viernes, 29 de noviembre de 2013

Nora Azul del Rosario Akimenco

-La Plata, Buenos Aires, Argentina-


Vaquita de San Antonio, la verdadera historia

Fruti era una vaca diferente, en un sueño el dios toro blanco le presagió que su fortuna era ir al matadero. Como era rebelde y no quería ese destino para ella, pidió un deseo a su guía de la manada que la dejara volar. Quería ser liviana y sencilla, tenía aires de doncella. Era coqueta hasta en sus cuernos, a los que maquillaba de frutos salvajes dejando un aroma inigualable cuando caminaba por el campo… Ansiaba volar como las mariposas y como los grillos llevar la suerte a los de corazón abierto.
Así en una tarde de verano, se recostó debajo de un ombú y dos hojas de cristal se cayeron sobre su lomo. Un pájaro carpintero, le matizó lunares de frutillas en su cuerpo y caracoles en sus patas. Su figura fue haciéndose cada vez más esbelta y espumosa
Sus alas se desplegaron en transparente solidaridad…
Hoy Fruti vive en los jardines aireados de libertad, rodeada de hortensias y golondrinas.
En sus antenas siempre vibra la imaginación.-


Las palabras vuelan más *

He muerto tantas veces que ya ni recuerdo… diversas voces me han susurrado que estaban para cobijarme en el silencio más opaco. Así amarrada a esos nidos me he confiado a entregar lo mejor y lo peor de mí. 
Pero la cama radiante se transformó en un salto al vacío.
Recompuesta en mis sobresaltos he aprendido que las palabras vuelan más que los abrazos.


Mi viejo y los ojos *

Esos ojos grises leían y leían los tomos gigantes de leyes.
Protocolos encuadernados de blanco, con fechas de cada año que se despedía.
Su vida era el trabajo, examinaba atentamente con una lupa las firmas, antes de certificarlas. Los domingos, cuando casi todos descansaban. Algún vecino tocaba el timbre. Y preguntaba: - ¿Está el Doctor? Le tengo que hacer una consulta-. Entonces mi viejo salía con su portafolio de cuero, los anteojos y el libro de actas.
Él quería que fuese escribana, pero yo de chica odiaba tanto los librotes, los certificados, los dominios y los “libre deudas”. No me gustaban tantos papeles y lapiceras, quería ser distinta, no deseaba hacerme mala sangre como él.
Cuando murió, paso algo muy paradójico. Comencé a escribir.
De sus ojos me jacto de tenerlos parecidos. De su puño y letra me eduqué para amar mi trabajo.


* Textos tomados de Inventiva Social, publicación editada por Eduardo Coiro desde Buenos Aires, Argentina 

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Porque nadie puede saber por ti. Nadie puede crecer por ti. Nadie puede buscar por ti. Nadie puede hacer por ti lo que tú mismo debes hacer. La existencia no admite representantes.
Jorge Bucay
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