domingo, 27 de agosto de 2017

Andrés Bohoslavsky

El espejo de Sara

Tenía ocho o nueve años pero ya era un racionalista. Será por eso que cuando rompí el espejo de mamá escuché su enojo e indignación riéndome; más aún cuando habló de los malos presagios, de los siete años de desgracias.
En casa las cosas siempre anduvieron mal, desde que recuerdo, sin necesidad de que se rompiese nada.
A los pocos días, pasó lo de papá; luego, mi hermana Julia fue asesinada por la triple A; Ruth engrosó la lista de escritores desaparecidos; a Pedro lo perdimos en los vuelos de la muerte; y Eric partió en una sala de torturas y su cuerpo fue hallado en las afueras de La Plata.
Pensé que era solo una mala racha, que todo terminaría pronto, pero luego cayeron otros: la tía Irma en un choque; al tío Rodolfo se lo cargó la bonaerense; mi primo Iván murió en Moscú, -mamá dice que fue una pulmonía, pero sé que fue el cuchillo de un marido excesivamente celoso, un insensible y egoísta-; y así, el paso del tiempo se llevó al resto de la familia, lenta e inexorablemente.
Nos quedamos solos, ella y yo, como observadores de un destino que no daba tregua y parecía jugar con nosotros, como un experimento de la soledad y el sufrimiento.
Entre estos sucesos, el del espejo y la muerte física de nuestros seres queridos, pasaron más de cuarenta años; sólo un tonto o un gran supersticioso los asociaría.
Ayer mamá cumplió ochenta y nueve; realmente la pasamos fantástico, preparó una torta exquisita, estuvo tan cariñosa y dulce conmigo como siempre. No merecíamos estar tan solos.
Creo que la sorprendí, no fue fácil conseguirle un espejo igual a aquél. Tendrías que haberle visto la cara cuando se me cayó.

Inédito


Veredas

Crucemos de vereda que está llena de pobres, crucemos de vereda que está llena de ilegales, crucemos de vereda que está llena de ladrones.
Así creció el niño, cruzando siempre de vereda, arrastrado de la mano por la madre, también lo cruzaba de vereda aún cuando no hubiese ilegales ni ladrones. A los ladrones ya los habían encarcelado y a los inmigrantes ya los habían expulsado. Sólo quedaban los pobres, entonces el niño que ya era adulto y era gobernante, recordando a su madre y con la ayuda de sus asesores, encontró una solución a este problema que tanto lo afligía: Prohibió la palabra pobreza y todas sus derivaciones: pobres, indigentes, menesterosos, desposeídos, subalimentados, abandonados, etc.
A los pobres los llevaron a un lugar llamado feria, de allí tenían prohibido alejarse. Luego diseñaron otras leyes que coordinaban las acciones para los nuevos pobres que se sumaban a los anteriores y configuraron una gran aldea aislada del resto de la ciudad, los que allí seguían viviendo no los volvieron a ver jamás y así el gobernante y sus asesores pudieron pasear con sus hijos de la mano sin tener que cruzar de vereda nunca más.


Andrés Bohoslavsky

2 comentarios:

  1. Duelen muchas realidades, y estaos relatos nos muestran a cara lavada lo que sí sucede y la indiferencia que hace de escudo. Pero las realidades no se desvanecen.

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    1. Gracias por leer estos relatos, Haidé, y por tus conceptos.
      Cariños, buena semana
      Analía

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Analía Pascaner