben mezclar, al igual que el pasado y el presente. 
Esteban Navarro

Adriano de San Martín

Sonatina 

No te sientas triste Princesa. 
¡Todo en ti es valor! 

Mira ese mar que ondula en tus ojos, 
ese sol que juguetea en tu piel. 
Mira tus manos llenas de pájaros,
tus huellas desandando la arena. 

No estés triste Princesa. 

Te ofrezco un viaje a otro país, 
un cruce de hierbas para el amor, 
un vuelo para alcanzar la luz 
fugaz entre los cuerpos y la flor. 

No hay por qué estar triste, Princesa. 

Mira a tu alrededor: 
el cielo azulea para tus sueños, 
la tarde enciende sus cellos, entiéndelo 
niña: ¡ya nadie muere de amor! 

No, no estés triste, Princesa. 

Toma mis manos, cierra los ojos, 
juguemos este juego de a dos: 
Uno,  
       Dos, 
               Tres…  
                         Y… ¡Vamonós! 


Microhistoria 

Uno siempre está contando una historia 
por más conceptual que sea el asunto. 
Una chica que llega, por ejemplo. 
La esperás siglos en un parque, 
en la estación de autobuses o de trenes. 
De repente estás frente a la playa 
o en una cabaña de montaña con ella. 
Su desnudez te envuelve 
en el púrpura resplandor de la tarde 
o te cobija y protege con el velo magenta 
que horada la ventana de los montes. 
Camina a nuestro lado por potreros
rociados de santalucías, cercados por hortensias; 
detrás, cuando descendemos el cañón hacia un río,
o atravesamos la inmensidad espejeante de una playa. 
Te abraza arriba en los pinares o jaulares 
donde el cenit indica ya la explosión de las ciudades. 
Te ayuda a encender la fogata, 
a preparar las viandas mientras descorchamos 
el tiempo enjaulado de la vendimia. 
Y se acurruca a tu lado, ya incandescente 
el ritmo de las sábanas, mientras la luna moviliza 
los bosques y animales de sus meandros, 
y unos hilos de plata penetran las cortinas de oro 
ondulantes e invictas sobre nuestros cuerpos. 
Amanece. Colina arriba sobresalen dos enormes butacas 
verdes y vacías entre la niebla acariciadora de sembradíos. 
La taza de café se enfría porque son breves los días felices. 
Uno siempre está contándose historias. 


Macrohistoria 

Saboreo el carajillo y miro por la ventana displicente. 
Un comemaíz picotea el cristal con vehemencia.
A su manera pide desayuno o cierta atención. 
Quizás embobado acude a mi embobamiento. 
Poso la taza. La invasión a Ucrania se da en el 2014, 
los rusos la defienden una vez más. La nuestra 
fue en 1492. Desde entonces las guerras mundiales, 
las invasiones, el capital originario, Europa 
creyéndose el ombligo del universo. Tal vez 
el pajarillo no entienda nada de esto. Quizás 
lo sabe con mayor claridad, está en su ADN. 
Porque desde los tiempos de los titanes, los anunnakis, 
nos han observado hacer la guerra, no el amor. 
En la pantalla repiten, repiten, repiten, los goles de anoche. 
El país entero ruge en mi cabeza por las copas de tinto, 
las tapas. Una víctima más de la jornada futbolera, 
zombi abandonado en la sala/comedor cual argonauta 
en el tiempo/espacio de otras jugadas, otras palabras. 
El comemaíz voltea la cabecilla, se larga desesperanzado. 
Me decido. Enciendo la pipa. Nada mejor que un buen café 
para las pequeñas/grandes historias de una mañana aguardentosa.


Del poemario del autor: Secuencias, 2023 

Adriano de San Martín 
San Carlos, Costa Rica 

Aunque sigan vivos, con los muertos hay que terminar las historias o no se terminan nunca. 
Ángeles Mastretta

Gustavo Vaca Narvaja

Zakin 
Retrato de una Mujer Toba 

Lejos de una vegetación cubierta en bruma 
De portentosa solemnidad silenciosa 
Se abre una luminiscencia vacilante 
Alerta al asombro 
Acorralada quizás por el tiempo 
Se desvistió el día, liberado de niebla 
En una claridad teñida de magia 
El susurro del río, homenajeado 
por racimos de espumarajos enredados

Refleja una difusa imagen acompañada 
del revoloteo de aves de caprichoso plumaje 
cabalgando sobre notas imaginarias 
Del réquiem…lacrimosa…de luz eterna 
Inunda la vegetación el gris a verde intenso 
El cuchicheo del agua en un concierto 
profundamente abismal y puro 
Una imagen delicada 
Acaricia el cristal biselado 
La brisa humedece su rostro 
La luminosidad, confirma un sol inclemente 
Zakin, encendida en el 
Mágico reflejo de su semblante 
Irrumpe… 

¡Una mujer concebida por la belleza! 
¡Una plácida fantasía viviente! 
Un templo acariciando el cielo 

Efigie perfecta y dócil 
Quietud mansa sobre la orilla del río 
Zarandea rizos caprichosos con sus manos 
Su desnudez de doncella, paraliza cualquier permuta 
El tegumento refulgente por agua esparcida 
Da un brillo extraño a un cuerpo firme. 
Liso. Libre de vello. 
Vaporoso; sólidamente agraciado 
Sutilmente esquivo, cualquier intento intrépido 
Dos planetas prominentes 
Florecen en su pecho, con dos yemas jactanciosas
Oscilando solidarias y vírgenes 

Contrasta su talle poco enunciado 
Decreta el inicio de piernas, semejando dos anhelos 
Buscando entrelazar pasiones 
Sus facciones, delicadamente recortadas 
Parecen cinceladas sobre un ébano grácil 
Pómulos orgullosos, afloran de impetuosos augurios 
El mentón…riñe un cielo límpido 
Sus labios; encarcelan el capullo del néctar

Zakin desnuda…Insaciablemente desnuda 
Semeja la madre…de América, de Castagnino. 
O extrañas reproducciones de Velázquez 
Con el color de tez, propia del pincel de Cézanne 
Mientras el espectador inerme se mantiene erguido 
Estoico y embelesado, desgarrando su orgullo 
Sin lograr arrinconar la mirada de Zakin 
Esa imagen emociona y desconcierta 
Tanta beldad salvajemente bizarra 

¡No es aquella Zakin… 
Cubierta de holgados atavíos, que conoció huyendo! 
Tampoco; con quien platicó en el huerto 
O aquella joven, fugada 
Ahora… 
En el natural marco de una agreste naturaleza
Emerge una Zakin distinta; inundada de candidez y pureza 
Liberada de espectrales resentimientos 
Abandonados por su designio 

Ahora; es… 
Una mujer…Del monte impenetrable 
Extrañamente desafiante 
Orgullosamente dotada de hermosura 
Humedecida con filamentos de sombras 
Y resplandeces de media mañana 
Racionando disimulos 
A propios y extraños 

¡Una mujer fantaseada por la belleza! 
¡Una plácida ilusión viviente! 
Encumbrada en un pedestal de frescura 
Acarrea un impaciente desvelo 
Que la descubre en un sueño 
Innegablemente real 
Zakin…


Gustavo Vaca Narvaja 
Neuquén, Argentina

Quien piensa en fracasar, ya fracasó antes de intentar. Quien piensa en ganar, lleva ya un paso adelante. He sido una persona afortunada, nada en la vida me ha sido fácil. 
Sigmund Freud

Luis Carlos Fallon Borda

La patria de mi dolor 

¡Entréguenme sus muertos! 
Los decapitados, los hambrientos; 
los miserables de condición errante 
y rostros de ceniza; 
A los desalojados de sus tierras; 
A los que nunca alcanzaron trabajo ni jornal; 
A los parias que han sido marginados; 
A los escarnecidos con el odio, 
¡A quienes fueron obligados a callar! 
¡Yo me anexo sus vidas sin futuro; 
sus sueños y esperanzas destruidos; 
vidas rotas que nunca lograron germinar! 
Entréguenme también a los desgarrados; 
moribundos; incompletos; heridos; ¡mutilados! 
¡A los que cayeron en los envilecidos 
campos minados; 
A los niños raptados de sus padres, 
en la lucha inmoral! 
¡A los líderes muertos; a los desaparecidos; 
A quienes han sido sustraídos del gesto compasivo 
de una tibia caricia en el amor! 
Entréguenme a todas las mujeres ultrajadas; 
A aquellas escarnecidas por la 
desesperanza, o el dolor! 
¡Yo me apropio de las sufrientes madres 
que lloran a un hijo asesinado; 
o a las que ocultan en sus ojos, 
los rastros del horror! 
¡Denme a todos los seres negados 
en la vida, a los estigmatizados, 
por las ideologías del terror! 
Yo los reclamo a todos, justos o renegados. 
¡A mí me pertenecen!
¡Yo cargo el cruel dolor de esa simiente! 
Escúchenme, culpables o inocentes: 
¡Hablo Yo, la Justicia! 
¡Basta ya! Fratricidio, sordidez, desenfreno; 
no más depredaciones, no más sangre! 
¡Ha llegado el final de esta ignominia! 
Cuando el furor de la contienda acabe, 
en su orgía de muerte y egoísmo, 
la compasión, que vence a la barbarie, 
más allá de la infamia o el delirio, 
llamará a la concordia, sin rencores, 
y a la paz sin olvido! 


Han sido necesarios tanto horror, tanta degradación, 
el sacrificio de tantas generaciones, 
tanta sangre derramada? 

¡Acordamos la paz! 
¿Y ahora qué viene? 
¿La salvación de ríos y jazmines? 
¿La luz de las doradas mariposas? 
¿La redención del hombre
que agoniza en la tierra?
¿Ahuyentar el dolor? 
Buscar el alma que se nos 
fue en la guerra? 
¡Acordamos la paz! 
¡La senda está trazada! 
Con la fatiga a cuestas, 
por el arduo camino, 
quizás no se marchite 
esa esperanza! 


Nota del autor: Poemas de denuncia a la violencia en el conflicto colombiano. Miami, Florida, 2025 

Luis Carlos Fallon Borda 
Poeta nacido en Colombia. Reside en Miami, Florida, EEUU

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La violencia es el refugio de las mentes pequeñas. 
Proverbio Chino

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